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Esclavos de sus palabras

Imprudencia, sensatez, desbordes y aciertos. En los discursos políticos y en las presentaciones públicas, abundan frases que las generaciones repiten... u olvidan según pasan los gobiernos

Domingo 14 de junio de 2009

¿Qué llevó a Lincoln a pronunciar estas palabras? En plena euforia por el éxito en la nominación republicana de 1860, que lo conduciría a fines de ese mismo año a convertirse en el decimosexto presidente de los Estados Unidos, un grupo bastante numeroso de vecinos se había acercado hasta su casa para exteriorizar su alegría. Muchos, entonces, le pidieron que hablara. Y ésas fueron sus primeras y únicas palabras. Para muchos, su prudencia resultó acertada. Es que tanto en la euforia como en la ira, las palabras, cuando brotan por impulso, pueden convertirse en tajos que ni el tiempo cierra.

Prudencia. Las palabras justas. Pocas horas después de la muerte del ex presidente Raúl Alfonsín, ocurrida el 31 de marzo último, no pocos dirigentes y analistas políticos comenzaron a reflexionar sobre el legado que el líder radical había dejado para los tiempos por venir. Ninguno de ellos dudó en decir que habría que buscarlo en su firme convicción de que en política nada puede ser resuelto sin diálogo ni consenso. Y no es casual esta coin­cidencia de opiniones, habida cuenta de que, en los días que corren, el diálogo, el consenso, el respeto hacia quienes piensan diferente y el buen uso de las palabras van perdiendo cada vez más espacio, empujados por el agravio, el ninguneo y la descalificación.

La historia argentina, en especial en el escenario político de los últimos sesenta años, ha sido pródiga en frases. En ese extenso arco iris de palabras, muchas trascendieron por su pretensión ("También Jesucristo fue crucificado por los odios que despertó", dijo Carlos Menem, en junio de 2002, cuando se lo criticaba); varias se instalaron para siempre en la memoria popular ("Hay que pasar el invierno", de Alvaro Alsogaray o "Yo me borro", de Casildo Herreras, secretario general de la CGT en marzo de 1976) y otras torcieron el rumbo del país, como la de Leopoldo Fortunato Galtieri, antes de la Guerra de Malvinas (1982): "Si quieren venir, que vengan: les presentaremos batalla".

Foto: Nuno

Algunas frases desnudaron desvaríos: "El 2001 será un gran año para todos. ¡Qué lindo es dar buenas noticias!", dijo el ex presidente Fernando de la Rúa. Otras confirmaron lo que para la sociedad es una verdad de a puño, como la del sindicalista Luis Barrionuevo: "En este país tenemos que dejar de robar por dos años", expresó en 1996). No pocas, además, dibujaron las etapas más sangrientas de nuestra historia reciente: "Nos lo pidió el pueblo", fue la respuesta del ex jefe montonero Mario Firmenich a un periodista cuando le preguntó por qué habían comenzado la ofensiva armada. Y el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla dijo en 1981: "Los desaparecidos no están, no son".

"Estas frases, como tantas otras, más allá de lo discursivo hablan de cultura política, y de cultura en un sentido más amplio -resume Luis Alberto Quevedo, licenciado en Sociología y director del Programa Comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), sede Argentina-. Muchas palabras y muchas frases fueron pronunciadas por personajes de la historia que sirvieron para significar ese momento, y quedaron congeladas, no tanto por la acción de quienes las pronunciaron como por la significación que les dieron quienes las escucharon. Aquella frase de Balbín al despedir los restos de Perón en el Congreso («Este viejo adversario despide a un amigo») cobró una significación enorme en un momento en el que la conflictividad política era muy dura en la Argentina. Recordemos que era el año 1974, y se lo escucha a Balbín en un gesto de enorme conciliación política."

En Palabras que matan, su autor, el historiador e investigador principal del Conicet Luis Alberto Romero, sostiene que en nuestra cultura política del siglo XX "se fueron acumulando los discursos políticos guerreros, con enemigos que, en las palabras, debían ser suprimidos. Los intelectuales nacionalistas de principios de siglo partieron de la búsqueda del esquivo ser nacional, y compitieron por establecer quiénes estaban excluidos de él (...) En esta corriente general, aportaron lo suyo los grandes movimientos políticos, regidos por la lógica de la política de masas, de las grandes identificaciones y de las comunidades místicas. Así, el yrigoyenismo se identificó con la causa nacional y denigró a la oligarquía falaz y descreída. El peronismo profundizó en esa línea: el argentino y peronista eran lo mismo; la doctrina peronista era la doctrina nacional y frente al pueblo estaba la inmunda oligarquía, o simplemente los contreras. La violencia verbal subió varios puntos: cinco por uno...; al enemigo ni justicia, se dijo. Después, los antiperonistas retomaron y ampliaron el discurso intolerante del peronismo y, además, se propusieron hacerlo desaparecer".

Se han dicho ridiculeces una y otra vez -"Vamos a resurgir como el Gato Félix", según el sindicalista Hugo Moyano-. Se ha profetizado una y otra vez -"Con la convertibilidad habrá más de seis décadas de crecimiento y prosperidad en la Argentina", vaticinó el ex ministro de Economía Domingo Cavallo-. Y se ha agraviado -"Los homosexuales son una sucia mancha en el rostro de la Nación", afirmó en 1994 el entonces arzobispo de Buenos Aires, Antonio Quarracino-.

Al asumir la presidencia en 2003, Néstor Kirch­ner aseguró: "No vamos a pagar la deuda a costa del hambre del pueblo". Dos años después, diría: "Hoy podemos decir que le pagaremos al FMI toda la deuda antes de que termine el año".

En 2001, Adolfo Rodríguez Saá fantaseó: "Voy a poner a la Argentina en orden y vamos a crear un millón de empleos". Una semana después de pronunciar la frase, renunció a su cargo de presidente de la Nación. Como escribió Emerson: "Cuando el hombre abre la boca, se juzga a sí mismo".

Movimientos clave

En los últimos tiempos, se ha recurrido al odio: "Evita decía que el odio era su motor. Ratifico ese odio. Odio a la puta oligarquía", declaró Luis D’Elía en 2008.

Para el profesor Romero, la calificación de que mi enemigo es enemigo del pueblo y de la Nación "es un discurso de la Revolución Francesa. La nación francesa y el complot aristocrático. Y esto es lo que hoy alarma. En 1983 habíamos dado vuelta una página, pero el kirchnerismo vuelve al viejo estilo".

Rosendo Fraga, analista político y director del Centro de Estudios Nueva Mayoría, dice que "la Argentina ha tenido tres grandes líderes que generaron los movimientos políticos que hicieron el país, con sus aciertos y desaciertos: Roca (conservador), Yrigoyen (radical) y Perón (justicialista).

"Roca e Yrigoyen fueron hombres de muy pocas palabras. Más bien fueron grandes administradores de silencios. No es que en la época no se usara la oratoria. Todo lo contrario, ya que el discurso y el debate eran un instrumento central de la acción política, en momentos en que los medios de comunicación no constituían el gran teatro de operaciones de la política que son hoy.

"Perón, en cambio, fue muy diferente: un gran comunicador. Está lleno de frases, dichos y discursos encendidos, como aquel del 12 de junio de 1974, su último mensaje al pueblo reunido en la Plaza de Mayo, cuando dijo: «Llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino».

"La llegada de este liderazgo que hizo de la palabra un instrumento de la acción política, a diferencia de sus predecesores, ¿fue consecuencia de su personalidad o es que le tocó actuar en un momento en el cual ya la radio dominaba la comunicación política? Probablemente fue la convergencia del hombre y las circunstancias, como decía el filósofo español Ortega y Gasset."

Las frases de Perón quedaron en la memoria de la sociedad tal vez como ningún otro político lo haya logrado.

"Sí, sus frases han hecho historia -dice Rosendo Fraga-. Su lema, que se resume en soberanía política, justicia social e independencia económica, fue consecuencia de un instinto de orador y no la elaboración de un intelectual o la consecuencia del marketing político, como suele suceder hoy. El «cinco por uno, no va a quedar ninguno» o «quieren leña, vamos a dar leña», son frases que terminaron aumentando un odio que lo superó políticamente. También era un cronista de la política cínica: «Cuando uno tiene que girar a la derecha en política, hay que poner el giro a la izquierda», decía. No obstante, sus discursos eran hechos excepcionales. Hablaba muy de vez en cuando, y por eso tenía trascendencia. En cambio, hoy, Cristina Kirchner habla a cada rato. La consecuencia es que el discurso se ha devaluado en su significación y trascendencia política. Pese a ello, hay frases de ella que quedan, como la referencia a la soja como el yuyo que crece solo, en uno de los momentos más álgidos del conflicto con el campo, en 2008."

La mediatización de la política (ver recuadro) ha generado el exceso del discurso. "Esto ha hecho que la gente preste cada vez menos atención al contenido del mensaje político y, en consecuencia, importan poco tanto los aciertos como los errores que se cometen con las palabras. Ello no implica que un discurso no tenga consecuencias políticas."

Desde la Universidad de Belgrano, Orlando D’Adamo, profesor de Psicología Política y director del Centro de Opinión Pública, explica que "hace más de tres décadas, Perón hablaba de que una Argentina de 50 millones de habitantes encontraría su destino de potencia mundial. Alfonsín, más cerca en el tiempo, emocionaba con el Preámbulo de la Constitución Nacional, que nos recordaba los derechos y garantías perdidos que recobraríamos para nosotros, nuestros hijos y todos los que quisieran vivir en nuestro país".

Y se pregunta: "¿Por qué el discurso político ya no emociona y ha trastrocado su potencial de proyectar un futuro para generaciones en promesas electorales, descalificaciones y frases publicitarias? ¿Qué pasó? Como sucede en los fenómenos políticos, por definición complejos, las causas son muchas. Hay -y no es un caso sólo argentino- falta de líderes con visión de estadistas, sin que pierdan por ello capacidad de gestión. La gente, si tiene que elegir, va a preferir la gestión por sobre la visión. Es humanamente comprensible, pero los grandes países se construyeron cuando se pudieron imaginar futuros que escaparan del calendario electoral, por cierto siempre modificable según los deseos del jefe de turno. País con muchos jefes y pocos líderes, los argentinos escuchamos discursos políticos acordes con esa realidad, la de un futuro cuya mira más lejana es la próxima elección y nunca una modesta década. Ni siquiera planes quinquenales o trienales; lo nuestro es la «caja» de este año".

Adversarios y enemigos

Ya no se habla de adversarios, sino de enemigos. Pero no siempre fue así. En 1916, Hipólito Yrigoyen dijo: "Que se pierdan cien gobiernos, pero que se salven los principios". Entonces, ¿las palabras también sirven para medir el avance o el deterioro de una sociedad?

"El destino de las palabras pronunciadas hace cincuenta, setenta o cien años, por ejemplo, tuvo que ver con la manera como las procesó la sociedad -aclara Quevedo-. En ese sentido, sería impensado que alguien, hoy, pudiera decir lo que hace noventa años dijo Yrigoyen. Ninguna de estas frases se puede sustraer del contexto en el cual fueron dichas. Sin embargo, el destino de esas palabras recae luego sobre otros escenarios. En su momento, la gente vivió el invierno de Alsogaray. Pero después vinieron la primavera, el verano, el otoño, otro invierno, y más inviernos, y no vino nada bueno a cambio. Esa frase fue significada por la sociedad como la gran mentira de los ministros de Economía, que nos dicen: pasemos esta etapa que después vendrá la gloria. Se dirán de muchas otras maneras, pero en la sociedad de diferentes épocas quedó grabada la frase «hay que pasar el invierno», con resonancias de la historia que no hay que repetir. Por eso es importante analizar las palabras según las épocas. Si algún político de hoy dijera esa frase de Yrigoyen, quedaría por lo menos como un tonto, porque ni siquiera la sociedad le exige principios. Hoy, la sociedad pide más eficacia que ética."

Apunta Romero que, salvo Elisa Carrió, nadie podría repetir esa frase de Yrigoyen. "Carrió es muy radical en eso, y en ese sentido es muy parecida a Alfonsín. Alfonsín también tiene una idea moral de la política."

Aquella frase de Alfonsín "Con la democracia se come, se educa, se cura", ¿responde a una época, o podría aplicarse también hoy?

"La de Alfonsín fue una frase ilusionada. La ilusión era la característica de esa época, y no necesariamente para mal, porque la democracia, como régimen político, no tenía mucho de dónde agarrarse y necesitaba esas inyecciones de ilusión. Yo la pondría en el catálogo de las frases programáticas. Igual que aquella de San Martín: "En pelotas, pero libres", porque estaba tomando una opción de dos posibles en su momento. Era el camino de la independencia. Entonces, la frase de San Martín coincidió con el camino que se tomó. La de Alfonsín, en cambio, quedó desguarnecida cuatro años después, cuando comenzó la crisis de su gobierno.

Si esta frase quedó desguarnecida, ¿qué hay entonces con la de Perón, cuando dijo: "El año 2000 nos encontrará unidos o dominados"?

"Ese era un discurso convincente que no llevaba a ninguna parte. Es el discurso que ha retomado, ahora, el presidente Hugo Chávez", afirma Romero.

"La de Alfonsín fue una promesa muy alta -explica Quevedo-, que en pocos años se le desmoronó. A Alfonsín le faltó tiempo, pero cuando su gobierno se resquebrajó la sociedad no le dio más tiempo."

-El "síganme, no los voy a defraudar", de Menem, ¿fue la respuesta a la renuncia de Alfonsín, o es lo que la sociedad quería escuchar?

-Menem pronunció esa frase durante su primera campaña y, efectivamente, era lo que la gente quería escuchar. Un momento muy terrible para la Argentina ese año: la hiperinflación, el desmoronamiento del gobierno de Alfonsín, el latente miedo a los militares… Entonces, ese "síganme, no los voy a defraudar" surgió como una contraposición extrema a Alfonsín. Yo creo que la sociedad aceptó escuchar a su profeta. Pero la profecía tiene que tener un correlato con la realidad en una sociedad secularizada y politizada como la que actualmente tenemos. Yo creo que la gente necesita y quiere escuchar ciertas cosas, pero tiene un cable a tierra con otras realidades. No siempre fue así en la historia argentina.

-¿Qué sentido tiene decir cosas que no sólo no son ciertas, sino que tampoco podrán ser cumplidas?

-El discurso político tiene algo de sicótico, porque se basa en promesas imposibles. Una persona que diga que con su gobierno le va a traer felicidad a todo el pueblo es una persona enferma. Lo que ocurre es que el discurso político, en todo el mundo, tiene un componente muy fuerte de mesianismo y de promesa sobreactuada, sobredimensionada, pero es un componente que posibilita la escucha del discurso político. Si un candidato a presidente dice: "Tengo algunas ideas… pero hay cosas que no sé muy bien cómo resolverlas", a ese tipo no lo vota ni su esposa. La gente siempre requiere algo de una promesa. Y en política, esa promesa es la tierra prometida. La pregunta es: ¿no es un delirio el discurso político en esa dimensión? La respuesta es sí, pero es el único escuchable. Ningún discurso de De la Rúa tenía contenido, pero la gente lo votó igual. "Seré el médico, seré el maestro, seré el que dé trabajo a cada argentino". ¡Ni los médicos ni los maestros podrán decir jamás eso! Pero él lo decía. La sociedad necesita una confianza que se base en una gran promesa, aunque después la sociedad te pase la factura.

-Muchas de las frases que recoge la historia, ¿fueron dichas por convencimiento o por urgencia política?

-Esas frases no siempre son pronunciadas con la intencionalidad de que queden en la historia. Sinceramente, no creo que Alfonsín haya dicho "la casa está en orden" pensándola demasiado. Creo que la dijo porque era una verdad que le salió desde adentro, y creo que los que la escucharon la significaron de una cierta manera. Esas frases históricas quedan en la memoria colectiva, en la cultura política de un pueblo. Por eso, el dueño de esas frases nunca es el que las dice: es el que las escucha y el que les da el sentido, que suele ser un sentido social. Ese juego en el que las palabras pierden su propiedad, y empiezan a circular. Pero hay otra lectura, que creo que para la política es muy importante, y es que son frases que en general condensan alguna verdad en un período histórico. Cuando Galtieri dice: "Si quieren venir que vengan, les vamos a presentar batalla", no creo que se haya quedado en su casa pensando en cómo inventar una buena frase. Pero, sí, era lo que creía. Y esa frase fue ovacionada en la Plaza de Mayo

Por Jorge Palomar jpalomar@lanacion.com.ar

El discurso

¿De qué manera la televisión influye sobre los políticos en sus campañas o debates? El psicólogo político Orlando D´Adamo responde:

"La irrupción de la televisión como escenario clave de la lucha política hace su aporte también. Espacio caracterizado por la brevedad y el predominio de la forma sobre el contenido, de la telegenia sobre la propuesta o del fuego artificial sobre el argumento racional, crea las condiciones para que la liviandad encuentre su caldo de cultivo. Cuantos más temas rápidamente "explicados", mejor. No hay tiempo para analizar en profundidad y, además, los análisis no tienen rating. Por último, está el papel del marketing político: hablar de lo que las encuestas dicen que son los temas más importantes".

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