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Llevando el OpenOffice a Windows 7 RC1

Viernes 12 de junio de 2009
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LA NACION
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Finalmente me hice tiempo para ir a ver el nuevo film de la saga de Terminator. Me pareció la mejor de las secuelas, considerando que no me gustan las segundas partes. Después de la más que mediocre Terminator 3 - Rise of the machines , la franquicia se merecía una película a lo grande.

Como siempre digo, no soy crítico de cine, así que no juzgaré todo lo que mis amigos de espectáculos ven con ojos más sabios. Sin embargo, y como me había ya parecido en el trailer, diré que lo que están logrando en trucos y efectos especiales simplemente pasma. En este film en particular, el grado de ilusión conseguido es de un orden superior.

La historia es más o menos tan previsible como un cuento infantil, así que el lector no se topará con sorpresas, sobre todo habiendo visto las anteriores. Me asombró, sin embargo, que la película concluyera en un tono muy parecido al de mi columna sobre la inteligencia artificial de hace un par de semanas. ¿Debería pensar en escribir un guión para Hollywood? ¡Por qué no!

Bueno, no diré más, para no agriarle el festín a los que todavía no la vieron. Aunque he de comprarme el DVD de Terminator Salvation tan pronto salga, es una película que hay que ver en el cine sí o sí.

Antes de que me olvide, y ya que estamos en tema, algunos comentaristas se sintieron defraudados porque no mencioné en mi columna sobre inteligencia artificial a Isaac Asimov y a Frederik Pohl. Lamento la decepción, pero las ausencias tienen sus motivos. Primero, no fue una columna taxativa; si hacía la lista completa debía incluir también al sensiblero C3PO, al valeroso R2D2 y unas treinta docenas más. Algún día lo haré, si escribo un libro sobre robots.

Segundo, las obras de ciencia ficción de Isaac Asimov no se cuentan entre mis favoritas, así que no suelo tenerlas presente. No, tampoco Yo, Robot . Se trata de preferencias personales, no de una verdad revelada. Entiendo que a mucha gente Asimov le parece fantástico. Pero no es mi caso. Suelo trenzarme en discusiones sobre esto con amigos que disfrutan de la ciencia ficción, pero son charlas tan apasionadas como tolerantes. Más tarde o más temprano, uno alcanza esa parte de la madurez en la que nuestros mejores amigos pueden disentir con uno incluso en cosas importantes y seguir siendo nuestros mejores amigos.

Tercero, el gran Frederik Pohl es un escritor admirable, además de editor de las icónicas revistas Galaxy e If . Pero el personaje de Homo Plus ( Man Plus , en el original) no es un robot, así que no tenía por qué aparecer en la columna. De hecho, su transformación es tan perturbadora porque se trata de un cerebro humano trasladado a un contenedor artificial. En este sentido, la precuela de Dune trata tal metamorfosis con bastante superficialidad y los cymeks (así se llaman los cyborgs en la novela) no parecen sufrir ninguna clase de conflicto a causa de sus perdido organismo humano. A mí me molestaría, qué le puedo decir...

También quiero agradecer a Editorial Cinema, que tras la salida de esa columna me mandó el libro La condición poshumana , de Santiago Koval, que desmenuza precisamente este tema. No lo he leído todavía (llegó ayer), pero prometo hacerlo.

De paso, y porque tiene que ver con algo que pasé por alto (¡ay, eso sí fue un error garrafal!), apunto aquí que una investigadora del sueño de la Universidad de California en San Diego, la doctora Sara Mednick, dice haber descubierto los primeros indicios de por qué el dormir ayuda a encontrar soluciones creativas a los problemas o, todavía más, aportar ideas para música, pintura, literatura y, me imagino, las ciencias. Cuando uno dice que lo va a consultar con la almohada es literal. Y como todos sabemos bien, los robots no duermen ni sueñan. Podría despacharme durante muchas páginas, pero cambiaré de asunto, para no parecer monotemático.

Por primera vez en mucho tiempo, la mudanza a un nuevo Windows me tiene feliz. Logré domar la barra de tareas de Windows 7, que me tenía confundido, para decirlo civilizadamente. Resulta que creé, como siempre, una paleta con los programas que uso con más frecuencia y luego quise arrastrarla a la parte superior de la pantalla. Bueno, no se puede. "Empezamos mal", pensé, a pesar de que la primera impresión sobre el W7 fue muy positiva. Al final, decidí agrandar la barra de tareas y dejar mi paleta de programas allá abajo. Descubrí que era mucho más cómodo, porque no tengo que llevar el puntero hasta arriba para disparar algo.

La opción de buscar archivos dentro de una cierta carpeta sigue ausente, como en el Vista. Voy a convocar a una marcha de protesta a Redmond, si Microsoft no devuelve esa función. ¡Era tan cómoda! En fin, al menos el buscador anda razonablemente bien ahora. En Vista nunca logré que me sirviera de algo. O me faltó paciencia.

El centro de advertencias, que aparece como el icono de una banderita al lado del reloj, es una excelente solución para las actualizaciones y demás. Siempre visible (salvo que se configure de otro modo) y bien fácil de entender. Un punto a favor ahí.

Descubrí algunos errores cómicos y por completo incomprensibles para mí. Por ejemplo, cuando minimizo el Firefox , se restaura la ventana del Windows Live Messenger . (Excuse me?)

Sin embargo, ha demostrado ser una experiencia perfectamente plácida hasta ahora y de pronto me encontré usando todos los días el Release Candidate 1 de W7. Así que tuve que tomarme en serio la configuración de la herramienta que uso con mayor frecuencia: el OpenOffice .

Es la historia de mi vida. Dado que tipeando soy tan torpe como un elefante marino haciendo skate, mis archivos de autocorrección ocupan varios gigabytes. Bueno, no tanto. Pero es terriblemente frustrante el tener que volver a enseñarle al OpenOffice cómo corregir de forma automática mis burradas. Además de que derriba toda la utilidad de las computadoras: si cada vez que cambio de máquina o reinstalo el sistema tengo que volver a empezar, la autocorrección se convierte de bendición en trabajo de Sísifo.

Otro tanto ocurre con el diccionario personalizado. Puesto que escribo sobre computadoras, hay cientos de términos que tengo que agregar. ¿Cuántas veces? ¡Cada vez que me mudo de sistema!

No. Soy demasiado holgazán para hacer la misma tarea aburrida varias veces. Así que aquí van los pasos para restaurar los archivos de autocorrección y el diccionario de usuario ( standard.dic ) de OpenOffice .

De forma predeterminada, el programa guarda estos datos dentro de C:\Documents and Settings\[nombre de cuenta]\Datos de programa\OpenOffice.org\3\user\autocorr . Todo lo que hay que hacer es copiar los archivos que se ven allí a la nueva instalación. Así de simple.

Por su parte, el diccionario personalizado está en C:\Documents and Settings\[nombre de cuenta]\Datos de programa\OpenOffice.org\3\user\wordbook . Y, de nuevo, alcanza con copiar el archivo standard.dic, o cualquier otro que hayamos creado, a la nueva instalación. Estas ubicaciones de archivos pueden variar según las versiones de OpenOffice y Windows . En Linux, por ejemplo, es: /nombre de cuenta/.openoffice.org/3/user (el punto antes del nombre del directorio significa que está oculto).

Sin embargo, el árbol es idéntico en todas las instalaciones desde hace años; en rigor, desde la época del abuelo de OpenOffice, el StarOffice, así que incluso es posible automatizar la mudanza con cierta facilidad.

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