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Hablo... luego, existe

Por Alfredo Grande

Domingo 14 de junio de 2009

La divinidad creó el Todo con el poder de su Palabra. La creación es cuando la Palabra hace Cosa. Pero no es cualquier Palabra. Es una palabra imperativa. "¡Sé!" "¡Hágase!" Es el puro deseo y la pura decisión de la divinidad para que haya algo y para que no haya nada. La Palabra, entonces, es la antípoda del Silencio. La Palabra es un acto creador de la Cosa, donde Palabra-Cosa se fusionan y no se puede establecer una relación causa-efecto. En la lógica de la divinidad, la física cuántica y el inconsciente, los efectos pueden preceder a las causas. Solamente la Cosa nos advierte sobre la existencia de aquella Palabra que la engendró. La divinidad creadora da paso a lo divino profano. El humano se construye a imagen y semejanza, y por lo tanto, sin poder alcanzar a la divinidad, aspirará por todos los medios que tenga a su alcance, incluso los legales, a ser reconocido como "divino". Al estilo del "divino Zamora", increíble arquero español. O de la "divina Susana", súbita y reactiva crítica de la ley penal. Lo divino aparece como un premio consuelo, pero no menor, de la tristeza de nuestra condición mortal. Ser y no ser, quizás sea ésa la peor de las cuestiones. Pero hay personas que pueden oler, mordisquear, husmear, hacerle un per sáltum al fundante de la vida, que no es otro que ese Silencio que la divinidad conjuró con su Palabra.

"Todo es eterno mientras dura", al decir de Sabina. Por lo tanto, algunos aspiran a construir eternidad en la duración -asegurada por todos los medios masivos de comunicación- de su discurso. Que no es Palabra creadora, sino apenas palabras repetidoras. O sea: diferentes maneras de lo mismo. Y "lo mismo" tiene su expresión máxima en la sencillez de un Luis XIV cuando dice: "El Estado soy yo". En su prosaica descendencia, muchos aspiran a escribir en los muros de la posmodernidad, incluido el de Facebook: "La democracia soy yo", "El rating soy yo"; "La paridad cambiaria soy yo".

Cada vez que una parte aspira al Todo, estamos en presencia de algún divino con pretensiones de divinidad. Desde la bestialidad genocida de la dictadura militar, hasta la impunidad estadística del Indec. "El índice de inflación soy yo", divina aspiración que no retrocede ni siquiera ante el silencio de las góndolas. Pobre Adrián Paenza, desairado, porque las matemáticas no están ahí. Pero la Parte que aspira al Todo sólo puede hacerlo por forzamiento de discurso y por sobresaturación de imagen. Retórica del impacto. Asesores de videoclips y de jingles políticos, ambos dos bautizados piadosamente como imagen y discurso.

Repasemos: "Con la democracia se come, se cura, se educa" (Alfonsín, 1983). "Vamos a dar el salariazo y la revolución productiva" (Menem, 1989). "Seré el médico, seré el maestro, seré el que dé trabajo a cada argentino" (De la Rúa, 1999). "El cambio recién empieza" (Cristina Fernández, 2007). "Va a estar bueno Buenos Aires" (Macri, 2007). Estos eslóganes, más próximos a la publicidad que al análisis político, procuran -y habitualmente logran- instalarse en el divino olimpo de las verdades eternas. Y son eternas mientras duran, porque limitan el horizonte de lo posible. Ideas rectoras que siempre procuran gobernabilidad, que es una forma de reinar con la apariencia de gobernar. A veces en forma traumática, descubren tardíamente que la Palabra no es la Cosa, y que lo divino no es la Divinidad.

Pero para muchos la eternidad es un minuto; el minuto de fama que la modernidad líquida nos permite disfrutar antes de escurrirse entre los dedos. Minuto que puede durar años, meses, horas. Cuando se logra instalar cualquier palabra como si fuera la Palabra, entonces el dirigente se asoma a la calle de los dioses, y se aleja de la vereda de los mortales. Pasa a ser esclavo de sus palabras, porque ha hecho una mutación inconcebible: ha pretendido que sus rimas miserables sean aceptadas como poesía. Y cuanto más cerca está el niño de descubrir que el rey está desnudo, más necesario es sobreforzar el discurso y sobresaturar la imagen. Incluso la dictadura militar tuvo que recurrir, más allá de su plan sistemático de desaparición forzada de personas, a palabras impuestas a fuerza de terror y tortura: "Los argentinos somos derechos y humanos". Sin embargo, tuvieron que autoamnistiarse cuando su Palabra cayó del cielo a la tierra. Y siguió de largo hasta el averno. Pero el espejismo va más allá del Amo Absoluto, y alucina a los amos relativos. "Se la creyó", dicen de aquellos que quedan tan pagados de sus propias palabras que no registran su endeudamiento discursivo.

Esos divinos de la palabra sienten que "como está dicho, está hecho". Deforman la lógica cartesiana y parecen decir: "Hablo; luego, existe". Han logrado convencer de que sus palabras y las cosas son lo mismo. Imponen un a priori, en vez de una piadosa evaluación a posteriori. Sólo la historia, incluso la historia menor, que algunos llaman crónica, puede absolver o condenar. Aquel que hable para anunciar aquello que a lo mejor podrá existir, y que en forma sincera abandone esa caricatura de divinidad que es mostrarse divino, será el verdadero dueño de sus palabras.

Y apenas esclavo de sus silencios.

El autor es médico psiquiatra, psicoanalista, psicólogo social, profesor universitario y escritor
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