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La capacidad de Ser

Domingo 14 de junio de 2009
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PARA LA NACION

En época imprecisa, que los historiadores sitúan alrededor de los siglos VIII o VII a.C., el poeta griego Hesíodo, quien suele ser considerado contemporáneo de Homero, afirmó: "La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser".

Se trata de una frase de superficial simpleza y cierto hermetismo. Pero, a poco que se la analiza, surgen los elementos con los que hoy, 2800 años más tarde, podríamos intentar recuperar nuestra educación en crisis. En primer lugar, la centra en la persona, a la que concibe como destinataria de una ayuda, que no es sino el apoyo y la guía de otros: sus padres y sus maestros.

¿Una persona ayudada a hacer qué? A aprender, que según el diccionario supone "adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia, tomar algo en la memoria". Persona ayudada, entonces, a conocer, es decir, a "averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas; entender, advertir, saber, echar de ver".

Queda en evidencia que en el proceso de educar, por medio del estudio o de la experiencia, se ponen en juego las facultades intelectuales. Además, lo aprendido tiene que ver no sólo con lo que las cosas son, sino también con las relaciones que se establecen entre ellas. Ambos elementos resultan imprescindibles para entender, para saber; en suma, para construir una visión personal del mundo. Hasta la hoy tan desprestigiada memoria ocupa una posición importante en el aprendizaje, porque lo que se consigue saber y las relaciones que se logran establecer entre las cosas deben poder ser recordadas para aplicar ese conocimiento a otras situaciones y, sobre todo, para conseguir identificar nuevas relaciones entre cosas y hechos que parecen no tener nada en común. La inteligencia reside, en gran medida, en descubrir esos vínculos que antes nadie vio. Claro que eso se consigue operando con saberes concretos y desplegando el necesario entrenamiento intelectual para relacionarlos.

Hesíodo va más allá cuando orienta el aprendizaje hacia el ser de cada uno; en realidad, hacia lo que cada uno es "capaz de ser." Esas pocas palabras bastan para dar sentido al aprendizaje. Cuando en la descreída sociedad actual, tanto padres como niños y jóvenes se interrogan acerca de la utilidad de la educación, bastaría con recurrir a ellas para que comprendieran el sentido profundo que tiene para la persona estar en disposición de dejarse ayudar a aprender -es decir, en actitud de alumno-, porque eso determinará la posibilidad de ser todo lo que cada uno es capaz de ser.

En su expresión más simple, la educación nos devela el repertorio de nuestras posibilidades. No sólo nos deja el conocimiento -también el conocimiento- sino, sobre todo, la intuición de cómo opera el mundo y de cómo somos en tanto humanos, es decir, de las posibilidades con las que contamos para desarrollar nuestra vida. Aunque no nos dediquemos a la matemática, aprenderla nos deja una marca indeleble en la manera en que razonamos. Conocer la lengua nos proporciona una llave maestra para comunicarnos y para describir el mundo, y hasta para imaginar otros mundos. Adquirir cierto sentido del devenir histórico nos proporciona una dimensión de trascendencia. Adentrarnos en la intimidad de los organismos vivos nos hace más humildes al descubrir nuestra propia vulnerabilidad.

Por eso, educar es ayudar al otro a aprender a ser todo lo que es capaz de ser. Desplegarle las posibilidades de lo humano, mostrándole lo que han hecho, pensado y sentido sus semejantes. Guiar a las nuevas personas en los estudios, facilitarles las experiencias -ambas tareas sacrificadas y no siempre sencillas- son ayuda imprescindible en una exploración que les permitirá llegar a intuir todo lo que son capaces de ser.

Hesíodo lo dijo mejor, con menos palabras y hace casi tres mil años...

revista@lanacion.com.ar

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