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Quienes aun yéndose deciden seguir aquí

Los fantasmas de Buenos Aires, entre la leyenda y el susto total

Miércoles 17 de junio de 2009
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Cuando se piensa en fantasmas es habitual acordarse de El fantasma de Canterville , novela de Oscar Wilde en la que el fantasma Simón se deprimía porque no lograba asustar a ningún miembro de la familia Otis, habitante de la casa embrujada.

Si bien no se sabe si en Buenos Aires algunos fantasmas sufren de depresión, no hay dudas de que existen, o al menos de que son innumerables los relatos sobre ellos. Entre los más conocidos están la Dama de Blanco, que para algunos se pasea cerca del cementerio de la Recoleta y cuya historia fue llevada al cine dos veces; el fantasma de Elisa Brown, hija del almirante que venció a las fuerzas brasileñas en la batalla de Juncal, que decidió poner fin a su vida ahogándose en el Río de la Plata tras enterarse de que su novio había muerto en un combate naval.

También, los fantasmas del Palacio de los Bichos, en Villa del Parque, los de una pareja que después de celebrar su casamiento en esa mansión murió atropellada por el tren, a pocas cuadras, cuando partía rumbo a su luna de miel; la Casa de los Leones, en Montes de Oca 140, donde supuestamente unos leones devoraron al prometido de la hija del millonario Eustaquio Díaz Vélez, tras lo cual ella se habría suicidado, y los fantasmas del museo Fernández Blanco, que sus vecinos Oliverio Girondo y Norah Lange aseguraban que habían visto.

Siempre inofensivos

Como sea, estos fantasmas ya son parte del patrimonio urbano. No sucede lo mismo con otros, anónimos, que sin haberse hecho célebres comparten con los anteriores el empeño por quedarse en este mundo aun habiéndose ido de él.

Como el que asegura haber visto Sebastián Arana, historiador que vivía en una casa centenaria de tres pisos en Carlos Calvo 1153, donde una noche tuvo una visita inesperada: abrió la puerta que separaba el hall del comedor y de repente vio la imagen de una mujer de unos 50 años, vestida de blanco, que lo miraba fijamente. Por suerte para él, a los pocos segundos la imagen desapareció.

Pero otra noche, mientras miraba televisión, oyó pasos sobre una repisa que tenía platos como decoración. "Los oía perfecto sobre la repisa y a medida que el fantasma avanzaba veía cómo los platos se movían y se iban inclinando. Casi inmediatamente salí corriendo hacia mi cuarto, prendí la luz y me tapé con las sábanas hasta la cabeza. Estaba aterrado", cuenta.

En cambio, el abogado Ramiro Auat no se asustó. "Me mudé el año pasado a un departamento nuevo, en Luis María Campos y Olleros. Al poco tiempo de mudarme empecé a sentir presencias. Veía figuras más o menos nítidas, hasta que distinguí bien el espectro de una chiquita. Era blanca, vestida de blanco y con el pelo negro. Para mi sorpresa, no tuve nada de miedo. Al contrario, me sobrevino una gran paz", agrega Auat. Al poco tiempo le comentaron que a pocos metros de su departamento, en los jardines de la embajada de Alemania, había fantasmas. "Entendí todo", cuenta.

Auat tiene una amiga locutora que vivía con su marido en Córdoba y Junín. Durante años, el marido veía muy seguido dentro de su casa la imagen de una mujer con un vestido colorado. "Cuando estaban por mudarse, el marido le preguntó al portero quién había vivido allí y éste dio una descripción igual a la de la mujer que se le aparecía. Además, lo curioso es que se enteró de que la mujer, que ya había muerto, había sido locutora", detalla Auat.

El psicólogo Alejandro Parra, presidente del Instituto de Psicología Paranormal, explica que los fantasmas nunca atacan a las personas. Y se atreve a calificarlos.

"Los fantasmas son como residuos holográficos. Aparecen espontáneamente y son la energía remanente de una persona que en el pasado estuvo en el lugar y lo impregnó con su presencia. Están en lugares emocionalmente intensos", explica.

Y agrega: "Las personas tienen distinta sensibilidad y de acuerdo a ella tienen experiencias paranormales que pueden ir desde la sensación de estar siendo observado hasta la de haber sido poseído por una fuerza".

... y la bolsa se movió

También están los que oyen voces, como Maximiliano Marino, encargado de un restaurante de San Telmo. Marino cuenta que una noche estaba en el gimnasio que montó en el subsuelo de su edificio, en Carlos Calvo 329, cuando oyó una voz que decía: Felipe vive.

Creyó que había sido un sueño, pero no del todo convencido gritó: "Si Felipe vive, que mueva la bolsa de boxeo y que mi papá me avise". Una frase que cobró sentido una semana más tarde, cuando su papá lo llamó y le preguntó: " ¿Vos estabas golpeando la bolsa? Porque bajé al sótano, la bolsa se movía y pensé que eras vos". Entonces se acordó de lo que había pasado en el gimnasio y se largó a llorar. "No creía en fantasmas, pero a partir de lo que me pasó no pude dejar de creer", confiesa.

Lucía Quiroga, periodista, se mudó con su familia hace diez años a una casa de Olivos, que tenía una historia trágica: la hija de los dueños anteriores, de 13 años, había muerto en el patio. Según los padres, en un accidente, pero tiempo después los vecinos contaron que en realidad la chica se había suicidado.

"Cuando nos mudamos empecé a ver sombras. Las seguía hasta un cuarto pensando que eran mi mamá o mi hermana, pero llegaba hasta ahí y no había nadie", cuenta Quiroga.

Otra vez, una amiga se quedó a dormir. En medio de la noche, oyó que alguien susurraba y que corrían las sábanas. La chica no sabía nada del pasado trágico de la casa, entonces le contaron la historia. Hasta el día de hoy muchas de sus amigas no quieren pisar la casa por miedo a las presencias extrañas que la habitan, como vecinos. Los otros vecinos de este mundo.

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