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Benedetti, el enojado

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PARA LA NACION
Domingo 21 de junio de 2009

Varias semanas ya de la muerte de El Enojado. La valoración postrera que, según el Sumo Ciego, produce en lo inmediato toda muerte, ha quedado atrás. Podré entonces evocarlo, a El Enojado, con mejor perspectiva y alguna reflexión, sin los apremios de la congoja.

A Benedetti, Mario Benedetti, lo conocí cuando andaba entre sus 71 y 75 años. Estaba enojado el hombre, sin disimulo. ¿Enojado con quién? Ruego un poco de paciencia. A eso voy. Antes, ¿quién fue Benedetti? Depende desde dónde se lo juzgue. Para algunos habría sido mucho mejor poeta si en vez de 80 libros hubiera escrito 15 o 20. Estos días unos dijeron, para elogiarlo, que ante todo fue "un hombre bueno". Otros dijeron, para reducirlo literariamente, que ante todo fue "un hombre bueno". Entre este doble significado brotó una pregunta que siempre espera agazapada: ser un hombre bueno, ¿disminuye las chances en el canon literario?

Sigamos: ¿quién fue Benedetti? Alguien que nos avisó que somos mucho más que dos, que al fuego le debemos dar las gracias, que el olvido está lleno de memoria, que la vida demasiadas veces es nada más que un blanco móvil, y que el Sur también existe. Hombre precavido, no reservó epitafio para su lápida, pero sí dejó dicho: "Cuando me entierren, por favor, no se olviden de mi bolígrafo".

Algunos opinan, desde la buena fe o desde la mala leche, que Benedetti es un "gran poeta menor". El caso es que él, como Tejada Gómez, sacó la poesía de la jaula selectiva del libro y la matrimonió con la música: consiguió la prodigiosa multiplicación de los otros panes. Un poema alado por la música llega, llegará, siempre más lejos que todo misil preventivo. Certero llegará a cada corazón, y sin daños colaterales.

La discusión sobre el "fenómeno Benedetti" llega al bonito colmo de considerarlo el Mayor Poeta Menor. Lo que no se discute, casi, es que fue un pertinaz cazador de ese ratito menudo de dos seres con el corazón vivo, dos que se aman en el mismo pestañeo de eternidad y ahí están, entibiados por la ternura de los leños encendidos y la mansa lluvia que deletrea sílabas detrás de la ventana. Cazador de eso que nos da miedo nombrar, para que no se nos espante: la felicidad. Estamos hablando del rescate de ternuras nada estelares, desdeñadas por la altísima literatura. Bien sabemos que la ternura es sospechada, y la narración de la felicidad, ni hablar.

Hay un detalle: la comunicación. Brillantes poetas menores hay a granel, pero ¿cuántos llegan a la trascendencia de Benedetti? Su poesía cuaja sin esfuerzo, precisamente, por ese don indefinible de la comunicación.

Cuadro de situacion

Voy por algunos momentos de nuestras conversaciones. Confieso que me llevó casi dos reportajes hacerle la pregunta ingrata, la referida al poeta menor. Falta menos para saber por qué lo defino como El Enojado.

-¿Desde cuándo escribe?

-Desde mi primaria en el colegio alemán; mis primeros poemas los escribí en alemán. A los 10 años también escribí 300 páginas imitando a Alejandro Dumas. Las tiré... Aprendí a escribir a máquina para poder hacer un diario, con todo: deportes, internacionales, etcétera. Lo escribía, sacaba copias con carbónico, y lo vendía en el barrio. Causaba gracia eso, y me compraban el diario... Escribí, siempre escribí. Publiqué mi primer libro en 1945. Amontoné sin unidad, resultó una porquería.

-¿Alguna vez se le cruzó ser otra cosa?

-No. O sí. Quise ser campeón de ping pong. También, estudiar humanidades, algo inalcanzable. La situación económica de mi casa era un desastre. Mi padre fue un tipo honestísimo y aunque parezca que en la honestidad no puede haber exageración, él era exageradamente honesto. Rayaba en la inocencia. Compró una farmacia –era químico farmacéutico– y lo estafaron. Vivíamos muy, pero muy pobremente. Terminé el secundario rindiendo libre; trabajé desde los 14.

-Puesto a hacer memoria, ¿hasta dónde llega?

-Me acuerdo que tenía gran resistencia para comer. Una muchacha que hacía tareas en la casa se escondía detrás de un biombo y me hacía reír. Ahí comía. También me acuerdo de cuando nos fuimos del pueblo. Yo tenía dos años; mi madre me había envuelto con una manta, pasamos por una estación y estaban regando con una manguera... Las calles de tierra, el adiós a la casa, la farmacia de mi padre y aquella chica que hacía macacadas para que yo comiera...

-Un poco más y recuerda el 14 de septiembre de 1920.

-No tanto. Sólo sé que fue un nacimiento complicado: parece que no quería salir yo.

-No quería exiliarse del vientre de su madre.

-Parece que no... Cuando me bautizaron hubo una pequeña ceremonia. Mi padrino era un médico bastante borrachín parece, y estaba leyendo un discurso ahí, mientras comía un pastel. En eso baja un escarabajo y se para en el pastel. Nadie se atrevió a decir nada y mi tío se comió de un mordiscón la mitad del escarabajo y después la otra mitad.

-A propósito de exilio, usted se pasó la vida arrancado de su paisito.

-Tuve cuatro exilios: en Argentina, Perú, Cuba y España. No sé si para bien o para mal -creo que para bien-, me adapté a los usos y costumbres de cada sitio. A veces digo que tengo nostalgia del exilio.

-¿Qué piensa del resurgimiento de las xenofobias en esta década del 90?

-Fenómeno muy peligroso. Cuando al nacionalismo se lo convierte en agresión hacia la gente que proviene de otros lugares, muchas cosas empiezan a ser posibles. Detrás viene el fascismo, el nazismo.

-Pero cayó el Muro de Berlín.

-Con esos escombros están construyendo el Muro de Europa para que no pasen esa línea sudacas, turcos, albaneses. Para que no vengan a molestar en su confort.

-Cuando se dice que las izquierdas y las ideologías han muerto, usted, hombre de izquierda, ¿qué responde?

-No creo que las ideologías estén muertas. La de derecha está floreciente. Lo que ha pasado en los países del Este no significa que el socialismo haya muerto. Significa que ciertos personajes decisorios en esos países traicionaron su ideología. Yo no hablaría de la muerte de la izquierda; hablaría de desconcierto y rubor.

-¿Cómo es eso del rubor?

-Hay partidos que se siguen llamando socialistas... Que se hayan derechizado no puede achacarse al socialismo, sino al oportunismo de algunos líderes europeos. Extremistas de izquierda hoy son gaullistas en Francia.

-Le había preguntado sobre el rubor de la izquierda.

-Precisamente, el rubor proviene del oportunismo. Hay sectores de izquierda que tienen, como en el tango, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

-Hoy, mediando los 90, ¿le encuentra sentido a ser de izquierda?

-Mucho sentido. Pienso -y en esto coincido con Borges- que existe una dignidad que el vencedor nunca podrá alcanzar. Creo que la derrota no nos demuestra que la lucha por la ética y la justicia sea un error o un delirio. Hay razones para ser de izquierda, y no me refiero a la lucha armada, en la que no creo. Esas razones se pueden encontrar precisamente en los países del ex Este, u Oeste bis. Allí se desataron la corrupción, el narcotráfico, la xenofobia, el neonazismo, la prostitución desenfrenada. En Brasil, México y Uruguay la izquierda renace.

-Recién usted hablaba del latente nazismo. ¿La humanidad aprendió algo?

-Europa es la demostración de lo poco que se aprendió. Tanto poner dificultades para que no entren otras gentes y resulta que al enemigo lo tienen adentro. Porque el nazismo, que una vez ya casi destruyó Europa, puede volver. En Austria, el partido neonazi ocupa el segundo lugar. En Alemania, amigos progresistas me decían: "Hay sólo 65 mil nazis inscriptos". Como si los nazis dijeran regístrenme.

-Hay una vieja discusión sobre si la historia se repite o no.

-Nunca se repite igual. A veces hasta se repite peor. Los armamentos, el refinamiento de las torturas, harían que un rebrote del nazismo fuera mucho más cruel.

-¿Y ante esto?

-Ha llegado el momento de ayudar a Europa. Hay que hacerle comprender que tiene que precaverse del nazismo: puede ser la destrucción de la humanidad.

-¿La empobrecida América latina está en condiciones de ayudar a Europa?

-Claro que sí. Muchas veces, el débil puede ayudar al fuerte. Aquí tenemos más claridad. Además, de a poco América latina va llegando a la conclusión de que no tiene que mendigar más. Es humillante, y encima no te ponen nada en la mano abierta. Europa no nos va a ayudar y Estados Unidos mejor que no nos ayude. La ayuda tiene que salir de nosotros.

-Uno de sus temas más intensos es la solidaridad. ¿Cómo andamos en esto?

-En el plano espiritual, estamos viviendo la etapa más regresiva de este siglo. Eclipse de solidaridad.

-Un eclipse es algo transitorio.

-Soy un optimista incorregible. A veces decaigo, pero vuelvo. Cuando hablo de solidaridad, no hablo sólo de política; pienso en las relaciones humanas. A diferencia de los eclipses solares, que no podemos hacer nada salvo mirarlos con lentes ahumados, éste es un eclipse en el que podemos incidir para que concluya.

-En el cuadro de situación de nuestro tiempo, ¿qué más ve?

-Observo, además, la frivolización del erotismo. Se lo trata de reemplazar con pornografía. La pornografía no es una cosa estimulante para el ser humano; en cambio, el erotismo sí lo es: provoca el goce, y el ser humano necesita del goce.

-¿Y el sida?

-El erotismo era una válvula para relacionarse. El sida se ha interpuesto; es un muro entre los cuerpos y entre las almas. Otra cosa que hemos perdido es el buen ocio, el ocio creador. Se trabaja mucho, y sólo para sobrevivir.

Corromper la corrupción

En otros encuentros el tema de la muerte nos anduvo merodeando: "Me angustia, como a cualquiera. A medida que pasan los años uno piensa más en la muerte. Pero sin llegar a ser una obsesión. Una manera de sobreponerse un poco a eso es seguir escribiendo. Ojalá que pueda seguir escribiendo..." Y volvimos al Montevideo de su niñez, a la madre que "cosía muy bien ropas para chicos", y llegamos al inventario de sus nombres: "Mi padre se llamaba Brenno. Yo también me llamo Brenno. Mi nombre completo es, ármese de paciencia, Mario Brenno Armando Hardy Hamlet. El nombre completo de mi padre era Brenno Mario Edmundo Renato Nazareno Rafael Fernando... me dio su ejemplo de ética y un ejemplo al revés: era un fumador empedernido desde los 7 años. Yo no quise fumar porque vi cómo lo destruyó un cáncer de pulmón".

-¿Fue la primera muerte de su vida?

-No fue sólo la muerte de mi padre lo que me empezó a hacer sonar las alarmas. Por esos años habían muerto también entrañables amigos, con motivo de la represión. Uno de ellos, Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires. Hubiera sido alguien fundamental en la política uruguaya actual. Sabían a quién mataban. Ay Zelmar, Zelmar...

-Cuénteme cómo se hizo escritor.

-Viviendo: fui taquígrafo, periodista, vendí libros en la calle, repuestos de autos, alfombras; fui empleado público, años en una inmobiliaria. Con la memoria de todo aprendí.

-La ética es un asunto recurrente en usted... ¿llegaremos a un mundo donde la ética sea un imposible?

-No creo. Sigue habiendo hombres éticos que influyen sobre la sociedad. Por ellos se mantienen ciertos parámetros. Si dejaran de existir, esto sería el caos total.

-Y no harían falta bombas para conseguir el fin del mundo.

-Claro. Ahora vivimos un momento antiético, inmoral. Muy corrupto todo. Pero llegará el momento; la humanidad también se aburrirá de eso.

-¿Cuánto faltará?

-El tiempo histórico no se mide en años. Yo tengo una idea, y es que hay que corromper la corrupción.

-¿Cómo, se puede saber cómo?

-Con ética y con moral.

-El hombre ético, ¿podría respirar en nuestra sociedad?

-Creo que sí. Yo no he hecho concesiones a la moral. De haberlas hecho tendría mucho más dinero, yate, automóvil.

-Estamos olvidando hablar del olvido. Usted escribió que "el olvido está lleno de memoria". Y la memoria ¿de qué estará llena?

-De imágenes y cosas vivas. Aunque la quieran tapar, está siempre pugnando por salir. Hubo un presidente uruguayo que decía: "No hay que tener ojos en la nuca". Se nos empuja al olvido, a no mirar al pasado. Respondo: el rinoceronte nunca mira hacia atrás, y tiene fama de ser el más estúpido entre los animales. En cambio, el búho mira hacia atrás y encarna la sabiduría. Entonces, hay que mirar hacia el pasado, y sobre todo en una sociedad como la nuestra, que tiene graves episodios trágicos.

-¿Qué imagina después de la muerte?

-Se me han cruzado ocurrencias. No han sido convincentes. Sigo agnóstico.

-Pero tiene el empuje de la fe.

-Tengo fe, pero no es religiosa. Yo creo que Dios no existe. Pero no estoy seguro de eso. Yo tuve una educación religiosa, con primera comunión y esas cosas. Pero tenía discusiones con mis confesores.

-¿Hincado en el confesionario?

-Sí, sí. En mi niñez hubo un golpe militar contra el presidente del Consejo, Baltazar Brum, que se pegó un tiro. Era muy querido Baltazar. Por aquellos días caí a confesarme y el cura empezó a criticarlo. Furioso, le dije de todo al cura. Y nunca más volví.

-Benedetti, no tocamos un tema central: el amor. Haga memoria sobre eso.

-Mi primer enamoramiento fuerte fue con una actriz, Margareth Sullivan. Muchos años después, de pasada en Nueva York, fui a buscar entradas para cierto espectáculo. El boletero me trató mal: "¡Pero no sabe que las entradas están agotadas hace meses!". En eso suena su teléfono, atiende y empieza a decir desconsolado: "¡Pero no puede ser!, ¡murió Margareth Sullivan!" Entonces me puse a llorar yo también y le expliqué que ella había sido mi primer amor. El tipo me dijo: "¿Cuántas entradas quería usted?" Seis. "Tome." Con el tiempo escribí Los viudos de Margareth Sullivan.

-¿Recuerda otros amores terrenales?

-En el colegio alemán me enamoré de una rubiecita, Teresa. No me daba la menor pelota. El amor de mi vida entera es Luz, mi mujer. La conocí cuando yo tenía 13 o 14 años.

La pregunta ingrata

La última vez que lo encontré a Benedetti, elegimos un café de San Telmo. Otra vez saltó el tema de la muerte, esa intrusa que aparece en La tregua. "Hablemos sobre la intrusa", le dije. Y apretó el ceño, y se mordió el bigote perfectamente recortado, y carraspeó. Temí un silencio sin retorno. Poco considerado, lo apuré con una pregunta entre jocosa y desmesurada: Mario, ¿al menos podría decir de dónde venimos y hacia dónde vamos? Suspiró un ayyy, sonrió apenas y siguió: "Demasiado sencilla la pregunta, ¿no? Yo qué sé. Lo más fácil sería responder que venimos de la nada y vamos hacia la nada. Pero..." ¿Pero? "Pero tampoco estoy seguro." ¿Hay algo que tenga por seguro? "Que no quiero ser olvidadizo, y menos olvidador. Que no debemos encogernos de hombros ante los 40 mil niños que sucumben a diario en el purgatorio del hambre y la sed."

Vaya a saber por qué, siempre llueve cuando se viene la última despedida. Se puso el perramus sobre los hombros, subimos a un taxi y, sin que mediara pregunta, empezó a modelar su respuesta pendiente. Empecé a darme cuenta por qué veía en Benedetti a El Enojado.

-Lo importante es la voluntad de abrir caminos. Para uno y para los demás. Es no conformarse con las avenidas ya abiertas. El abrecaminos abre un senderito, por el momento pequeño y con malezas... Es una manera de luchar contra la vejez; aunque todos sabemos que tenemos el fin obligatorio. Sé que la muerte es inevitable, pero es injusta. Y que no merecemos morir.

-¿Y entonces?

-Debemos seguir viviendo, sin dejar de pensar que la muerte es injusta. Así la enfrentamos vitalmente. Tenemos que ser agresivos con ella, claro, porque es la forma de no merecerla. En fin, es la ley de la vida. Y cada ley tiene su trampa. Pero la de la muerte es la única ley que no hay forma de trampear.

-Me parece ver en usted cierto enojo.

-Ve correctamente. Es que estoy enojado con la muerte. Sea como sea, hasta el final yo pienso seguir estando muy enojado con ella.

-Usted es el poeta vivo más leído y cantado del habla castellana. Algunos críticos, lo sabrá, dicen que la difusión masiva es posible cuando se es un poeta menor.

-Son opiniones. Hay poetas con un lenguaje más sencillo y hay quienes escriben difícil para que se piense que tienen algo debajo. Siempre he tenido obsesión por la sencillez y la claridad en la poesía. Y no es nada fácil. La encontré recién en mi séptimo u octavo libro. Un día abrí un libro de Baldomero Fernández Moreno, en momentos en que la poesía argentina era muy hermética, muy esotérica. Y me encontré frente a una revelación: también se podía ser poético siendo claro y sencillo. Antonio Machado y José Martí me lo confirmaron. Entonces empecé a escribir Poemas de la oficina, cuando todos los poetas de mi país escribían sobre corzas y gacelas y madréporas. Algo pasó con mi libro, que se agotó a los quince días. Me tendrán que perdonar, ¿no?

-Pero en el fondo no deja de dolerle lo de "poeta menor".

-Más me molesta venir, como ahora, de una rueda de periodistas y que sólo me hayan preguntado sobre política. Soy un escritor.

-¿Algún dolor por lo de poeta menor?

-Más que dolor, cierta tristeza.

-¿Algún remedio?

-Escribir, escribir...

-Usted, más que años, cumple libros de edad. ¿Cuántos libros ya?

-Sesenta y seis. Y lamento la falta de tiempo: viajes, conferencias, entrevistas, y los vecinos de Montevideo, que me tocan el timbre para hablar un rato.

-Como repite Bioy Casares, habría que vivir 500 años...

-Recién ando por los 74 y creo que el tiempo de dejar de escribir no me llegó. Ahora reúno mis reflexiones en un libro, Perplejidades de fin de siglo... Viendo muchas cosas que suceden pienso que habría que escribir un tratado sobre la hipocresía como una de las bellas artes. Cuando no se me ocurran más ideas...

-¿Qué hará?

-Nada. Simplemente diré bueno, chau.

Posdata

1. Guardo su imagen de cordial farmacéutico, con su corbata siempre descentrada y metida bajo el cinturón. Guardo la certeza de que en Benedetti, del dicho al hecho, no había un gran trecho. Como hombre y ciudadano, siempre estuvo a la altura de lo que enarboló escribiendo. A ver, ¿de cuántos se puede decir esto? Así anda, así trastabilla el mundo.

2. Sobre lo de "poeta menor": ¿quién determina el tamaño de un poeta?, ¿hay ley escrita? ¿Qué Dios, o qué dios, dictamina, cuando la mano se agarra de la última cornisa, que el dedo meñique es menos decisivo que cualquiera de los otros? ¿Quién asegura que la trompeta es superior a la flauta traversa? ¿Falta mucho, cuánto, para comprender que el mundo se compone de todos?, ¿para aprender que los poetas mayores no serían mayores sin el polen primordial de los poetas menores, y que los menores no existirían sin el plancton de los desconocidos de siempre que por ahí, escondidos, garabatean con candoroso fervor una página que sueña con ser poema?

3. Se nos murió Mario Benedetti. El escribió lo que mujeres y hombres del común necesitan expresar, como propio. Les sacó las palabras de la boca. Ocurre que, con su porfiado luminoso enojo, él, sin trampear, ha desfondado la ley de las leyes: la que hoy está enojada es la muerte. Miles están pronunciando los transparentes poemas de Mario. Señal de que ella no siempre se sale con la suya: esta vez perdió la pulseada. Y nosotros, ¿vamos acaso a incurrir en el "en paz descanse" de rutina? No lo ofendamos a El Enojado: si de descansar se trata, que descanse en solidaridad.

4. Lo escribió: "Todos sabemos que nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final, pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales".

Me despido conversando con un poema del cordial Enojado.

-Nada dijo sobre la alegría.

-"De vez en cuando la alegría tira piedritas en mi ventana."

-No le queda otra que rendirse.

-"Está bien, no jugaré al desahucio/ no tatuaré el recuerdo con olvidos/ mucho queda por decir y por callar."

-¿Algo más queda, finalmente, en este desbarajuste desolado?

-"Quedan uvas para llenar la boca."

-Quien dice uvas, bien presagia vino. Usted no tiene escapatoria.

-"Está bien, me doy por persuadido/ que la alegría no tire más piedritas/ abriré la ventana/ abriré la ventana."

rbraceli@arnet.com.arwww.rodolfobraceli.com.ar

Rodolfo Braceli es autor, entre otros, de "El último padre"; "Don Borges, saque su cuchillo porque..."; "De fútbol somos" y el reciente "Vincent, te espero desnuda al final del libro"

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