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Lunes 22 de junio de 2009 | Publicado en edición impresa

Los Cambios en Medio Oriente / Opinión

Irán, visto con ojos venezolanos

Moisés Naim
Para LA NACION

 
 
 

WASHINGTON.- Irán y Venezuela no podrían ser países más diferentes. Piadosos chiitas, rezos diarios y ley seca, en uno; rumberos caribeños, salsa y mucho ron, en el otro. Las iraníes con trajes y velos que todo lo cubren; venezolanas con biquinis que todo lo descubren. Irán es una república islámica y Venezuela, una república bolivariana.

El líder supremo iraní es un clérigo poco amigo de hablar en público. El de Venezuela no para de hacerlo. Mientras la civilización persa es una de las más antiguas de la humanidad, la historia de Venezuela es algo más breve. Estos países no deberían tener nada en común.

Pero lo tienen. El parecido es tal que la experiencia venezolana aporta interesantes claves para entender la crisis iraní.

Las imágenes de las marchas de la oposición en Teherán (multitudinarias, pacíficas, sin jerarquía clara y con la participación de gente de todas las edades) son idénticas a las que solían ocurrir en Caracas antes de que el gobierno y la frustración las asfixiaran. Oír la desesperación en la voz de los jóvenes iraníes es oír la de los estudiantes venezolanos que llenaron el vacío político creado por una oposición largamente ineficaz. Y oír a Mahmoud Ahmadinejad decir que quienes protestan contra su victoria son sólo un "polvillo irrelevante" es oír a Hugo Chávez llamando "escuálidos y vendepatrias" a los millones de venezolanos que no votan por él.

Ver los videos de los basij, las milicias islámicas, disparando a mansalva contra quienes marchan pacíficamente es volver a ver el video donde las milicias chavistas disparan contra opositores desarmados. Enterarse de que el Tribunal Electoral iraní es un apéndice del gobierno es recordar que el jefe de ese mismo organismo en Venezuela, tras los comicios, pasó a ser el vicepresidente del gobierno cuya victoria había certificado días antes.

Tanto Chávez como Ahmadinejad llegaron al poder gracias a su mensaje de lucha contra la corrupción y la desigualdad y por las esperanzas que generaron entre los más pobres. Sin embargo, en Irán y en Venezuela la magnitud de la corrupción es hoy sólo superada por la impunidad con la que operan los corruptos del régimen. Ambos líderes han facilitado una fastuosa acumulación de riqueza en manos de una nueva elite.

Y gracias al petróleo se pueden dar el lujo de ocultar que han devastado sus economías. Sus tasas de inflación están entre las más altas del mundo y las dádivas oficiales y el empleo público improductivo son la única esperanza de ingreso para millones de iraníes y venezolanos.

Pero los parecidos van más allá de la economía. Si Ahmadinejad apoya a Hezbollah, Chávez apoya a las FARC. Mientras Ahmadinejad intenta controlar el Líbano, Chávez lo hace con Bolivia. Ambos sueñan con presidir una potencia regional. Ahmadinejad promete la desaparición del Estado de Israel y la caída del Gran Satán. En Venezuela, donde no se sabía qué era el antisemitismo, ahora se profanan sinagogas y Chávez se queja de que el estrado de las Naciones Unidas donde le tocó hablar después de George Bush le huele a azufre satánico.

De todas las semejanzas la más sorprendente es la obsesión de ambos regímenes por parecer democráticos, plurales y progresistas. Esto no les es fácil, ya que en sus prácticas cotidianas son autoritarios, sectarios y militaristas; 14 de los 21 ministros iraníes son miembros de la Guardia Revolucionaria o de las milicias Basij.

Los gobiernos locales, las empresas públicas y cientos de entes públicos son manejados por guardias revolucionarios. Lo mismo pasa en Venezuela, donde la militarización del Estado es una característica fundamental y donde familiares y camaradas de armas de Chávez dominan las esferas del poder.

En ambos países, los violentos están en el poder. Tanto en Irán como en Venezuela, son las milicias gubernamentales las que detentan el monopolio de la violencia como instrumento político. Pero lo esencial es entender que en Irán y en Venezuela las elecciones no significan el posible cambio de un presidente. Significan la posibilidad de sacar del poder a quienes han decidido perpetuarse en él. Y eso no es fácil. No lo ha sido en Venezuela; no lo será en Irán. .

El Pais, SL
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