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Nuestro más sentido zapping

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 28 de junio de 2009
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BARCELONA Mala suerte para Alejandro Doria, hace unos días. Mala suerte para Farrah Fawcett el jueves. Ambos se fueron de este mundo a la sombra de otros muertos, más mediáticos. Hay algo peor que morirse, y es morirse justo el día en que todo el mundo está haciendo zapping . Le pasó también al poeta Alfredo Lepera, el 24 de junio de 1935. Si se hubiera muerto de viejo, lo recordaríamos como a uno de los mejores poetas argentinos. Pero tuvo la desgracia de viajar en el mismo avión que Gardel. ¡Pobre Lepera! No fue el único: el 23 de noviembre de 1963, Aldous Huxley también se disponía a morir en la gloria. Ya había escrito lo suficiente como para ser recordado y llorado por sus compatriotas. Ya había redactado páginas inolvidables. Entonces se encerró en su cuarto y se murió, tranquilo y en paz, soñando con la tapa de los diarios del día siguiente. Esa misma tarde, cuando Huxley empezaba a enfriarse, un estúpido con escopeta va y le pega un tiro en la cabeza a Kennedy. ¡Pobre Huxley! La muerte del escritor entró, de carambola, en la página 43 del New York Times , al lado de una publicidad de detergente.

La culpa es de los tiempos que corren. En el pasado remoto, ilustrísimos señores podían morirse el mismo día y había tiempo para ambos. Lo bueno del pasado remoto es que no había control remoto. William Shakespeare, que se murió a la vez que Miguel de Cervantes (y viceversa) no sufrió esta humillación del olvido. Y es que los medios, el 23 de abril de 1616, no estaban muy extendidos, ni el mundo era global. Eso les ayudó un poco a compartir los honores y a no perder el estrellato del mutis por el foro. Pero, por poner un ejemplo cercano, Teresa de Calcuta no tuvo la misma suerte: entonces sí había medios de comunicación, y de los peores. Setenta años acariciando a gente con lepra estuvo la santa, arrugándose de filantropía, sin pedirle nada a nadie, para poder morirse y lograr, con su muerte, que nosotros pensáramos un poco en lo necesario de ser un poco así como ella, un poco mejores, y justo va y elige despedirse el 5 de setiembre de 1997. Pocos días antes, para la algarabía económica de la revista Hola , la princesa Diana se desnucaba contra un poste, en un túnel de París, saliendo de una fiesta del bracete de un magnate que se llamaba Dodi. ¡Pobre Teresa y su muerte lenta, pobre la India y sus leprosos!

Lo mismo ocurrió el 15 de junio de 1986: todos festejábamos, enloquecidos, haber entrado con cierta facilidad en octavos de final del Mundial de México. La muerte de Borges, la noche anterior, le pasó desapercibida a muchos. El 22 de ese mismo mes, mientras el cadáver del mejor escritor argentino de todos los tiempos era enterrado en Ginebra, en la televisión argentina Maradona hacía un quiebre de cintura, se llevaba por delante a siete ingleses y nos hacía olvidar que los gusanos empezaban a comerse al otro, al ciego, al que había dicho aquello tan cierto: "Morir es una costumbre que suele tener la gente". Lo que Borges no sabía es que hay una costumbre aún más extendida: la de hacer zapping de una muerte a otra, a ver cuál de todas nos resulta más atractiva.

© LA NACION

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