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De Narváez, el millonario del largo y sinuoso camino

Pragmático y trabajador, canchero y ambicioso, el empresario asoma como nuevo referente del PJ

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LA NACION
Lunes 29 de junio de 2009

Tarde o temprano, investigar la vida y obra de Francisco de Narváez lleva a plantearse una pregunta simple, pero de difícil respuesta. ¿Quién es, realmente?

¿Se trata del empresario millonario, canchero y frívolo por admisión propia, al que le llegó la hora del compromiso? En rigor, su despertador cívico sonó en 2001, cuando enfilaba hacia a la luna de miel con su segunda mujer, Agustina Ayllón, 18 años menor, y lo convocó Mauricio Macri. Recorre desde entonces la senda del aprendizaje político, con escalas en Carlos Menem, Ramón Puerta, Eduardo Duhalde y hasta un flirteo, fugaz, con Néstor Kirchner.

¿O es apenas un ilusionista, capaz de mutar y decir lo que fuere, según lo amerite la ocasión? Acaso como también dejó entrever el candidato de Unión Pro cuando dijo la semana pasada que "YPF, Edenor, Edesur y Metrogas deberían ser estatales", junto con los servicios de agua, energía e "indudablemente el transporte".

De Narváez deberá aplicar ahora el lema que tatuó en su brazo -"crisis es oportunidad"-, tras su intento de suicidio en el Hyatt. El peronismo inició anoche otra de sus crisis recurrentes de identidad ideológica y liderazgo, y queda por ver si él aprovecha la ocasión.

La biografía

Su biografía es tan peculiar y colorida como su testa. Nació en Colombia, allá por 1953, de familia centroeuropea judía. Se mudó al país a los 3 años y recién se nacionalizó pisando los 30 para votar a Raúl Alfonsín. Luego votó a Luis Zamora, en las antípodas de su perfil.

Su adolescencia fue movida. Conoció a su primera esposa, María Sara Seccino, cuando tenía 12, pero un año después emigró a Canadá. Estudió como pupilo en el St. Andrews College, a 50 kilómetros de Toronto, hasta que retornó a Buenos Aires a los 16. Con nuevos hábitos -como la obsesión anglosajona por la puntualidad-, aunque mantuvo otros. Lo echaron del Cardenal Newman por machetearse y terminó en el Juan XXIII.

Entró como cadete en Casa Tía, el emporio familiar, por lo que le quedó pendiente un título universitario, aunque todos sabían que la cúspide era su destino. La alcanzó a los 27, junto con su hermano Carlos. Pero un mal día ordenó que sacaran a la calle sus cosas. "Ya no trabajás más acá", le dijo, de pasada.

Fue una época crucial. Su crisis de los 40 fue profunda: se separó de Seccino tras 20 años de matrimonio y 3 hijos, amagó con el suicidio y dijo basta a la vorágine de Casa Tía. La modernizó, achicó -miles de despidos mediante- y vendió al grupo Exxel y el francés Promodés por US$ 630 millones. Le tocó una tajada y el caso se estudió en Harvard, en 2000: "La venta de una empresa familiar".

Inició una etapa de salidas nocturnas y replanteos varios. Lejos de aquella suerte de máquina humana involucrada en la gestión empresarial. "Una vez, en la época de controles de precios de Alfonsín, le cerraron una sucursal en Paraná. Llamó a un abogado de la Cámara Argentina de Supermercados, lo subió con él a su avión y esa misma tarde estaba reabierta la tienda", contó un veterano de aquellos tiempos.

Aún mantiene algo de aquel carácter ejecutivo. Cuando invita a cenas en su casa, anticipa que será de 20 a 23. "Empieza en punto y para las 23 ya resumió el encuentro, postre y café incluido, y despide a todos", cuenta un habitué, que destaca dos virtudes vinculadas: es incansable cuando se trata de trabajar y es una esponja para asimilar información.

Cuentan que es pragmático, utilitarista hasta lo hiriente. Capaz de prestarle el avión a Juan Carlos Blumberg, pero luego enfrentarlo sin límites ni códigos. De aliarse e invertir esfuerzos, tiempo y millones en sus socios, pero también de romper los acuerdos sin aviso previo.

La diferencia ahora, claro está, es que asoma como el referente político del día. Debe mejorar su historial legislativo. Sólo habló en cuatro sesiones desde que asumió a fines de 2005, en dos de ellas para quejarse de los dardos retóricos que le lanzaban Kirchner y Carlos Kunkel. No pide la palabra desde julio 2006, ni siquiera durante el debate sobre las retenciones. Y en cuanto a proyectos, presentó 176, pero 66 fueron para declarar de interés legislativo ferias y exhibiciones, otros 48 fueron pedidos de informes, 40 proyectos variopintos de ley y apenas uno -sí, uno- sobre seguridad.

Así, para un hombre que cree en el horóscopo chino -hasta tatuarse una serpiente de agua en el cuello-, sigue su carta astral y que en alguna vida pasada siente que fue guerrero o cruzado, llegó el momento de cerrar el círculo. Sueña con ser gobernador de Buenos Aires y, por qué no, quizá presidente, aunque lo calle en público. Ante los micrófonos, por ahora sólo se reconoce como alguien "altamente ambicioso". Le llegó la hora de mostrar quién realmente es.

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