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De la prepotencia a la impotencia

Por Abel Posse Especial para lanacion.com

Lunes 29 de junio de 2009 • 15:30
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Con explicable angustia, una mayoría nacional esperó un duro castigo a Néstor Kirchner, el consorte ejecutivo. Lo cierto es que el esquema del poder en Argentina se modificó a través de estos comicios de naturaleza legislativa. El cardumen obediente, refractario a todo diálogo democrático, queda modificado por un nuevo diseño del poder del Congreso. Esto es lo ganado después de tanto.

Kirchner ya no tiene el poder para ejercer su autocracia a expensas de los legítimos poderes del Estado. Hay una revitalización del republicanismo secuestrado durante estos años. La Presidenta no asumió como tal y es difícil imaginar que lo haga.

Pasamos de un esquema de intolerable prepotencia a una zona no menos dañosa, de impotencia para enfrentar los graves y agudizados problemas nacionales.

K afirmó públicamente que aunque fuese por un solo voto se sentiría plebiscitado. Esta visión autista, patológica, en todo caso no tendría consecuencias en la vida de este país lacerado por problemas gravísimos causados por su ineptitud y la corrupción. Hoy urge lanzar el país a sus mejores posibilidades.

De un gobierno se puede esperar el error pero no el sabotaje originado en resentimiento o en ideologías pasadas.

Los Kirchner terminan su ciclo y hay que exigirles el gesto de la buena disposición inexcusable para crear un mecanismo de asamblea y consulta, intraperonista e interpartidaria, con un consejo consultivo al que estén convocados todos los sectores productivos, sociales e intelectuales de la sociedad. La distancia temporal y el escabroso camino hasta el 2011 exigen una reacción sabia e inmediata. Basta pensar que la mayoría parlamentaria se consolidará recién en marzo del próximo año, aunque los nuevos legisladores asuman en diciembre.

Todo es increíble, retorcido, difícil, en esta patria amarrada a la estupidez y la mediocridad. Pero se cierra un ciclo, y nos está esperando para un nuevo arranque hacia ese destino de normalidad que para nosotros es ya algo así como la piedra de Sísifo. A ver si esta fue la última, antes del simple sentido común.

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