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La edad de la demanda y el deseo

Sábado 18 de julio de 2009
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Por Ema Wolf Para LA NACION - Buenos Aires, 2009

La mayoría de nuestros chicos hace su camino de lectura dentro de la escuela. Casi no existe aquel lector rampante, que correteaba a placer entre textos dispares, muchos "desaconsejables", a salvo de la mirada de los adultos. A la escuela la dejaron sola en la tarea de hacer leer, proponer textos. Por eso, si hay una fuga de lectores, es allí donde se nota más.

En las primeras etapas los chicos se entregan a la lectura casi sin prejuicios, están llenos de curiosidad, abrazan las historias de perros que levitan. Pero cuando ingresan en el tercer ciclo, al mismo tiempo están ingresando en la adolescencia, y, con ella, a intereses más complejos, a la impaciencia, al desasosiego. Su vida de relación se vuelve más demandante y eso les insume más tiempo y más deseo. Las lecturas escolares, desde siempre filtradas por los controles de la institución, les quedan estrechas de sisa.

Si el maestro o el bibliotecario escolar son buenos lectores, podrán ofrecer un abanico de textos capaces de acompañar a los chicos en ese cambio; no les soltarán la mano; al menos los pondrán en la pista de una literatura más abierta, menos explícita, con recursos más sofisticados, y que se preste a la discusión de ideas. Si no es así, y si esos chicos, además, no tuvieron otras opciones por afuera de la férula escolar -padres o amigos lectores, librerías y bibliotecas amigables-, en una edad en que la aparición de un grano los paraliza ante el espejo, es entendible que la atención que prestaban a la lectura, poca o mucha, decaiga.

Por otro lado, la cultura de la exterioridad, presente en algunos sectores de la clase media, digamos que no ayuda. Sus hijos la adoptan rápidamente. La indiferencia de los padres por las actividades intelectuales, ellos la traducen en desdén: leer, estudiar son parte de ese combo mal visto. Ignorar es paquete.

No hay explicaciones paranormales, entonces, para esa fuga. Creo que es una combinación de hormonas revueltas, oportunidades escamoteadas y valores recibidos. Ahora bien: ¿sabemos cómo sigue?

© LA NACION

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