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La Tierra flotaba

En su nuevo libro, Bradbury habla. Muy cerca de la caverna, muy lejos de las estrellas (Suma), uno de los grandes escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, recuerda las fantasías espaciales del hombre del siglo XX

Domingo 19 de julio de 2009

La tierra asomando en el horizonte, y sus rostros (1999)

Es una pena que nuestras nuevas generaciones hayan nacido en los años incorrectos. Se perdieron las grandes revelaciones. Llegaron cuando ya se había descorrido el telón de lo milagroso, y por eso no pudieron perder el aliento con ardorosa fascinación ante los nuevos territorios recién descubiertos en la Tierra.

Hablo, por supuesto, de esa noche cuando miles de millones de televidentes pudieron por primera vez dar un vistazo la Tierra blanco-azulada asomada en el horizonte lunar: memoria de viejos tiempos, promesa de futuros.

Fue, para muchos de nosotros, el gran rostro de la Creación que se desplegaba, casi cautivándonos hasta las lágrimas.

Fue amor a primera vista.

Pero luego vino la segunda vista. Clavando la mirada más de cerca en la maravillosa esfera azul en el espacio, dijimos:

-¿Dónde era que he visto ya ese rostro?

La respuesta era: nunca. Hasta nuestra época, los cartógrafos percibían a tientas los territorios árticos y ecuatoriales, palpándolos con las manos, y hacían transcripciones en braille para guiar a los navegantes de los mares y las nubes. La Tierra entera era un laberinto arrugado a la espera de ser adivinada de modo tosco por capitanes de barco, exploradores y agricultores nómadas. A partir de estas estimaciones torcidas, surgieron grabados que iban según soplaba el viento, con la esperanza de trayectos seguros, pero con riesgo de muerte. Los aeroplanos hicieron los primeras cartas nuevas, los aviones a chorro aguzaron la percepción, pero fue el trasbordador el que le echó el lazo al globo para tapizar cada cuarto oscuro de sueños relatados.

A cuarenta mil kilómetros por hora, esas balas desplegadas por los flashes relámpago que se ahogaban en la química se irguieron como revelaciones.

Y ahí estaban los rostros.

Primero unas pocas y luego diez docenas de vistas misteriosas. Grandes contornos continentales, vastos océanos, y luego enfoques nítidos de este viejo mundo arrugado, oculto bajo nuestra nave espacial, hasta que los alcanzó la cámara.

Vean por fin toda la Tierra flotando, decían. Luego encuentren sus muecas, miren en detalle las llanuras, colinas y montañas que revelan cómo fueron frunciendo el ceño, y prorrumpen en la calma de las llanuras de arena y dunas que, lavadas por el viento, borraron las viejas vistas para cambiarlas por otras nuevas.

Todo lo de ayer fue película fotográfica captada para propalar remembranzas de lo que no sabíamos que sabíamos. Con esos rostros multitudinarios, con la quietud de los desiertos, las cejas de granito, y las vastas bocas del Gran Cañón que son nuestros cimientos, vimos un lugar de nacimiento desde el cual realizar el lanzamiento hacia nuestros mañanas. Estación Espacial Número Uno: Tierra. Estación Espacial Dos: la Luna. Tres: Marte. Luego, el despegue hacia el Universo entero.

Así que recorran las próximas páginas escrutándolas con el ardor del fuego de una caldera, vuelvan a imprimir esas miradas en sus retinas, para que luego puedan ser prestadas bajo la forma de recuerdos.

Aquí, en estas máscaras de materia muerta que una vez estuvo viva con fuegos volcánicos -fiebres salvajes bajo la piel de piedra de la Tierra-, encuentren las convulsiones de los miles de millones de años que llevó arrugar y dejar boquiabiertos a los territorios. Aquí yacen las mudas historias genéticas de la carne, a la que todavía le esperaba juntarse en una manada, arrastrarse, caminar sobre su superficie lluviosa, y vivir en cavernas y ocultarse en ciudades hasta que la Luna la llamara y allí se dirigiera.

Estas cartografías, pues, son un vasto y curioso escenario sobre el cual, invisibles, hemos representado nuestros odios, nuestros amores, nuestros ruidos y furias, ¡significándolo todo!

Aquí yacen estas cartas, muertas. Aquí estamos erguidos nosotros, vivos, para ver su mortalidad, y descubrir que nosotros mismos somos algo especial en un universo al que nada le importa. Sin embargo, a nosotros sí que nos importan las cosas, y hacemos votos por mantener limpio el escenario, por preparar sus estepas, sus fiordos y sus aguas oceánicas para una humanidad agradecida de ser, y a la que le importa tener el cuidado de fijarse por dónde pisa sobre esta Tierra.

Ahora, miren esos mapas de territorios que acumulan el tiempo viejo para abastecer al nuevo. Ser visto, dicen las cartografías, ser conocido, agregan, y ser amado, es palabra final.

Por Ray Bradbury

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