Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Todo lo que no sé

SEGUIR
PARA LA NACION
Domingo 19 de julio de 2009

No sé cómo funciona el teléfono. ¿Cómo es que, acercándome el aparato al oído, puedo escuchar la voz de una persona querida que está lejos? Tampoco sé qué es exactamente lo que sucede cuando aprieto el interruptor de la luz y, en el acto, se ilumina la habitación que estaba a oscuras. Sé que la lamparita la inventó Edison. ¿O fue Watt? Y el teléfono, Bell. Admiro a los inventores: si el mundo hubiera dependido de mi habilidad para crear artefactos, todavía estaríamos en la edad de piedra.

¿El agua que está dentro de los sifones ya tiene burbujas o las burbujas le entran en el momento en que apretamos la palanquita hacia abajo? ¿Cómo es el mecanismo de los relojes a cuerda? Sé más acerca de la fotosíntesis, que sobre el funcionamiento de una pila. Una vez, cuando mi hijo era chico, le compré un autito con una batería solar. Las distintas partes venían sueltas dentro de una caja. Lo armamos bien y el auto funcionó. Sin embargo, viéndolo rodar por el patio, encandilada por el sol del mediodía, seguí sin entender qué extraña fuerza lo hacía avanzar.

Tampoco entiendo, más allá de las frases trilladas que se leen en todas partes, en qué consisten, cómo operan, las teorías científicas más importantes del siglo XX: la relatividad, la cuántica, el caos. Una vez, mientras estudiaba filosofía en la universidad, quise armar un grupo para ir avanzando todos juntos en la teoría de la relatividad. Un amigo que estudiaba matemática pura trajo un manual, con la célebre foto de Einstein despeinado en la tapa, que prometía explicar sus teorías de la manera más sencilla posible. Abandonamos a los tres meses sin haber pasado de la página seis.

¿Los detectores de metales existen? ¿Por qué no se caen los puentes? ¿Cómo hace el espejo para devolverme mi rostro? Para remediar tanta ignorancia, hace poco compré un libro enorme titulado "Cómo funcionan las cosas" y me propuse leerlo desde la primera hasta la última página. El primer capítulo empezaba con el plano inclinado, uno de los inventos más simples. Luego explicaba cómo funcionan las llaves y las cerraduras, el arado y los molinos de viento. Hasta ahí, todo iba bien. Leía un invento por día y mi ignorancia retrocedía un paso. Pero a partir del abrelatas, como con Einstein, los dibujos y las explicaciones también empezaron a hacerse más complicados. El regador giratorio para el pasto me tuvo atascada tres días. Un mecanismo basado en un sistema de engranajes helicoidales y una turbina lograba producir una fina lluvia de agua y esparcirla por una gran superficie. Yo miraba las ilustraciones y las flechitas que mostraban el flujo del agua con el mismo estupor con que una persona analfabeta podría mirar a otra que se entretiene leyendo un libro durante horas.

Abandoné en la página veinte, con la máquina de coser. Aunque había llegado a tener un atisbo de cómo se formaba la puntada, lo que venía después -el cruce de los hilos por debajo de la tela, el gancho de la lanzadera atrapando la lazada del hilo y haciéndolo pasar alrededor de la bobina- me resultó incomprensible. Guardé el libro sintiéndome aún más ignorante que al principio, pues ahora estaba segura de que jamás entendería los inventos de las trescientas páginas que nunca leería: el extintor de fuego, el manómetro, el motor a vapor, la heladera, la calculadora, el helicóptero, el láser, la holografía, el microchip...

Este es un mundo extraño y desconocido. ¿Cómo saben los perros que es a los ojos a donde nos deben mirar? ¿Cómo funciona el amor entre un hombre y una mujer? ¿Por qué a veces sus engranajes giran alegres como molinos de viento y, otras, se atascan y pareciera no haber turbina, lanzadera, ni rayo de sol que lo logren salvar?

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora

Te puede interesar