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¡Grande, Argentina!

Miguel Bein Marina Dal Poggetto LA NACION

Domingo 19 de julio de 2009
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La salida de capitales que hoy enfrenta la Argentina es la mayor de su historia.

No hay nada positivo en esta afirmación que se hace, si no fuera porque, a pesar de su veracidad, el sistema financiero sigue en pie, el Gobierno sigue pagando los vencimientos de la deuda -previos "retoques" en los índices por los que indexa la deuda en moneda local- y por primera vez en 35 años estamos atravesando una recesión normal, aún en un mundo anormal.

Como venimos sosteniendo, esto no es cosa de mandinga. Lo que ocurrió fue que, gracias a los avances tecnológicos en el sector agrario, la Argentina logró en los últimos 15 años más que duplicar su frontera agrícola, algo que no ocurría desde la Conquista del Desierto.

Y esto es lo que, en conjunto y también impulsado por un set de precios extraordinariamente positivos, permitió generar la oferta de divisas suficiente para financiar semejante salida de capitales con un sector industrial que, a pesar del superdólar a la salida de la convertibilidad, siguió causando un déficit de comercio equivalente a dos veces el superávit de la balanza comercial.

En 2008, el déficit de divisas de las manufacturas de origen industrial (MOI) alcanzó a 26.000 millones de dólares.

Es decir, esta es la primera vez que la salida de capitales es ocasionada por factores originados en la política y no necesariamente por una economía a punto de descarrilar por inconsistencias macroeconómicas, que terminaban dejando sin reservas al Banco Central (BCRA).

Y esto, a pesar de que la salida se da en un mundo donde la explosión de la burbuja inmobiliaria motivó un quiebre en el financiamiento global y una huida de los capitales hacia activos libres de riesgo -típicamente, bonos del Tesoro de los Estados Unidos-, que en cualquier otra circunstancia hubiera derivado en una disrupción no sólo financiera sino también política, con los costos inherentes en términos de nivel de actividad y redistribución (¡al revés!) de la riqueza.

Como venimos sosteniendo desde 2006, la inconsistencia propia de la política económica del Gobierno estuvo asociada, en gran medida, a la política fiscal.

Esta política se caracterizó por ser excesivamente expansiva en la parte alta del ciclo, aun cuando la brecha del producto tendiera a desaparecer y las presiones inflacionarias fueran evidentes en una economía que mantenía alto el tipo de cambio nominal en un mundo donde el dólar se devaluaba y la mayor parte de los países priorizaba mantener baja la inflación.

También esta política fue la que no dejó el ahorro suficiente para ayudar al Banco Central a esterilizar el excedente de pesos causado por la monetización del superávit externo, cuando la salida de capitales era reducida (2006-2007), aceleraba la tasa de inflación, la puja distributiva y el ajuste hacia abajo del tipo de cambio real, sin apuntar a estabilizar la demanda de pesos.

Menos gasto privado

Y esta política también fue la que no permitió producir el ahorro suficiente para financiar en forma "genuina" la necesidad actual de un mayor crecimiento del gasto público para compensar la desaceleración del gasto privado en medio de la recesión mundial, tal como lo vienen realizando la mayoría de los países del mundo.

Más allá de las decisiones de política en las cuales había implícito "un determinado plan de negocios para provocar un cambio de manos en la gestión de ciertos sectores de servicios públicos y/o privados", el resto de las intervenciones estuvieron en gran medida asociadas a limitar la inflación vía intervenciones ad hoc de la política (controles de precios directos, retenciones, subsidios y hasta la intervención del índice de precios al consumidor (IPC).

Ahora bien, la contrapartida de este comportamiento en manada de los argentinos que resguardan sus ahorros en el exterior (o en dólares en el colchón) con la historia de crisis sistémicas sucesivas, está dada por el stock que mantienen en el exterior.

Hoy, según las cifras que se desprenden del balance de pagos, éste equivale a la mitad del producto bruto interno (PBI) anual, en tanto la Argentina se constituyó en el país del mundo con mayor tenencia de dólares billetes después de Rusia, y el primero -no dolarizado- con tenencia de dólares billetes en términos per cápita . Hablando en plata contante y sonante: los argentinos guardan en sus bolsillos más dólares que pesos.

La "mala praxis" de los últimos años ayudó, vía huida de fondos del sector privado, a financiar al resto del mundo en medio de la peor crisis financiera que se recuerde desde los años treinta.

En términos numéricos, la formación de activos externos de los argentinos en los últimos dos años (más de 43.000 millones de pesos) contribuyó en más de un cuatro por ciento al paquete financiero de los Estados Unidos para evitar una disrupción en el sistema de pagos global.

Semejante magnitud, para un país chico como la Argentina, y con un largo camino por delante (cada vez más largo, dados los crecientes niveles de marginalidad y pobreza) hacia el desarrollo, da muestras fehacientes de la preocupación del actual gobierno por el orden mundial.

Hasta se podría decir que semejante contribución a la estabilidad financiera global redime al país de su posición neutral hasta casi la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

¡Y pensar que todavía hay dudas respecto del alineamiento de la Argentina con Occidente! No financiamos la construcción de nuestras rutas, viviendas, centrales eléctricas, ni la inversión en maquinaria, pero estamos donde el mundo nos necesita: financiando el déficit fiscal y financiero de las empresas del mundo desarrollado.

Los autores de la nota son directores de Estudio Bein & Asociados.

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