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El tesoro más preciado

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PARA LA NACION
Domingo 26 de julio de 2009

Uno de los rasgos que definen a la sociedad contemporánea es la feroz batalla que en su seno se libra para atraer la atención de las personas. A cada instante, el mundo actual nos lanza alaridos desesperados en busca del tesoro más preciado: nuestra atención. Por eso, aumentan las posibilidades de que vivamos dispersos, distraídos. Algunos expertos destacan que la distracción constituye hoy una epidemia, una plaga que afecta la adquisición de conocimiento y que representa una potencial amenaza a la generación de pensamiento concentrado y productivo. Vivimos, como afirma Linda Stone, "en un estado permanente de atención parcial", que dificulta la concentración, sin tomar plena conciencia de la decisiva transformación que están experimentando nuestros procesos mentales.

La preocupación por esta mutación en la capacidad de concentrar nuestra atención no es nueva. Herbert Simon, figura central en el pensamiento contemporáneo y que fue un destacado profesor de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh, EE.UU., advirtió hace más de tres décadas que ésta sería una de las características centrales de la sociedad del futuro. El psicólogo estadounidense, premio Nobel de Economía 1978, señaló: "La riqueza de información del mundo actual supone la escasez de lo que la información consume, es decir, la atención de quienes la reciben. Por lo tanto, esa riqueza de información genera la pobreza de atención. Además, plantea la necesidad de orientarla de manera eficiente, eligiendo entre la superabundancia de las fuentes de información que la pueden consumir". Como corolario, quienes habitamos en este mundo, caracterizado por la explosión informativa, enfrentamos un empobrecimiento simétrico de la capacidad de prestar atención.

Es posible, sin embargo, que el combate permanente por nuestra atención termine modificando la estructura cognitiva y reflexiva del cerebro y que a las nuevas generaciones les resulte natural no sólo desenvolverse en este "ruidoso" y disperso ambiente social, sino, además, realizar alguna tarea productiva. Porque, posiblemente, el mayor peligro de la distracción es que nos acostumbre al transcurrir de un tiempo poco fructífero, por momentos entretenido, pero algo vacío e irrelevante cuando logramos analizarlo con cierta perspectiva. Como lo sostiene Sam Anderson al defender la distracción -que, lógicamente, ocupa también un lugar importante en nuestra vida-, se acentúa la necesidad de ejercer el autocontrol imprescindible para ser amos de nuestra atención. El ser humano siempre se ha visto obligado a concentrar su atención en alguna cuestión determinada. Pero ahora, ante el bombardeo de estímulos, debemos dedicar una energía cada vez mayor a decidir dónde merece la pena enfocarla.

En un momento en el que las tentaciones de distraerse son tantas y tan poderosas, tal vez la educación de una persona no debería descuidar su entrenamiento para comprender la trascendencia de las decisiones que adopta a cada instante al dirigir su atención. Como en otras esferas del quehacer humano, se pone de manifiesto en este caso la lucha entre lo superficial y lo profundo, el panqueque y la catedral. El planteo de estos dilemas no constituye un juicio de valor, sino que intenta alertar sobre rasgos humanos que deberían complementarse. Adquirir información a toda velocidad es importante, pero no ha dejado de serlo el cultivar la reflexión, un modo esencialmente humano de concentrar la atención. En última instancia, la educación debería ayudar a tomar conciencia acerca de los valores fundamentales que se ponen en juego al decidir focalizar nuestra atención. No es casual que se haya señalado que la elección que hacemos a cada instante acerca del estímulo que merece ser atendido, termine dando sentido a nuestras vidas. Lo expresó muy bien el filósofo y psicólogo William James cuando dijo: "Mi experiencia es aquello a lo que decido prestar atención".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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