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Editorial II

Día de los Valores Humanos

Opinión

Hoy se imparten en todas las escuelas clases para exaltar el significado de los valores que sostienen las relaciones humanas

Ninguna sociedad puede encontrar el camino hacia su crecimiento progresivo e integral si no tiene a la vista nociones y modelos efectivos de conducta, de superación y de dignificación moral y espiritual. Con esa idea y con esa convicción se sancionó en nuestro país hace seis años (concretamente, en 2003) una ley, la 25.787, por la cual se decidió instituir el 29 de julio de cada año como fecha para la celebración del Día de los Valores Humanos.

La citada norma dispone que ese día se impartan en todos los establecimientos educativos del país clases alusivas, destinadas a exaltar el significado de los valores que dignifican y ennoblecen las relaciones humanas. El propósito de los legisladores fue establecer un mecanismo que llevara a los argentinos a reflexionar sobre aquellos principios y sobre aquellos resortes de carácter moral que contribuyen a la autorrealización de las personas y de las sociedades, así como a una fructífera superación espiritual.

A menudo se piensa que las crisis y las dificultades coyunturales que afrontan las naciones se deben encarar y resolver mediante una aplicación estricta de principios o recetas extraídos del campo de la economía o de la dialéctica política y social. Pero se olvida que todo proceso de declinación o decadencia nacional o colectivo encubre, por lo general, un progresivo debilitamiento de los valores de orden moral que alumbran la dinámica interior de toda comunidad o de sus estructuras sociales, familiares o dirigenciales. La idea que determinó la sanción de esa norma legal muchas veces olvidada fue sin duda la de promover una sana difusión de aquellos principios y modelos de conducta que ayudan a orientar a las nuevas generaciones hacia la plena realización de sus más valiosas riquezas interiores y de su permanente enriquecimiento moral.

Un ámbito fundamental para la transmisión de esa clase de valores es, por supuesto, el que nace de la formación que se imparte en el seno de la familia. Se trata de realidades que se enseñan y se inculcan, en buena medida, como parte de los primeros aprendizajes de la vida. Al mismo tiempo, nadie puede dudar del papel decisivo que la escuela está llamada a desempeñar, asimismo, en todo lo que atañe a la construcción de valores, contenidos y reflexiones que prefiguren o posibiliten una sólida orientación moral o espiritual.

Un país se proyecta y se edifica por múltiples caminos. Se proyecta y se edifica por la vía de los grandes emprendimientos que permiten avanzar hacia el pleno desenvolvimiento de las energías que toda sociedad esconde en lo más profundo de su potencial económico y productivo. Pero el crecimiento integral de una nación o de una sociedad presupone algo más. Presupone la preservación de su mejor y más hondo reservorio de valores morales. A esos valores debe atender la comunidad en una correlación permanente con el fortalecimiento de sus estructuras educativas y de las energías que emergen de su riqueza interior y de su vocación espiritual y creativa. Y en ese proceso desempeña un papel decisivo la fuerza que emana de ese sedimento de valores humanos a los que resulta imprescindible volver una y otra vez. .

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