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Gente grande

Domingo 02 de agosto de 2009

Por primera vez en su historia, el Festival de Cannes abrió este año con una película de animación. Se trata de Up , una aventura de altura que se estrenó en la Argentina hace algunas semanas. La productora es Pixar, responsable también de obras maestras como Wall-E y Toy Story . En este caso, más allá de la habitual tecnología de punta y la notable calidad que es su marca registrada, la historia propone un elemento de particular audacia: el protagonista es un hombre de setenta y ocho años, viudo y gruñón.

La película, con sus diversas lecturas para niños y adultos, fue celebrada por el público y la crítica, y durante varias semanas se ubicó en los primeros puestos de recaudación. Pero al mismo tiempo, y con llamativa frecuencia, generó entre una cantidad de comentaristas la calificación de "triste". Es cierto que en un largo prólogo de clima sepiado se cuenta la historia del hombre desde que era un niño, cómo conoce a la que será su mujer y cómo, al cabo de una vida razonablemente dichosa, ya con muchos años, ella enferma y muere. Este desenlace no se compara ni remotamente con la dramática muerte del padre de Simba, en El Rey León, ni se asoma al nivel de sufrimiento que provocó en su momento el asesinato de la madre de Bambi .

Sin embargo, a nadie se le ocurrió calificar de "tristes" esas películas. Y es curioso que se considere "triste" una aventura que apenas comienza cuando el hombre enviuda. Carl Fredericksen, así se llama nuestro héroe, con su andador ortopédico y en compañía de un niño scout que inaugura toda una categoría en el concepto de la simpatía, se echa a volar con casa y todo para cumplir un viejo deseo de explorador aficionado. Sus aventuras son estupendas, divertidas, exitosas. Francamente, no se entiende qué tienen de "triste".

Después de pensarlo un poco, sin embargo, es posible proponer una teoría: no estamos acostumbrados a que un viejo sea el protagonista de una película animada. Ni siquiera estamos acostumbrados a la palabra "viejo", que sólo se acepta con gusto (relativo) cuando se utiliza en su condición parental. Para todo otro fin, el idioma oficial busca con desesperación alternativas amables, como abuelos o adultos mayores. La palabra "anciano" es lapidaria y terminal, lo mismo que "octogenario". "Veterano" tiene un guiño de humor y una gota de condescendencia. Si fuera necesario señalar la edad del sujeto, cosa en sí misma discutible, tal vez valga la pena después de todo reconsiderar la palabra "viejo".

Un dilema semejante han tenido los estadounidenses para referirse a los negros, y a lo largo de décadas fueron modificando la ley semántica capaz de borrar el ofensivo nigger . Lo llamaron "negro", primero; más tarde, " black ", para llegar al actual y correctísimo " african-american ". Pero en medio de esa larga negociación para la convivencia, hubo un momento en que la poderosa raza blanca tembló. Fue cuando, en la década de los sesenta, junto con los Panteras Negras apareció el movimiento político que, en lugar de ofenderse por el estigma, proclamó con un puño en alto: "El negro es hermoso".

Los viejos no sólo se niegan a envejecer, sino que, al parecer, piensan quedarse por aquí mucho tiempo más. El mundo va a tener que encontrar las palabras justas para denominar las cosas, y acostumbrar el ojo a este nuevo paisaje. Gente grande que hace lo que se le da la gana. No son tristes. Son viejos. Y, lo mismo que Carl Fredericksen, no se privan de nada.

revista@lanacion.com.ar

La autora es periodista

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