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Estamos perdiendo los papeles

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 02 de agosto de 2009
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BARCELONA

Los periodistas o escritores que ahora tienen entre treinta y cincuenta años han escrito su primera novela en una Olivetti de carro ancho y la última en un ordenador portátil. Pertenezco a esa generación: borroneé mi primer cuento en un cuaderno de hojas cuadriculadas y mi último cuento lo pensé expresamente para mi blog personal. Redacté mi primer artículo periodístico en un pasquín de pueblo que se imprimía con linotipos y con estereotipos, y en cambio éste, mi último artículo hasta la fecha, se puede leer en papel pero también on line , y gratis, desde cualquier parte del mundo. Y así resulta que esta generación (la que ahora tiene entre treinta y cincuenta años) será, de entre la Humanidad entera, la única que pueda decir "he caminado por las dos veredas". Nacimos analógicos, crecimos en una trepidante transformación, y envejeceremos ya completamente digitales. Y aunque muchos de nosotros recordemos con nostalgia el olor de la tinta (Scheffer o Parker) secándose en nuestro primer cuaderno, lo contaremos desde un blog (Movable Type o Word Press).

En general, los que tuvimos el privilegio de probar ambas formas de comunicación estamos más o menos convencidos de preferir esta época, estas herramientas y estos recursos para decir lo que pensamos y compartir nuestras creaciones. Es un tiempo con menos intermediarios, en el que llegar al lector suele ser un vuelo directo y sin escalas. Pero hay algo que perderemos irremediablemente, algo que nadie echa a faltar todavía, pero que en no muchos años será un bache inmenso en la transmisión cultural: estamos perdiendo los originales. Uno de los placeres más eróticos del voyeurismo literario ha sido, siempre, ver las tachaduras de los maestros en el papel. Y los futuros maestros -los jovencitos digitales que mañana serán grandes comunicadores- arrojan sus errores a la papelera de reciclaje. Nuestros hijos ya no podrán beber de esa fuente. Parece baladí, pero se trata de una pérdida tremenda.

Suelo prestar mucha atención a los originales y primeras versiones de aquellos que admiro por su prosa simple. Porque han sido justamente ellos los que más han tachado, borroneado y sintetizado. Los que más han exprimido los márgenes de las hojas con anotaciones, los que más han dado cátedra de errores resueltos a tiempo. ¿Quién escribe a mano hoy en día? ¿Recuerda el lector cuando la maestra nos reconocía por nuestra letra manuscrita? Yo, por lo menos, ya no tengo letra. ¿Quién se acuerda ya del Liquid Paper, ese pincelito de olor intenso con el que blanqueábamos nuestra mala taquigrafía y con el que a veces, incluso, nos dopábamos sanamente? Hoy todo es Delete. Hoy todo lo que no sirve desaparece de la pantalla, y cada cosa que escribimos es la última y definitiva versión. No tenemos memoria ni de nuestros propios errores.

Quizás me equivoque, pero sospecho que -por culpa de la tecnología- dentro de cien años se escribirá un poco peor que hace cien años. Pero también, gracias a la tecnología, lo hará el doble de gente. Nadie sabe qué es mejor.

© LA NACION

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