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Quejarse es lindo, pero no sirve para nada

Lunes 03 de agosto de 2009 • 02:24
PARA LA NACION
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Quejarse es lindo, pero no sirve para nada. Es lindo sentir la descarga al putear, el drenaje de frustración que tiene lugar cuando uno desprecia a quienes siente peores, a los que puede señalar como el origen del mal. Es placentero desdeñar y sentirse claro y superior. Además, resulta gratificante quedar bien denunciando delincuentes que no parecen delincuentes, y tan lindo es que muchas veces no nos importa adentrarnos en el espacio de la falsedad, subrayando rumores inverificables que nos convencen por mero poder narrativo.

Desde que tengo uso de razón escucho decir que el país está cada vez peor, que todo está muy mal y que hay peligros cercanos que avanzan hacia nosotros y van a terminar con todo. Los personajes van variando, pero los preferidos agentes de tal terror supuesto son "las corporaciones", "la mano de obra desocupada", "los poderosos", etc. Cuando no se da la más elevada complacencia en lamentar el rumbo que ha tomado la civilización, Occidente, la ruindad del ser humano que aniquila a la naturaleza. Esto, que parece una prueba de inteligencia, no lo es.

En términos generales ninguna de estas cosas son del todo ciertas. Ni Occidente va para atrás (baste mencionar un solo rasgo de nuestro mundo moderno: la expectativa de vida casi se duplicó en el último siglo), ni el capitalismo está terminado ni es responsable de la decadencia (por lo contrario, lo es de los nuevos estándares de vida), ni el planeta al gastarse señala un apartamiento humano de los patrones naturales (al revés, los confirma, aunque nuestro deseo -legítimo, necesario, valioso- sea el de limitar tal desgaste), ni hay células de derecha agazapadas (era común pensarlo un tiempito atrás), ni las corporaciones manipulan impunemente la vida humana (ni siquiera está muy claro que tales mega entidades manipuladoras existan). En cada uno de estos escenarios tremendizados por la quejocrítica hay en realidad campos de acción donde debemos intervenir, con nuestras limitaciones pero también nuestras posibilidades, tratando de construir algo.

No, esta idea no debe servir para defender el gobierno de los Kirchner, es decir, para enceguecernos y aprobar lo que no es aprobable. De ninguna manera. Todo lo contrario. Que la queja no sea eficaz quiere solo decir que los caminos de cierta activa positividad básica son infinitamente más efectivos para los logros que necesitamos que nuestro hábito más común, esa mezcla de queja y crítica que amarga nuestros corazones. (Es una depresión enmascarada. No un factor de lucha sino una expresión de resignación y una satisfacción paradójica, satisfacción en afirmar que sólo la frustración es legítima).

Y ni siquiera es esta prédica positiva una posición ingenua ni tolerante. No se trata de desconocer los problemas, que hay y muchos: es el llamado a la eficacia, a eliminar la comodidad de la puteada para aceptar el desafío de hacer. Quien estimula las glándulas de la queja y la crítica haciéndolas parecer aportes intenta transformar en paso activo lo que es en realidad pasividad pura. Es también el refugio de los que no se juegan por nada, porque se sienten mejores que todos, al punto de una perfección aniquilante. Hay que recordar aquí que vale más un intento de participación política posible que una clarividencia descalificatoria de todo. Vale más una búsqueda nueva que no sea del todo exitosa que hablar desde la sombra acerca de la idiotez de todos.

A veces la mala conciencia que la queja y la crítica (y sus aliados, la falsa profundidad de una intelectualidad infantil, la ideología que traduce resentimientos en posiciones exaltadas) ocupan el lugar del poder, e impera una visión involutiva del mundo. Los gobiernos K han sido gobiernos de oposición: un rasgo neurótico para el campeonato. Soy el que tiene el poder pero vivo hablando en contra de los que tienen el poder. Es una pulsión de amargura e impotencia, involutiva, que no aporta nada. Como parece que está quedando en evidencia cada vez más. Sin embargo esta neurosis galopante de un ser atragantado expresa la visión del mundo de muchos argentinos

Y no, no estoy haciendo con este artículo lo mismo que descalifico en él: no es lo mismo hacer la crítica de la crítica que enfrentar una opción de vida empobrecedora. Porque no se trata de una operación de pensamiento formal, sino de una encrucijada de fuerzas vitales. Son caminos distintos. Una cosa es quejarse del mundo para dar lugar a un poder envenenado y obtuso, y otra señalar esta patología y salir a ver la realidad tal como es: llena de posibilidades, estimulante, única, maleable por la vía del trabajo y de la invención, una experiencia emocional de encuentro y de intimidades posibles. Una cosa es vivir quejándose como si hacerlo fuera una virtud, y otra vivir tratando de generar riqueza allí donde esta es posible. La crítica es una parte del pensamiento, necesaria pero menor. Nuestro vicio surge al considerarla como si fuera una especie de iluminación cuando no es más que un drenaje impotente de nuestras energías negativas.

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