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Editorial III

Licenciaturas en el Colegio Militar

Opinión

El Colegio Militar de la Nación ha incorporado, como parte de la formación que brinda, la licenciatura en administración y la carrera de contador público, cada una con una duración de cuatro años. Ellas se suman a la de enfermería profesional, que se desarrolla en tres.

Este replanteamiento educativo está relacionado con los cambios que ha venido experimentando el tradicional instituto, como el que llevó a la aceptación de mujeres en calidad de alumnas, novedad que se empezó a instrumentar el año pasado.

Con estas reformas se pretende dar res puesta a las transformaciones operadas en la sociedad en las últimas décadas y se procura poner al Colegio en sintonía con los desarrollos producidos en la formación militar de los países más desarrollados del mundo.

Nuestras fuerzas armadas se formaron, durante mucho tiempo, dentro de un sistema cultural cerrado, que contribuyó a situarlas en una posición de aislamiento respecto del conjunto social y que tendía a estimular en sus jóvenes alumnos la idea de que la vida de las armas era su única opción profesional. Esa orientación _que estaba unida a una manera unilateral y rígida de interpretar la realidad_ influyó de manera bastante nítida en la conducta ulterior de los cuadros, así como en su forma de encarar su relación con los otros sectores de la vida nacional.

La auspiciosa política de apertura que se está instrumentando debe ser vista como parte de un plan que, sin quitarle a la formación clásica ninguno de sus valores, trata de establecer canales más cómodos de circulación entre fracciones de la sociedad que alguna vez se consideraron antagónicas o enfrentadas. La idea de que un colegio militar proporcione formación profesional o técnica en áreas que son propias de la vida civil responde a una visión madura y moderna de las fuerzas armadas, que apunta a alentar su integración con los otros sectores del cuerpo social.

En la historia patria se pueden encontrar, sin demasiado esfuerzo, los gérmenes de esa concepción integradora de la cultura castrense y la cultura civil. La figura de Manuel Belgrano, el ciudadano que, sin ser militar, asumió la profesión de las armas con admirable arrojo y sin perder ninguno de los atributos que lo definían como un ciudadano de excepcional valía moral e intelectual, es el modelo simbólico que preside esta moderna concepción, superadora de anacrónicas y estériles antinomias. .

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