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Un esfuerzo vale por mil

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, con los coros Nacional de Niños, de la Asociación Wagneriana, Polifónico Nacional, Polifónico Delfino Quirici, de Rio Cuarto, y Polifónico de Córdoba. Directores de coros: Vilma Gorini, Alberto Balsanelli, Julio Fainguersch, Pedro José Matas Bover y Gustavo Maldino. Violín concertino: Luis Roggero. Organo y armonio: Armando Fernández Arroyo. Solistas vocales: Marías A. Bugallo, Mercedes Robledo, Lucía Ramos Mañé, Marcela Pichot, Eduardo Ayas, Luis Gaeta y Marcelo Lombardero. Programa: Sinfonía Nº 8, en Mi bemol Mayor, de Gustav Mahler. Director y concertador general: Pedro Ignacio Calderón. Organizado por la Asociación Wagneriana de Buenos Aires y la Secretaría de Cultura de la Nación, con la colaboración del Teatro Colón. Auspicio del Banco de

Sábado 31 de octubre de 1998

Fue un acontecimiento de enorme significación artística el poderse concretar la ejecución de la monumental sinfonía "De los mil", de Gustav Mahler, verdadera epopeya de la música sinfónica. El hecho de tener que reunir una masa coral de más de trescientas voces, con ocho solistas de enorme capacidad vocal y una orquesta virtuosa, no es cosa de todos los días en el mundo.

Pero el país no debía permanecer más tiempo con la frustración de no haber podido materializar una ejecución de la obra, programada en dos o tres oportunidades por el Colón, porque se había puesto en evidencia una incapacidad de organización o de mala distribución de los presupuestos asignados absolutamente ajena a la tradición de la sala municipal, que, dicho sea de paso, había llevado a cabo la obra en la temporada 1977, con la Filarmónica y dirección del mismo Pedro Ignacio Calderón.

Por esa razón, el solo hecho de haber concretado su exhumación, después de 21 años, debe considerarse como legítimo triunfo de la Asociación Wagneriana y de la Secretaría de Cultura de la Nación, en oportuno momento para celebrar los cincuenta años de existencia de la Nacional, porque con decisión y voluntad, en un esfuerzo mancomunado, vinieron a demostrar que nuestro país es un centro musical de envergadura y es dueño de un potencial humano idóneo para tamaña empresa, la que debería ser de inmediato repetida en ciudades del interior de la república y reprogramada para el año próximo.

Calidad y eficacia: la fórmula para darle nueva vida a Mahler
Calidad y eficacia: la fórmula para darle nueva vida a Mahler. Foto: Sebastián Szyd

La mácula estriba en que realizar una sola audición es no aprovechar debidamente el esfuerzo artístico invertido. Sería inteligente que el Estado dispusiera de los recursos adecuados para que ello no ocurriera.

La más original

Conviene recordar que la octava de Mahler es una composición sumamente valiosa, y de todas sus sinfonías presenta mayor originalidad por su forma, por el uso de la voz cantada y por la asociación de dos textos aparentemente contrapuestos, desarrollados en dos partes de grandes proporciones, por un lado, el Veni, Creator Spiritus, de la época del Sínodo de Aquisgrán, invocación al espíritu creador, y por el otro, la escena final del segundo "Fausto", de Goethe, con alternancia de solistas y coro, de honda significación celestial por el protagonismo de la Virgen María y la simbología de un camino ascendente que recorre el protagonista al encuentro de Dios. En ambos casos, con texto latino o con el lirismo alemán, Mahler ha entregado una cima de su creación.

Sinceridad y capacidad

El héroe de la jornada fue Pedro Ignacio Calderón, porque es sobre el director de orquesta en quien reposa el mayor peso de la responsabilidad para el logro de una unidad dinámica y expresiva, y, según su inveterada costumbre, vino el artista argentino a reiterar su acertado conocimiento del lenguaje y la estética del autor.

Con batuta firme logró equilibrio sonoro, aspecto sumamente complejo de concretar al haberse prescindido, por lógicas razones de espacio, de la campana acústica que disminuyó el brillo y volumen de la masa coral ubicada en una amplia superficie del profundo escenario.

Sin embargo, el resultado general fue suficiente para escuchar una acertada versión, caracterizada por la muy buena amalgama y calidad de los coros participantes, tres de la Capital y dos de Córdoba, emotiva conjunción espiritual de argentinos distantes, pero unidos en el arte. Fue indudable que el trabajo previo de los respectivos directores de coro había sido serio, meticuloso e idóneo.

Con entrega

Del mismo modo, Pedro Ignacio Calderón contó con ocho solistas vocales dispuestos a una entrega de llamativa eficacia. Por un lado, se apreciaron la solvencia en la zona aguda del registro y perfecta afinación de la soprano María Bugallo, elemento que debería aparecer con mayor frecuencia en la programación, y la autoridad musical y vocal del barítono Luis Gaeta.

Fueron loables los aportes de Mercedes Robledo, Lucila Ramos Mañé, Marcela Pichot, Eduardo Ayas y Marcelo Lombardero.

Por el lado de la orquesta hubo calidad en la mayoría de los solistas, con especial lucimiento del primer violín Luis Roggero, de exquisita musicalidad y fraseo, así como muy aceptable calidad de timbres y matices en los diferentes sectores. Los pasajes delicados y serenos y las cataratas de sonido gigantesco que propuso Mahler para los impresionantes clímax tuvieron una realización sin fisuras Por último, cabe hacer una reflexión sobre la imperiosa necesidad que tiene Buenos Aires de contar con una sala de conciertos adecuada. Frente a la multitud que colmó el teatro y ovacionó con entusiasmo, y ante una obra de esta naturaleza (el Colón resultó insuficiente), se hace sentir la falta de un amplio auditorio adecuado, como lo tienen desde hace tiempo las principales capitales del mundo. Dilatar la toma de una decisión al respecto es un pecado político imperdonable.

Juan Carlos Montero

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