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Columnista invitado

Los siervos de la gleba

Economía

Hacia el 1200, el rey Juan Sin Tierra de Inglaterra tenía problemas fiscales porque las arcas del monarca estaban vacías por las guerras. Decidió subir los impuestos sobre la tierra, lo que derivó en un levantamiento de los señores feudales, quienes lo derrotaron en las afueras de Londres. El 15 de junio de 1215 le hicieron firmar la Carta Marga en la que se incluye la famosa frase No taxation wihout representation (no se aplicarán impuestos sin el voto de los representantes). Una rebelión fiscal limitaba el poder del monarca.

Guillermo Tell existió realmente en la historia. Vivía en un cantón suizo al que los Habsburgos decidieron aplicarle impuestos y Guillermo Tell encabezó una rebelión fiscal.

En Estados Unidos, un caso similar dio origen a la guerra de la independencia. Pero lo que desconoce mucha gente es que luego de la guerra, el nuevo gobierno americano tenía que afrontar los costos de la misma y comenzó a incrementar los impuestos produciendo fuertes levantamientos populares, con derramamientos de sangre. La gente argumentaba que se habían liberado de la Corona Británica por querer cobrarles impuestos y ahora, el nuevo gobierno, hacía lo mismo. Cobrar más impuestos.

Podrían citarse casos de rebeliones fiscales en el antiguo Israel, Roma y Francia (véase For Good and Evil, The Impact of Taxes on The Course o Civilization y Those Dirty Rotten Taxes , ambos de Charles Adams). A lo largo de la historia, muchos gobiernos, para financiar altos gastos, aplicaron cargas impositivas que la gente no estaba dispuesta a soportar generando fuertes conflictos políticos, cuando no la caída de monarcas.

Si los Kirchner hubiesen leído la historia, habrían advertido que la crisis con el campo es otro caso más en el largo listado de rebeliones fiscales ante la expoliación del Estado. El mismo tarifazo e impuestazo al gas y la reacción que hizo retroceder al Gobierno. Otra rebelión popular ante la voracidad fiscal.

La diferencia entre aquellas rebeliones fiscales y las actuales consiste en que antes los gobiernos necesitaban más impuestos para financiar sus guerras de conquistas para tener más poder. Ahora, necesitan cobrar más para financiar un gasto público que ellos denominan gasto social, pero que no es otra cosa que un mecanismo diferente para tener poder.

Este gobierno llevó hasta niveles récord la presión impositiva. En 2008, alcanzó el 26% de PBI, número que es más alto si se considera que el PBI informado por el Indec no es confiable. Un solo ejemplo para dudar del nivel del PIB que elabora el Indec. El PBI, que no es otra cosa que el valor agregado generado en año por la economía, creció en el rubro Enseñanza, Servicios Sociales y Salud un 30,7% en valores constantes entre en 2008 y 2001. ¿Alguien puede sostener que hoy la salud pública, la enseñanza y los servicios sociales tienen un 30,7% de más valor agregado? Si tomamos el rubro Defensa y Administración Pública el PBI en valores constante, en igual período, subió un 19%. Un dato curioso, teniendo en cuenta que los aviones de la Fuerza Aérea y de la Marina suelen caerse en pleno vuelo y no tenemos ni un chinchorro para salir a navegar. Pero aún dando por válido el PBI del Indec, el Gobierno aumento en nueve puntos porcentuales la presión impositiva en comparación con 2001. En otras palabras, en 2008 el Estado recibió $ 224.244 millones más de los contribuyentes que en 2001 y aún así sostiene que no puede bajar las retenciones porque dice que el dinero no le alcanza y, encima, pretende cobrar otro impuesto al consumo de gas y le aplican un impuestazo a la tecnología. Como contrapartida de todo esto tenemos una deplorable calidad de gasto público.

El sistema impositivo es tan delirante, que cobra impuestos sobre impuestos. Por ejemplo, un profesional, responsable inscripto, emite una factura de $ 1000 + IVA, esto es, una factura de $ 1210. Si al cobrar la factura no le hicieron retenciones, deposita el cheque y paga el impuesto al cheque del 0,6% no sobre los $ 1000 sino sobre los $ 1210. Paga un impuesto sobre el impuesto. Y luego, cuando liquida el IVA, paga el 0,6% de impuesto al cheque sobre los $ 210. Ni hablar de los balances que no se ajustan por inflación y se paga impuesto a las ganancias sobre utilidades inexistentes o el caso de los profesionales independientes en que el impuesto a las ganancias es prácticamente un impuesto a los ingresos brutos del 35% porque se considera que el trabajo intelectual no tiene costo de producción. Para el Estado, el conocimiento y actualización de los profesionales es maná que cae del cielo y no es costo de producción.

El economista Antonio Margariti detectó 83 gravámenes diferentes que se pagan cuando uno cobra por su trabajo, cuando lo consume, cuando lo ahorra y cuando lo mantiene. En total, la estimación de Margariti es que esa carga impositiva equivale al 65,8% del ingreso. En otras palabras, de los 12 meses del año, una persona trabaja ocho para el Estado o, si se prefiere, alguien que paga sus impuestos empieza a trabajar para él desde septiembre. Y este resultado es optimista dado que no se incluye el impuesto inflacionario que cobra el Estado vía la emisión monetaria.

¿Cuál es la consecuencia de semejante expoliación impositiva? Un altísimo porcentaje de la población que trabaja en el mercado informal. El sistema tributario argentino expulsa a la gente del mercado formal. Cuando el mercado informal es muy grande, las empresas y personas tratan de esconder su situación ante el fisco y, por lo tanto, no hacen grandes inversiones para pasar desapercibidos. Esto implica tener una economía con muy baja productividad por la escasa inversión fruto, entre otras cosas, de la expoliación impositiva. Una de las razones de la pobreza tiene que ver con este sistema impositivo que expulsa a la gente del mercado formal y la condena a trabajar en la marginalidad.

Por el contrario, quienes están dentro del sistema formal, tienen que aportar tantos recursos al Estado que se parecen a los siervos de la gleba de la edad media que tenían que trabajar de por vida para el rey. Era un sistema intermedio entre la esclavitud y la libertad. El siervo de la gleba no era un esclavo, pero tenía limitada su libertad y el monarca decidía sobre su vida, libertad y fortuna.

En la Argentina la carga impositiva ha sido alta, pero los Kirchner la llevaron a niveles de asfixia del sector privado. Digamos que la Argentina se transformó en sistema feudal en el cual unos viven en la pobreza más absoluta y otros son siervos de la gleba que deben financiar los proyectos faraónicos del matrimonio.

El país se mueve entre las rebeliones fiscales y el sistema feudal de los siervos de la gleba. ¿Qué dice la historia? Que la gente se cansa de ser explotada y llega un punto en que establece un límite a la voracidad estatal.

  • El próximo domingo: el próximo domingo el columnista invitado será Miguel Angel Broda.
El autor de la nota es economista.
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