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Un guerrero de la paz

Lunes 02 de noviembre de 1998
LA NACION

HOY se cumplen tres años del asesinato del primer ministro israelí Itzhak Rabin. Cuando fue a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz, inició su discurso con estas conmovedoras palabras: "A una edad en que la mayoría de los jóvenes bregan por descubrir los secretos de las matemáticas y los misterios de la Biblia, a una edad en que florece el primer amor, a la tierna edad de dieciséis años, me entregaron un rifle para mi defensa. Ese no era mi sueño. Yo quería ser ingeniero hidráulico. Había estudiado en una escuela agrícola y pensaba que la ingeniería hidráulica era una profesión importante para el calcinado Medio Oriente. Sin embargo, me vi obligado a recurrir a las armas".

Rabin era el paradigma del judío nuevo que anhelaron durante siglos generaciones asfixiadas en guetos y aldeas paupérrimas, incapaces de responder al sanguinario progrom, la expulsión súbita o la ofensa perpetua.

El águila alza vuelo

Había nacido en Jerusalén. Moshé Dayan, de la misma edad casi, lo incorporó a las fuerzas de defensa clandestinas que enfrentaban a las bandas del Mufti y al poder colonial británico. Durante la Segunda Guerra Mundial luchó en Siria contra los nazis. Apenas terminó esa contienda, participó en otra más apasionada, la salvación de los sobrevivientes del Holocausto que huían de Europa y ansiaban ingresar en la Tierra Prometida. Rabin comandó el novelesco operativo nocturno que liberó a doscientos inmigrantes retenidos por los ingleses en el puerto de Atlit. Era gente que provenía de Auschwitz y otras sucursales del infierno.

Durante el famoso Sábado Negro, en respuesta a su osadía, fue arrestado junto con cientos de líderes judíos y enviado a la prisión de Rafah por seis meses. El panorama era atroz: su pueblo, que había sido masacrado por los nazis ante la indiferencia del mundo, era ahora oprimido por los ingleses y asesinado por un sector de la población árabe. No contaba con la ayuda segura de ninguna potencia: los Estados Unidos y la Unión Soviética fluctuaban hipócritamente. Las Naciones Unidas, si bien votaron la partición de Palestina y la creación de un Estado judío, no iban a detener la invasión de siete ejércitos árabes apoyados por Gran Bretaña para que la comunidad judía de Tierra Santa fuese empujada hacia las profundidades del mar.

Sólo cabía proseguir la lucha. Rabin fue designado subcomandante del Palmaj antes de la proclamación de la independencia. El Palmaj era una formación joven, valiente y democrática, resuelta a cumplir las acciones más peligrosas. Durante la guerra de la independencia participó de otro novelesco operativo: la apertura de un corredor secreto que rompió el sitio de Jerusalén. Luego liberó dos barrios de la histórica ciudad. A continuación, infatigable, avanzó hacia el sur, recuperó el desierto del Neguev y enarboló la bandera de Israel en el salomónico puerto de Eilat, sobre el Mar Rojo.

Itzhak Rabin fue incorporado a la delegación israelí que en 1949 negoció en la isla de Rodas el armisticio con los Estados árabes.

El flamante y pequeño país debió enfrentar entonces la inmigración masiva de los desechos humanos provenientes de los campos de exterminio. También debió recibir a medio millón de judíos expulsados de Egipto, Siria, Yemen, Marruecos, Túnez, Irak y Libia. Debió resolver la falta de viviendas y de comida. Debió mantener la vigilancia en las fronteras.

Perseguido por el destino de héroe

A Rabin le pidieron que siguiese la carrera militar. Restablecidas las relaciones con Gran Bretaña, fue a estudiar con sus ex enemigos y se graduó en el Staff College. A su regreso se ocupó de transmitir lo aprendido y entrenar gente. Las fuerzas de defensa de su país eran los propios habitantes. Lo ascendieron a comandante de la Zona Norte y en 1964 se convirtió en jefe del Estado Mayor.

Aún no había llegado a la cúspide. En junio de 1967 se reprodujo la situación límite de dos décadas atrás. El presidente Nasser de Egipto ordenó la evacuación de las tropas de las Naciones Unidas instaladas en el Sinaí, bloqueó el golfo de Akaba y pactó con Siria y la naciente OLP una guerra fulminante que borrase definitivamente a Israel del mapa. Las desesperadas negociaciones en las Naciones Unidas no apagaron su delirante voluntad. El decepcionado Aba Eban, ministro de Relaciones Exteriores, recorría capitales implorando sensatez y misericordia. La sentencia contra los judíos, sin embargo, era inapelable. Así lo percibieron Moshé Dayan, ministro de Defensa, e Itzhak Rabin, jefe del Estado Mayor.

Cuando estallaron las hostilidades se supuso que ocurriría un nuevo Holocausto. Pero sucedió al revés. Había comenzado la asombrosa Guerra de los Seis Días.

Rabin no quiso que se celebrase la victoria sobre los vencidos. El júbilo debía centrarse en la vida, en la esperanza de un Medio Oriente sin guerra, no en la humillación. En Rabin se abría paso su anhelo más profundo, la paz, la paz duradera, sincera, productiva. Se retiró del ejército y fue designado embajador en Washington.

A su regreso, comenzó a actuar en el Partido Laborista. Golda Meir lo designó ministro de Trabajo. Después de la sangrienta guerra de Iom Kipur fue consagrado primer ministro.

Pero aún lo perseguía el destino de héroe en la acción. Ante el operativo terrorista perpetrado en Entebbe con el beneplácito del dictador Idi Amín Dada, Rabin inspiró, ordenó y supervisó el famoso rescate, más cercano a una película que a la realidad. Fue un modelo de osadía y precisión, de inteligencia y de coraje.

En su discurso del Premio Nobel confesó: "de todas las memorias que he acumulado en mis setenta y dos años de vida, lo que más he de recordar, hasta mi último día, son los silencios: el ominoso silencio del momento antes". Tras una grave decisión, dijo Rabin, "recordaré el silencio de los altos funcionarios o ministros al levantarse lentamente de sus sillas, la imagen de sus espaldas retrocediendo, el sonido de la puerta al cerrarse y luego el silencio con el que me quedaba solo.

"Es el instante en que uno se da cuenta de las consecuencias de la decisión tomada: han de morir muchos. Gente de mi nación, gente de otras naciones. Y ellos todavía no lo saben. En ese segundo todavía están riendo y llorando, todavía hacen planes y sueñan con el amor; todavía sueñan plantar un jardín o construir una casa y no tienen idea de que ésas son sus últimas horas sobre la Tierra."

La culminación de una epopeya

En 1993 estrechó la mano del líder palestino Yasser Arafat.

Durante su último discurso, minutos antes de que la bala de un fanático terminase con su impresionante vida, dijo: "Yo fui militar por veintisiete años. Luché cuando la paz no tenía posibilidades. Ahora creo que la paz sí tiene posibilidades, muchas posibilidades. La violencia erosiona los cimientos de la democracia israelí. La violencia debe ser censurada y aislada. La paz abre las puertas a una economía y una sociedad mejores; la paz no es sólo una plegaria".

Hacia el término de su disertación, enfatizó: "Hay enemigos de la paz que están tratando de herirnos para torpedear el proceso. Quiero decir, sin ambages, que hemos encontrado un socio para la paz entre los palestinos. La OLP, que era nuestro enemigo, ya no es terrorista. Sin socios para la paz no puede haber paz. El camino de la paz siempre es preferible al de la guerra".

Un hombre joven, que no había luchado contra las bandas del Mufti, ni contra los nazis, ni contra los ingleses, que no había rescatado agónicos inmigrantes ilegales ni participado en la desigual guerra de la independencia, se acercó a sus espaldas con la pistola escondida entre su ropa. Ese individuo joven e irresponsable, que no había participado en la salvación del Estado de Israel cuando la Guerra de los Seis Días, ni cuando la guerra de Iom Kipur, que no sabía cómo se rescatan rehenes de Entebbe, rezó al Todopoderoso para cometer el más indigno de los crímenes.

Era un sujeto que no veía el horizonte ni comprendía que la santidad de la vida no debe ser sólo el objeto de una hueca declamación. Era un miserable de mente estrecha, un vulgar aprendiz de patriota, que desenfundó su arma traicionera y roció de esquirlas al héroe que había salido ileso de mil emboscadas, al estadista que conducía a su sufrido pueblo hacia la culminación de una epopeya ejemplar.

Itzhak Rabin tardó varios minutos en morir. Alcanzó a ver que la multitud aún no entendía. Alcanzó a comprender que su obra iba a continuar. © La Nación

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