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LA NACION
Sábado 22 de agosto de 2009
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Piazzolla. El mal entendido Por Diego Fischerman y Abel Gilbert Edhasa 408 Páginas $ 59
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No por ingenioso menos contundente, el título Piazzolla. El mal entendido contiene algo más que un ocurrente juego de palabras. Fueron los malentendidos los que propiciaron que el bandoneonista resultara, justamente, mal entendido . Pero los malentendidos se producen cuando no existen los sobreentendidos; es decir, cuando se pierde en cierto modo el contexto, esa red de supuestos que sostiene e induce el sentido.

Para entender a Piazzolla resulta imprescindible recuperar el fondo, el paisaje contra el que debería recortarse su figura: cuando cambia el fondo, cambia la figura. Con informaciones poco conocidas, ironía y estilo, los especialistas Diego Fischerman y Abel Gilbert despliegan una contextualización obsesiva, pintan ese fondo sobre el que dibujan la silueta del músico. Y esto desde el principio, desde el nombre propio, "Astor" -que su padre, "Nonino", inventó en homenaje a un amigo italiano, un tal Astorre- repetido hasta la naturalización, cuando en realidad era ya una anomalía. O desde la infancia en la Nueva York de George Gershwin, cuyas consecuencias musicales es imposible minimizar. Ese fondo que confiere contexto está hecho, entre otras cosas, de música: es, en efecto, una música de fondo.

Piazzolla
Piazzolla. Foto: Reuters

De ahí en adelante, el libro pone, como suele decirse, varias cosas en su lugar; por ejemplo, los estudios con la famosa pedagoga y pianista Nadia Boulanger -iluminados con una luz libre de exageraciones- y sus sucesivas y veleidosas formaciones (el octeto de los años cincuenta, los varios quintetos de los sesenta, el Conjunto 9 o el último y formidable sexteto). A medida que el libro avanza, se impone una imagen del músico agitado por el desasosiego, impelido por la novedad y el prestigio, dos extremos que concebía acaso de manera muy superficial y que nunca consiguió articular con éxito.

Pero Piazzolla no es tomado, clínicamente, como un "caso"; por el contrario, hay apasionamiento en el texto, lo que en modo alguno quiere decir que asome una voluntad hagiográfica: cuando los hechos hacen que Piazzolla quede al desnudo, Fischerman y Gilbert no corren, pudorosos, a cubrirlo. Es lo que ocurre con sus escarceos con la política. Al relato pormenorizado de su relación con el primer peronismo (en homenaje al régimen escribió Epopeya argentina. Movimiento sinfónico para narrador, coro y orquesta ) le sigue, cerca del fin, cierta imparcialidad consecuente que le permitió reciclar en la película El exilio de Gardel , de Fernando Solanas, un tema, "Los lagartos", que había compuesto pensando en Alfredo Astiz y su actuación en la Guerra de Malvinas. Y es lo que ocurre asimismo cuando se explica su relación con el saxofonista Gerry Mulligan; relación que derivó en un disco grabado en Italia y que por un mero gesto (el gesto de llevar prolijas partituras al estudio) sirvió para mostrar que el bandoneonista no había terminado de entender la estética del jazz.

La progresión cronológica no debería ocultar que Piazzolla... no es sólo la biografía de un hombre; es, antes que nada, la biografía de una época de la música en Buenos Aires, de la circulación de discursos (no exclusivamente sonoros) entre 1950 y 1970, de la pugna entre la música de Piazzolla y otras músicas, de la inevitable división del campo artístico local, que el músico en parte provocó y de la que también fue víctima. Los autores sientan aquí un precedente: con Piazzolla... tendrán que medirse otros libros futuros sobre música popular.

Fischerman y Gilbert abren un horizonte, una pregunta, que la muerte del propio músico parecía haber cerrado: la posibilidad y la validez de pensar la música de Piazzolla después de Piazzolla.

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