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La deuda interna

Cuatro de cada diez argentinos viven en casas precarias. En Buenos Aires y el conurbano hay 819 villas miseria con, por lo menos, 1.200.000 habitantes. Crónicas de adultos, chicos y mayores al borde del abismo, marcados por la injusticia social y el estigma

Domingo 23 de agosto de 2009

Negro, ¿cómo es que se hacía la jota?

-Es la del gancho, Negrita. ¿Te acordás?

-Claro, el gancho... después viene la O... la O es más fácil...

Un hombre de trabajo. "Siempre me gané la vida honestamente. Yo no pedí vivir en una villa", dice Roque Morteira (58), del barrio Carlos Gardel
Un hombre de trabajo. "Siempre me gané la vida honestamente. Yo no pedí vivir en una villa", dice Roque Morteira (58), del barrio Carlos Gardel. Foto: Martín Lucesole

Dicen por ahí, en los pliegues más profundos de Mataderos, que Mónica Carranza, la Negrita fundadora de Los Carasucias, es una santa. La santa de los pobres. De chicos pobres, de madres pobres, de hombres pobres que piden en voz baja un plato de comida, y de viejos pobres que ya ni hablan; sólo van, la miran con los pocos brillos que todavía iluminan sus ojos y esperan. Esperan su turno. Su mantel limpio. Su comida caliente y la mueca piadosa de la Negrita. Los viejos pobres están curtidos en eso de acumular años de paciencia. La paciencia es el grito apagado de la miseria.

Pero Mónica Carranza no es la única. Hay muchos más, como ella, en otros lugares. Hay casi 2000 centros comunitarios (comedores y hogares manejados por voluntarios formados por la Red Solidaria) en esta Argentina que no se entiende ni se explica.

Esos chicos, esas madres, esos hombres, esos viejos, no son los únicos que todos los días golpean a la puerta de la casa de la Negrita y a las de los hogares de la fundación Los Carasucias. Hay millones como ellos que golpean otras puertas por un plato de comida, un colchón, un remedio, unas zapatillas, un techo para pasar la noche, una palabra de aliento.

Según mediciones privadas, de universidades y de redes sociales, hay alrededor de 14 millones de pobres (3.754.000 para el Indec) y, de ellos, cerca de 4,5 millones son indigentes (1.088.000 para el mismo organismo).

Mónica Carranza es analfabeta. Sólo ella, y el Negro, el Beto, su marido, saben lo que les está costando escribir la dedicatoria de un libro, su libro, que terminará en las manos de este cronista. Premiada varias veces y distinguida como Mujer del Año en 1998, la Negrita es hija de la miseria. Pero gracias a ella, a la maravillosa magia del amor, más de 10.000 personas -unas 2500 familias- hoy tienen su plato de comida, atención psicológica, educación, y más de 1500 niños desnutridos, enfermos de sida y de tuberculosis cuentan con seguimiento médico, refuerzos alimentarios y las caricias de la Negrita y su gente.

La Coordinadora de Villas de la ciudad de Buenos Aires calcula que entre 2004 y 2008 la población en las villas porteñas creció un 30%, y sus habitantes pasaron de 110.000 a más de 150.000. Para entender la magnitud: en la ciudad hay 200.000 personas en casas tomadas, 70.000 viven en inquilinatos y otras 70.000 en hospedajes. A éstas, hay que agregar unas 120.000 personas alojadas en piezas rentadas: en suma, el 20% de los habitantes de la ciudad está en situación habitacional deficitaria.

En su informe sobre la crisis social de marzo de 2009 la Universidad Católica Argentina aseguró que el nivel de pobreza en el país duplica (y más) al informado por el Indec: sería del 34%, y no del 15%, como sostiene el Gobierno.

"Los primeros datos sobre villas miserias en la ciudad de Buenos Aires -escribió el periodista y escritor Eduardo Blaustein- no refieren a pobladores de tez oscura del interior, sino a hombres y mujeres europeos, inmigrantes. En 1931, el Estado dio refugio a un contingente de polacos en unos galpones vacíos ubicados en Puerto Nuevo. Dos años atrás había estallado la crisis mundial y no es de extrañar que al primer nucleamiento se lo llamara Villa Desocupación -todo un dato social e histórico- ni que al año siguiente se conformara otro con un nombre que sería el reverso semántico exacto: Villa Esperanza."

Entonces, los conventillos ya eran postales de la geografía porteña y parecían anticipar los conflictos futuros entre sus habitantes y los de las clases más altas, preocupados más por ocultarlos que por entenderlos.

El camino hacia la desigualdad

"¿Oculta de qué? ¿Quién se oculta?", se preguntaba y a la vez le preguntaba Juan Cymes, legendario dirigente del barrio General Belgrano, o Villa 15, de Mataderos -conocida peyorativamente como Ciudad Oculta- a Eduardo Blaustein durante una investigación sobre las villas en la época prepiquetera.

Cymes murió en noviembre de 2003, a los 67 años, producto de una salvaje golpiza que recibió en la sede de la Coordinadora de Villas, Núcleos y Barrios Marginados de la Ciudad de Buenos Aires, donde era secretario.

En ese trabajo, Blaustein reproduce el párrafo inicial de la conocida novela de Bernardo Verbitsky, Villa miseria también es América: "El recuerdo terrible de Villa Basura, deliberadamente incendiada para expulsar con el fuego a su indefenso vecindario, era un temor siempre agazapado en el corazón de los pobladores de Villa Miseria. La noticia de aquella gran operación ganada por la crueldad, no publicada por diario alguno, corrió como un buscapiés maligno".

La novela fue el resultado de una serie de notas sobre el asentamiento Villa Maldonado, que Verbitsky había publicado en Noticias Gráficas, en donde trabajaba, en 1953. A partir de ese trabajo se le atribuyó a él la autoría de la denominación "villa miseria".

La fuerte migración interna durante los gobiernos peronistas de la época permitió la expansión de las villas en la ciudad y la formación de barrios obreros en paralelo a los asentamientos, circunstancia que terminó por enhebrar una relación armoniosa entre unos y otros. Fue el caso del barrio Los Perales y la cada vez más creciente villa General Belgrano (Ciudad Oculta), separados por Avenida del Trabajo, hoy Eva Perón, que divide los barrios de Mataderos y Villa Lugano.

Donde ahora se levanta Los Perales había un asentamiento llamado Ciudad Perdida. Ese predio estaba rodeado de otras villas a un lado y otro de Avenida del Trabajo: Ciudad Perdida, en Mataderos; Villa General Belgrano y Villa Pirelli, en Lugano. "El origen de la población de Los Perales fue heterogéneo -cuenta Mariano García, integrante del Programa de Participación Juvenil del Ministerio de Justicia de la Nación-, y las tensiones más fuertes no se dieron entre los habitantes de los nuevos barrios obreros y sus vecinos de las villas, sino entre aquéllos y la población de clase media porteña. Fue acerca de Los Perales que surgió la leyenda urbana según la cual los nuevos propietarios hacían asado con el parquet de los pisos de las casas."

La fraternal convivencia entre los vecinos de Los Perales y las villas vecinas produjo un hecho no menor, como el de compartir la escuela pública construida, Escuela Justicialista, hasta que el golpe de Estado de 1955 terminó con todo vestigio de peronismo.

Horacio Benevéntano, nacido en 1937 en Ciudad Oculta, recuerda: "El almirante Rojas decía que el barrio era un nido de ratas peronistas". Como era de suponer, la Escuela Justicialista fue rebautizada con el nombre de Roma (extrañamente, aún lo mantiene), y en los años posteriores las familias de Los Perales prefirieron enviar sus hijos a colegios privados de la zona, quedando la escuela Roma para los chicos de Ciudad Oculta. De aquella vieja fraternidad entre los vecinos ya casi no quedan vestigios. La convivencia comenzó a desin­tegrarse entre mediados de los 90 y los primeros tiempos de la década actual, cuando el paco irrumpió en la vida de miles de villeros. En la Oculta, y en todas las villas del país.

En 2007, según un informe de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, se contabilizaron 150.000 personas viviendo en villas. Hoy, según un relevamiento de la Universidad Nacional de General Sarmiento, alrededor de 200.000 personas (el 7% de la población de la ciudad de Buenos Aires) habitan las 23 villas miseria de la Capital Federal, casi todas al Sur de la ciudad. Un estudio del Centro de Estudios para el Desarrollo Económico Metropolitano, de septiembre de 2008, establece que el 8,4% de los porteños vive por debajo de la línea de pobreza, y el 3,6% es indigente.

El censo de 2001 indica que en la Argentina hay 10.070.000 hogares. Según datos del gobierno nacional en 2004, el déficit habitacional era de 4.000.000 de unidades. Hoy, 4 de cada 10 argentinos vive en casas precarias. La ocupación ilegal de inmuebles, el refugio bajo de las autopistas o en vagones de ferrocarril, el alquiler de cuartos de hotel, las villas y asentamientos son estrategias usadas para paliar el déficit.

Entre 1986 y 2006, la población de villas y asentamientos en el Area Metropolitana Buenos Aires, AMBA, creció un 220%. La Universidad Nacional de General Sarmiento produjo, el año pasado, el estudio más completo sobre asentamientos y villas miseria de la ciudad de Buenos Aires y los 24 partidos del primero y el segundo cordón del conurbano. Los investigadores, coordinados por María Cristina Cravino, doctora en Antropología de la UBA e investigadora docente de esta universidad, indican que hasta 2008 había en el AMBA 819 villas y 1.200.000 habitantes. "Ese es el piso confirmado -explica Cravino-, pero según estimaciones, serían dos millones."

La antropóloga recuerda que el nombre Ciudad Oculta proviene del mundial de fútbol de 1978, cuando la dictadura hizo levantar un paredón para ocultarla de ojos visitantes.

"El barrio nació en 1937, poblado por obreros del Mercado de Hacienda, los ferrocarriles y el Frigorífico de la Torre. El 60% era argentino y el resto, paraguayo y boliviano."

En los últimos veinte años, la Oculta no dejó de crecer, y aunque ha mejorado su infraestructura, sus habitantes viven una situación de hacinamiento, inseguridad y pobreza extremos. El desempleo y el subempleo son alarmantes; el 25% de las adolescentes están embarazadas, y el centro de salud registra un caso de tuberculosis por semana.

Recostado sobre la puerta de su casa, como mirando la nada, está Manuel Videla, un jujeño de 53 años, chapista. No es de los más viejos del barrio, pero "hace 36 años que no puedo salir -se lamenta-. Hay otros peores que yo... hay gente con cincuenta años en la Oculta..." A él, y a los otros como él, le habían hablado de un buen lugar para vivir, algo así como la tierra prometida. Era el verano de 1973.

Ciudad Oculta está organizada en comisiones vecinales, cada una dirigida por un presidente elegido por los vecinos por voto directo. El presidente se encarga de repartir los materiales de construcción, de organizar la recolección de basura y de la iluminación, entre otras cosas.

"Nos llevamos bien -dice Manuel-. La gente de acá es muy solidaria. ¡Lástima el paco! Esa porquería está matando a los pibes..."

La Subsecretaría de Asistencia de las Adicciones de la Provincia de Buenos Aires señala que el consumo de drogas (incluido el alcohol) está asociado al 68% de las muertes de jóvenes de entre 15 y 24 años. Y la Oficina de Investigaciones y Estadísticas Político Criminales, del Ministerio Público Fiscal, indica que en 2007 se iniciaron 12.891 causas por drogas, pero apenas hubo condena para 1116 personas. Sólo el 8% de los procesados terminó en la cárcel.

Mónica Carranza dice que la droga fue la que más perjudicó al 90% de los pobres, "porque también hay pobres que han hecho mucha plata con la droga, sobre todo con el paco. Hoy, en cada rancho hay historias de droga. Está el pibe, el hermano mayor, el padre. Siempre vas a escuchar la misma frase: están todos dados vuelta, todos fisurados".

El paco, ¿la droga de los pobres?

Fisurita. Así llaman los chicos de la escuela Roma, del barrio Los Perales, a los compañeros que consumen paco. "Son chicos de entre 6 y 12 años, y seguro que saben más del paco que yo. Saben todo. Saben quién consume, quién vende, en dónde se vende", reconoce, con una mezcla de resignación y bronca, Guillermo Miguel Lazarte, el Colo, uno de los profesores de educación física.

Sólo en la Capital Federal, la pobreza infantil en menores de 14 años alcanza el 20,1%; esto supone que, sobre 900.000 niños, 181.000 son pobres. Triste destino -escribió César Vallejo- el no haber sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. Orfandad de orfandades.

A la pobreza extrema que asfixia a los chicos de la Oculta se agrega, en muchos casos, la falta de compromiso de los padres en la educación de sus hijos. "Los padres, en general, no están detrás de los chicos. Algunos vienen cuando los citás, pero son pocos, porque se pasan el día cartoneando. Otros, directamente, ni se interesan. Muchos chicos se van solos a su casa. Por eso tenemos numerosos casos de chicos criados por los abuelos o los tíos."

"La gente condena a los chicos porque los cree responsables de todos nuestros pesares -dice, al borde las lágrimas, Mónica Carranza-, pero primero habría que condenar a los adultos que permitieron que un chico pase hambre, sea analfabeto y drogadicto. Somos culpables de dejarlos crecer en las calles, de que los violen, de que los maltraten."

La Federación de ONG de la Argentina para la Prevención y el Tratamiento del Abuso de Drogas alertó, hace poco, sobre un crecimiento en el consumo del paco -o la droga popular, como también se la conoce- de un 500% en los últimos tres años. En la Argentina, el fenómeno del paco (residuo del clorhidrato de cocaína) se disparó a principios de la década actual, y hoy parece incontrolable.

Los curas José María Di Paola, de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en la Villa 21-24 de Barracas, y Gustavo Carrara, Joaquín Giangreco y Adolfo Benassi, de la parroquia Santa María Madre del Pueblo, en la Villa 1-11-14, del Bajo Flores, integran, junto a otros 12 párrocos, el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia de la ciudad de Buenos Aires. En marzo último, pocos días después de que dieran a conocer su documento La droga en las villas: despenalizada de hecho, el padre "Pepe" Di Paola fue amenazado de muerte, "como tantas otras veces; como a tantos sacerdotes que trabajamos en las villas". Di Paola agrega: "La destrucción pasó como un ciclón por las familias. Toda la familia queda golpeada porque su hijo está todo el día en la calle consumiendo. Asombra ver cómo ese niño que fue al catecismo o jugaba al fútbol está perdido. O ver que esa niña que iba a la escuela hoy se prostituye para fumar paco".

Mientras el padre Joaquín se indigna con los anuncios de urbanización de la villa que promueve el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ("acá, los únicos que urbanizan son los propios vecinos") el padre Carrara cuenta que, sólo en la 1-11-14, por año, de cada 500 nacimientos, hay 100 muertes por causas evitables; y una sola escuela para una población de más de 40.000 personas. "Unido al consumo de droga -dicen los curas- está el aburrimiento, el no tener qué hacer. Y donde no hay pasión, aparece la adicción."

Los curas dicen que el paco no es la droga "de" los pobres, sino "dirigida a" los pobres. Por eso es tan barata como masiva y tan adictiva como destructiva. El paco, entonces, no resulta tan barato como parece. Un gramo de cocaína oscila entre los 30 y los 50 pesos; una base de paco contiene entre 0,01 y 0,03 gramos de cocaína, y cuesta entre 5 y 8 pesos. Por lo tanto, 1 gramo de paco termina costando más que 1 gramo de cocaína. Se estima que el consumo promedio de paco por un niño es de entre 35 y 70 unidades por día. "En consecuencia, esta droga, mal llamada barata, para los pobres termina siendo muy cara. Y ahí es donde la ansiedad los empuja a conseguir más". Algunos indican que consumir paco durante 6 meses equivale a consumir cocaína por 10 años.

Con sus 65 hectáreas y más de 40.000 habitantes, la 21-24 -donde más del 50 por ciento de los niños padece parasitosis- es una de las villas más grandes de la Capital. Sólo el 12% nació allí; el resto proviene del interior o del exterior. La tasa de desocupación en la 21-24 alcanza el 31,8 por ciento.

"Estos eran terrenos ferroviarios -dice el padre Pepe, que vive en la villa desde 1997- donde se habían levantado tres villas: la 24, lindera al Riachuelo; la 21, en Iriarte y Godoy Cruz, y pegadita, la villa Zavaleta, que se remonta a la época de Onganía. Las tres conforman la 21-24. Y ya no se puede urbanizar nada. Es muy común que cada familia tenga un muerto por accidente, violencia o consumo de droga."

Las Madres Contra el Paco llevan adelante una batalla silenciosa. La agrupación, surgida en Ciudad Oculta, fue impulsada por María Rosa González, pero a poco de andar se extendió a otros distritos del Gran Buenos Aires. Conformada por más de 300 madres, Isabel Vázquez y Alicia Romero encabezan el movimiento.

No muy lejos de Los Perales y de la Oculta, cruzando el Riachuelo, Isabel y Alicia sostienen el comedor comunitario Manos Solidarias, en el barrio Lamadrid, Cuartel 9º, de Ingeniero Budge, en Lomas de Zamora, mediante donaciones y un subsidio que reciben del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Allí les dan desayuno, almuerzo y merienda a unas 600 personas, casi todos niños.

Isabel cuenta que no hace mucho encontraron a un niño adicto ahorcado en el baño de su casa. "Cuando un chico pide y se endeuda, o cuando roba para el paco, su vida se convierte en un desierto. Y ahí es cuando se suicida."

La escuela de Los Perales provee a los chicos útiles, guardapolvos y viandas reforzadas (un sándwich y una fruta). El 80% de los 440 alumnos proviene de la Oculta, y el 70% de ellos es boliviano, o hijo de bolivianos o paraguayos.

Gabriela Manó, otra de las profesoras, cuenta que "los chicos quieren jugar y divertirse. No escuchan". La violencia es una marca registrada aun en los primeros años de su vida. Viven su mundo y entregan lo que reciben de ese mundo. Falta de concentración, falta de vocabulario, desatención y desprotección. Se fortalecen como pueden, y desde muy chicos aprenden las reglas básicas para sobrevivir en un ambiente hostil, donde además tienen que enfrentar la discriminación.

Curiosamente, no dependen de un líder dominante. Se hacen fuertes armando grupitos. "Se manejan más en grupos afines -explica el profe Guillermo-, y si hay un líder lo demuestran solapadamente. Van y le dicen algo al oído al de al lado, o hacen una seña. Tratan de dominar el grupo. Los más grandes le dicen al oído andá y fajalo al otro. Y tienen sus códigos. Encubrirse, no buchonear y no mencionar a la policía son reglas de oro. Y son chicos de entre 6 y 12 años."

Los profesores confirman que un buen número de chicos cartonea en la calle; que en general son de contextura delgada y no tienen el peso adecuado. "No están desnutridos, pero la vida la tienen marcada en el cuerpo."

"Necesitan ser escuchados"

Flacos y petisos. Así describen los agentes sanitarios del Centro Periférico de La Cava, en Beccar, partido de San Isidro, a los habitantes de esta villa. "El habitante medio de La Cava no pasa del metro setenta."

En La Cava, donde viven unas 13.000 personas, el 70% de los jóvenes está en contacto permanente con la droga; el 50% de los adolescentes trabaja informalmente y sin cobertura; más del 40% de las embarazadas serán madres niñas y apenas un tercio de las niñas de 13 a 14 años alcanza peso acorde a edad y talla.

El grueso de los habitantes que ocupan las 22 hectáreas de la villa -levantada sobre terrenos de la antigua Fábrica Nacional de Ladrillos- es gente de trabajo; muchos, viejos pobladores que se instalaron cuando empezó la construcción de la Panamericana, en 1956.

Amalia Quiñones, una paraguaya de 70 años con siete hijos, fue de las primeras en llegar a La Cava. "La villa -describe- se divide por sectores, y cada uno tiene su nombre y su característica: Cava Chica, 20 de Junio, Quinta del Niño, El Pozo, La Isla y Cava Grande, el corazón de la villa, el sector más peligroso."

"El 20 y Quinta del Niño -dice María Fernanda Miño, mientras amamanta a Florencia, su segunda hija- se diferencian por sus casas de ladrillo y ventanas con vidrios. Es como la clase alta. El centro de la villa es lo más marginal. No es lo mismo caminar por Quinta o el 20 que por El Pozo. No es igual vivir en Cava Chica que en Cava Grande. Tampoco, ser argentino que chileno, ni paraguayo que peruano. Los grupos funcionan como carteles: los chilenos son punguistas; los paraguayos, cuchilleros; los bolivianos, los que les quitan trabajo a los argentinos; los argentinos, vagos, y los peruanos, usurpadores".

El padre Jorge García Cuerva fue uno de los dos párrocos de La Cava durante 6 años; ahora vive en una villa de Pacheco. "Hay chicos que, cuando les preguntás cómo se ven dentro un año, te responden: muertos", afirma.

"El tiempo que ya llevo en esta vida"

"Mi sueño -balbucea Walter, sentado sobre un tronco medio podrido en uno de los pasillos de la Carlos Gardel, en Haedo- era no ser changarín toda la vida. Yo quería trabajar en los puestos, tener mi puesto... hasta que un camión me partió en tres esta puta pierna."

Walter, ahora de 20 años, arrastra sus muletas por las calles de Morón en busca de alguna moneda que le entregan los automovilistas cuando los frena el semáforo. Buscó su oportunidad, que nunca llegó. "¿Quién le va a dar trabajo a un rengo y, encima, sin estudio?" La respuesta es un larguísimo silencio.

Igual que como desde hace cuarenta años lo viene haciendo Roque Morteira, de 58, un descendiente de brasileños que ancló en la Carlos Gardel a mediados de los 70. Morteira es albañil, cartonero, pintor, botellero, jardinero, vendedor ambulante y mil cosas más que lo ayudan a redondear quinientos pesos, que se suman a los 200 de pensión que recibe Lucía, su madre, de 80 años. "Tal vez sea uno de los más viejos en el barrio, y creo haber visto de todo. Pero lo que más me duele es ver que la miseria no se frena. Recién ahora estoy esperando que la municipalidad me entregue una de las casas que construyen. No pedí vivir en una villa. Tampoco culpo a nadie. Siempre me gané la vida honestamente, como pude."

Durante la crisis de 2001, la necesidad llevó a Gabina Argañaraz, una cartonera de Villa Independencia, en José León Suárez, a empujar su carro por las calles para sumergirse cada noche en su universo de papel y resolver, con mínimas armas, sus urgencias cotidiana: sus seis hijos. "Yo tiro para adelante, pero uno no debe vivir de esta manera. Los pobres tenemos prohibido soñar." Pasaron ocho años, y Gabina sigue tirando para adelante el carro.

En la otra punta del mapa, en Avellaneda, bajo una bruma pesada se dibuja la Isla Maciel: veinte manzanas aprisionadas por el Riachuelo, las vías del ferrocarril y la avenida Pinzón. Es el asentamiento urbano más antiguo de ese distrito y allí viven unas 10.000 personas, distribuidas entre ranchos de chapa, casitas precarias y conventillos. Tierra de cuchilleros, la Maciel conserva, como un álbum viejo, los esqueletos oxidados de los galpones y astilleros, fuente de trabajo en los 50.

La mayoría de la población adulta está desocupada y no todos los chicos terminan sus estudios. "La exclusión social -cuentan los maestros de la Escuela N° 6- está en el estereotipo de sus identidades y en la dificultad para superar el estigma de la propia desvalorización social, en la convicción de que sus capacidades y derechos son limitados."

Pobreza. Para algunos, un destino escrito ("siempre habrá pobres entre ustedes", dijo alguna vez Carlos Menem); para otros, consecuencia de las malas políticas que generan soledades y hambres eternas; para muchos, dominio de punteros políticos. En épocas electorales, las urnas del conurbano bonaerense reciben un tercio de los votos del país. Oportunistas e influyentes, los punteros supieron reacomodarse frente a este nuevo mapa social hasta convertirse en verdugos de quienes se les acercan, empujados por la necesidad.

"Anoche hubo un tiroteo. Acá nos conocemos todos, pero desde hace un tiempo empezamos a ver caras extrañas", dice como al pasar Nora García, de 37 años y con 25 en la Santos Vega, de San Justo, una de las 73 villas que entristecen el partido de La Matanza.

Nora habla de balazos y sangre con una naturalidad que espanta. Como a la mayoría, le preocupa más la falta de trabajo que la inseguridad. "Por eso, yo tengo que trabajar como puntera política para después poder conseguir algunas changas."

La Santos Vega surgió durante la dictadura de Juan C. Onganía, creció proporcionalmente al aumento de la pobreza y terminó municipalizada mediante el Plan Arraigo, "pero si viera el título de propiedad que me dieron -cuenta Tomasa Espínola, una paraguaya de 58 años-. Da risa. Pagué durante años, pero fui estafada. No tengo título, no tengo nada."

La villa, de 42 manzanas, alberga a 900 familias con aproximadamente 6000 habitantes. La Santos Vega tendría que incluir 14 familias por manzana, pero se ha duplicado esa cantidad. Hay viviendas con hasta 14 personas.

¿Rumbo a una megaciudad?

Según la investigación realizada por la Universidad Nacional de General Sarmiento, los asentamientos, curiosamente, crecieron más en 2003 y 2004 que durante la gran crisis de fines de la década pasada y el 2001.

"Siempre hubo asentamientos, pero se agudizó en aquellos años -dice la antropóloga Cravino-. En la Capital no hay tantos porque ya no queda lugar; lo que hay es un crecimiento en altura de las villas. A pesar de la reactivación económica poscrisis, siguen creciendo las tomas de tierras, porque junto con la reactivación subió el precio de la propiedad. Hoy, un lote de 10 x 20 en José C. Paz, o en Malvinas Argentinas, cuesta como mínimo 15.000 pesos al contado. Y después, construir la casita. ¿Quién puede hacer eso hoy? Muy pocos."

En la Capital, los nombres responden al barrio al que pertenecen, como la de Barracas, Retiro o Flores Sur, o al lugar donde están ubicados: INTA, Cildáñez -por el arroyo-; además de alguno más metafórico, como Ciudad Oculta. En el Gran Buenos Aires se diferencian por sus nombres populares, como Villa Tranquila, Villa Palito, Villa La Rana o Villa Piolín, mientras los asentamientos, o tomas de tierra, guardan un alto valor simbólico: 17 de Octubre, Latinoamérica, 2 de Abril o 17 de Noviembre. Este último, al costado del Camino Negro, en el partido de Lomas de Zamora, comenzó a levantarse el 17 de noviembre de 2008, después de que sus ocupantes repelieron el intento de desalojo acompañado por una fuerte represión policial. El asentamiento ocupa 114 hectáreas y está habitado por 15.000 personas.

Los asentamientos no crecen de la misma forma que las villas. El incremento a lo largo de los últimos años es constante en la mayoría de las villas, aunque se da con más fuerza en las más grandes. En la 1-11-14, hace nueve años vivían 19.886 personas; hoy se calcula que son más de 40.000. Y la 21-24, de Barracas, pasó de 13.500 habitantes en 2001 a los 45.000 de hoy.

En 2001, el Aglomerado Gran Buenos Aires registraba 11.460.575 habitantes (2.776.138 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, más 8.684.437 en los 24 partidos del GBA). Se estima que en la actualidad su población alcanza los 12.460.829 habitantes (3.042.581 en la Ciudad Autónoma y 9.418.248 en los 24 partidos). De esta manera, el Aglomerado Gran Buenos Aires es la mayor concentración urbana de la Argentina, la segunda de América del Sur (detrás de San Pablo), y la tercera de América latina (detrás de Ciudad de México y San Pablo).

Dentro de 30 años, las actuales La Plata, Gran Buenos Aires y Rosario serán un único y compacto conglomerado urbano. Una megaciudad que se levantará sobre el 1% de la superficie del país, y donde vivirá la mitad de la población. Para peor, las proyecciones indican que no se tratará de una moderna ciudad. Todo lo contrario: de no cambiar el escenario socioeconómico, en la megaciudad abundarán barrios precarios, villas y asentamientos.

La afirmación es de la ONG Avina, y proviene de la investigación realizada en el marco del proyecto Megaciudad: un futuro sin presente. "Hace unos 15 años nadie suponía que Pilar iba a formar parte del conurbano, hasta que las construcciones comenzaron", explica Ignacio Zervino, líder-socio de Avina, licenciado en Economía (UBA) y máster en Políticas Públicas, uno de los autores del estudio.

"El aumento de asentamientos precarios ubicados en forma desordenada y sin acceso a los servicios básicos nos habla claramente de la falta de políticas a largo plazo que padece nuestro país", dice Zervino.

El crecimiento poblacional del AMBA se da básicamente de manera informal. Desde 2001 hasta 2006, por cada 100 nuevos habitantes en los 24 partidos del primero y el segundo cordón del conurbano, 60 se ubicaron en asentamientos y 40 en las ciudades.

"Tanto en el escenario latinoamericano como en el local -resume María Cristina Cravino-, encontramos diversas denominaciones: asentamientos informales, irregulares, ilegales, humanos; nuevos asentamientos urbanos; barrrios subnormales, degradados, de ranchos; villas de emergencia; focos, tejido marginal. En cada país se acuñaron términos populares también utilizados en la literatura: villas miseria, favelas, chabolas, cantegriles, bohíos, barrios de brujas, colonias de paracaidistas, colonias populares, callampas o chacaritas. Las villas son barrios con pretensión de ser barrios similares a los formales. Fragmentos de ciudad, sin estatus de ciudad."

Por Jorge Palomar

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