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Perfiles / René Lavand

El mago de una mano sola

ADN Cultura

Referente destacada de la crónica en español, la autora publica en estos días Frutos extraños (Aguilar), su segundo libro, que reúne textos periodísticos escritos entre 2001 y 2008, del que ofrecemos un fragmento

Al acto de cortar y separar del cuerpo humano un miembro o una porción de éste se lo conoce como acto de amputar, y sólo se realiza en casos extremos, cuando la vida del paciente corre peligro.

Las lesiones producidas por aplastamiento, sin embargo, generan traumatismos tan graves que la amputación resulta inevitable, ya que el tejido necrosado penetra en el torrente sanguíneo, deviene altamente tóxico y, si no se actúa con rapidez, el sujeto puede morir como consecuencia de una falla renal.

La operación no es una operación compleja: se cortan primero la piel y los músculos, se ligan los vasos y los nervios por detrás del tajo para evitar la formación de un neuroma -un tumor nervioso que provoca dolores extremos- y, con una sierra oscilante, se secciona el hueso. Una vez separado el miembro del cuerpo, se liman las partes óseas y se las recubre con tejido blando muscular para obtener un muñón acolchado. Lo que sigue -esculpir el muñón- es un trabajo quinésico que dura meses.

El síndrome del miembro fantasma -una figura mental que puede ser dolorosa o no y provocar picazón o sensibilidad en una extremidad que ya no existe- ocurre sólo cuando la amputación se produce en miembros inferiores. La amputación de miembros superiores, en cambio, presenta otras dificultades. La principal, la resistencia de los pacientes. Puesto que las manos tienen un efecto gestual, perderlas equivale a sufrir la amputación del rostro: a vivir con una máscara. En cualquier caso, y como se trata de una operación de carácter mutilante, en la Argentina la ley nacional de ejercicio profesional número 17.132 exige el consentimiento explícito y firmado del paciente.

No se sabe si alguien pidió el consentimiento del niño cuando, a los nueve años, fue amputado de su mano derecha y equipado con un muñón de once centímetros a partir del codo.

No se sabe, tampoco, cómo empieza una vocación pero es probable que haya sido así: el día de sus nueve años en que el niño levantó la toalla con que su madre le impedía ver las curaciones y, allí donde recordaba una mano, el niño no vio nada.

Nada por aquí. Nada por allá. Ahora la ves. Ahora no la ves. [...]

La casa es así.

Pero primero hay que llegar a la casa.

Pero primero hay que llegar a la ciudad de Tandil, atravesarla, salir de ella, recorrer caminos de tierra, doblar, doblar otra vez, doblar otra vez más y ver, a mano derecha, una cabaña en medio de un parque, un cartel que reza "Milagro Verde", un tinglado de enredaderas bajo el cual hay un Audi nuevo impecable, árboles, árboles, los árboles, un hombre sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol de la mañana, un hombre que bebe vino tinto, viste camisa clara, usa corbatín, pantalones beige , zapatos blancos y enormes ojos acuosos -uno de párpado caído-, cejas profusas y un bigote. La mano derecha -la mano- dentro del bolsillo del pantalón.

La casa es así: una cabaña de troncos con una puerta estrecha a la que se accede por dos, tres, cuatro escalones. Adentro, después del comedor -la mesa larga, el candelabro de una sola vela-, después de la sala -sillas, sillones, un enorme panel de vidrio fijo-, hay un espacio pequeño y estas cosas: un paragüero con decenas de bastones, y en la pared, sombreros -boinas, texanos, gorras de cuero-, y en el piso, compactos -Beethoven, Mozart, Vivaldi, Bach-, y una mesa redonda cubierta por un tapete verde y, sobre la mesa, mazos de cartas. Y, en todas partes, dibujos y fotos de una mano izquierda y del hombre que, sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol del mediodía, bebe vino tinto. A sus espaldas, sobre la puerta de entrada a la cabaña, este cartel: "Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito".

-Shakespeare -dice el hombre.

Pero la frase de Shakespeare es así: "Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito, si no fuera por mis malos sueños". Claro que el hombre conoce las ventajas: una pequeña mutilación puede transformar algo en otra cosa. Puede transformar, por ejemplo, a un niño común en un hombre extraordinario. A Héctor René Lavandera, nacido en septiembre de 1928 en Buenos Aires, en René Lavand, habitante de Tandil, experto en close up -magia de cerca: magia hecha con naipes y objetos pequeños-, uno de los mejores del mundo en la especialidad de ilusiones con cartas y, si no el mejor, al menos único. Porque, para hacer lo que hace, René Lavand tiene una sola mano. La mano izquierda.

-Venga. Vamos a conversar a mi laboratorio.

El hombre se pone de pie y lleva la mano derecha en el bolsillo: la mano. [...]

Hijo único de Antonio Lavandera y de Sara Fernández, viajante de comercio él, maestra ella, el niño Héctor René Lavandera vivió con su familia en diversas direcciones de la capital argentina. En alguna de todas su padre montó zapatería. En el año 1935, cuando el niño tenía siete, llegó a Buenos Aires un mago llamado Chang y allá fue él, de la mano de su tía Juana. Cuando apareció Chang sobre el escenario, el niño quedó mudo y deseó que su padre fuera Chang, que Chang fuera su padre, para aprender de él todos los trucos. Durante semanas, durante meses, no se habló en esa casa de otra cosa: durante el desayuno, Chang; durante el almuerzo, Chang; en la merienda y en la cena: Chang. Un amigo de la familia se apiadó y le enseñó un juego de cartas que el niño obseso empezó a practicar con unción. Poco después, la zapatería del padre se fundió y la pequeña familia se mudó a Coronel Suárez, un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde esperaba, al padre, otro trabajo. En febrero de 1937 tenía nueve años. Era carnaval, hacía calor, jugaba a media cuadra de su casa cuando sus amigos dijeron: "Vamos a cruzar la calle". Era un desafío menor: no era un río, no era un abismo, no era subir una montaña: eran cinco metros de asfalto. A él, al niño, le tenían prohibido cruzar la calle solo. Pero sus amigos cruzaron y él pensó: "También voy a cruzar". Y cruzó. Y entre él y el resto de su vida se interpuso un varón rampante, diecisiete años a bordo del auto de su padre. Hubo maniobra brusca, niño caído, neumático aplastando -aplastando: lesión gravísima- el antebrazo derecho contra el cordón de la vereda. Sara, su madre, escuchó el golpe y pensó esto: pensó "Héctor cruzó la calle". Llegó corriendo. Cuando lo vio -niño caído- los vecinos la ayudaron a no gritar, a llevarlo a la clínica que estaba justo enfrente. El médico de guardia quiso amputarlo ya -lesión gravísima- a la altura del hombro. Una mujer, una vecina, protestó: "Hay que esperar al doctor Patané". De modo que esperaron. El doctor Patané llegó y le salvó el brazo: cortó la mano y dejó, a partir del codo, un muñón de once centímetros. El niño era diestro. La mano perdida: la mano derecha. [...]

El parque es así: senderos que se bifurcan, árboles, setos. Al fondo, una casa de huéspedes. En uno de los laterales, un vagón de tren antiguo, de madera. En la cabaña principal, de troncos, un cartel -otro cartel- declama "La Strega: soñada, concebida y diseñada por Nora y René". El hombre de ojos acuosos está, ahora, sentado en el interior de esa cabaña, en el espacio con paragüero y mesa redonda cubierta por tapete verde.

-Éste es mi laboratorio. Aquí paso horas mirando el parque, escuchando música.

El codo izquierdo sobre la mesa, la mano erguida, anillo en el meñique: un timador que quiere parecer un timador.

-A veces repaso mis composiciones, veo cómo puedo mejorarlas. Yo he logrado, y discúlpeme el yo, aquello de que, aun si se ha escuchado la Séptima sinfonía de Beethoven mil veces, cada vez que se la escucha es la misma apoteosis. [...]

La rehabilitación del niño duró un año. No hay precisiones al respecto, pero se sabe que la baraja lo entretuvo. Primero, las cartas se caían en tropel de aquella mano torpe, tan izquierda. Insistió con tesón, se impuso disciplinas arduas: jugar ping-pong, pelota paleta. Pero lo de las cartas le costaba sangre. Aferrar, evadir, dar, levantar, ocultar, esconder, escanciar: sangre. Creció. Tenía catorce cuando su madre consiguió un puesto de maestra lejos de Coronel Suárez y se mudaron, entonces, a Tandil. No hay recuerdos tristes de aquella adolescencia. Colegio, amigos; un padre que le dijo: "Al primero que le diga manco de mierda le rompe la cara, que yo lo saco de la comisaría"; un hombre llamado Leonardi, aficionado a la magia, que le enseñó algunos trucos y le regaló el libro Cartomagia , de Joan Bernat y Fábregas, en el que confirmó lo que sabía: las técnicas, todas, eran para magos de dos manos: nadie había pensado que podía haber, alguna vez, un mago de una mano sola. Pero insistió y, para cuando terminó el colegio, su mano respondía más o menos dócil y obediente. En 1955 su padre murió de cáncer y el peso de las deudas, de la casa y de la madre cayeron sobre él. Salió a buscar empleo y consiguió uno en el Banco Nación. Pasó allí los siguientes diez años de su vida. En algún momento conoció a una mujer llamada Sara Dellaqua y se casaron. Tuvieron dos hijas: Graciela, Julia. En 1960 ganó una competencia de ilusionismo y le ofrecieron debutar en Buenos Aires. Dos teatros -Tabarís, El Nacional- lo incluyeron en sus espectáculos de varieté. Se rebautizó René Lavand, con una sofisticación un tanto demodé que por entonces tenía sentido: lo francés era, de lo elegante, lo mejor. [...]. En 1965 ya era imparable: hizo una temporada en Ciudad de México y sus giras latinoamericanas empezaron a ser frecuentes. El público se rendía ante esa mano que acometía los lomos de los naipes como si fueran vértebras, que arrancaba ases de las honduras de los mazos, que reinaba sobre aquellos bordes y dominaba las cartas difíciles, las profundas cartas, mientras una voz magnética en la que tremolaban el coraje, la violencia o la emoción ahogada contaba la historia de un viejo tramposo del sur de Estados Unidos, de un mago oriental encerrado en una mazmorra, de un tahúr obligado por su mujer a ganar una fortuna antes de la medianoche. [...]

-Discípulos he tenido pocos. Lo primero que hago, cuando viene alguien a verme para que le enseñe, es escucharlo, ver cómo camina, cómo se sienta, cómo saluda. Pero yo no puedo enseñarle nada. Sólo mostrarle. Andrés Segovia estaba tres meses para sacar un acorde. Esto es lo mismo.

Le gusta citar nombres como ésos: Segovia, Beethoven, Rubinstein, Pavarotti. Y como éstos: Borges, Unamuno, Ortega y Gasset, José Ingenieros: autores de los que no ha leído casi nada, nombres que están ahí, intercalados en sus historias, para crear la ilusión de que es un gran lector, hombre cultísimo.

-La verdad es que yo leo muy poco. De hecho, leo poquísimo.

Pero si toda percepción es verdadera, y si la clave de todo ilusionista consiste en sacar provecho de esa frase, Lavand -su corbatín, su casa de madera, su candelabro de una sola vela, su ropa clara, sus zapatos blancos- es el ilusionista perfecto: el que deviene, él mismo, la ilusión. [...]

Son las dos de la mañana de un lunes, Buenos Aires. En un cabaret de la calle Corrientes, un hombre se levanta la camiseta hasta el cuello, muestra la espalda y dice:

-Mirá.

Lo que se ve es un tatuaje que ocupa buena parte de su lateral izquierdo: el rostro de René Lavand sobre su espalda.

-Me lo hice en 2005. Para mí, él siempre fue el mejor.

Diego Santos es ilusionista, y uno de los pocos discípulos de Lavand.

-Es limpio. No se ve nada turbio en el juego. Y su técnica es increíble. Bajando el ritmo de los juegos al mínimo, hace que el movimiento siga siendo indetectable.

Hace años, René Lavand modificó un clásico juego de close up llamado "Agua y aceite": tres cartas rojas y tres cartas negras que, dispuestas una y otra vez de forma alternada, terminan siempre juntas, enfiladas: rojas por un lado, negras por el otro. Si el lugar común que sostiene la magia dice que es posible que sucedan cosas como ésas porque la mano es más rápida que la vista, Lavand metió el dedo en esa llaga e hizo lo contrario: exacerbó la lentitud de esa composición de apariencia sencilla, llamó a esa técnica lentidigitación y logró algo que los ilusionistas consideran una obra de arte: su versión de "Agua y aceite", llamada "No se puede hacer más lento", en la que, con una sola mano y lentitud de iglesia y de incensario, hace que las tres cartas negras y las tres cartas rojas terminen magnéticamente unidas entre sí, una y otra vez, y cada vez más lento. Por dentro, mientras lo hace, Lavand es una máquina certera, un engranaje, un centurión sudando por su vida. Pero lo que se ve es esto: su mano líquida, reptante. La infinita gracia. [...]

Lavand conduce el Audi rumbo al centro. Para poner los cambios cruza el brazo por delante del cuerpo. El gesto es rápido, preciso.

-Soy muy blasfemo. Ahora hace dos meses que no blasfemo. No sé cuánto me durará.

Durante la espera en un semáforo saca un papel del bolsillo: su lista de tareas: fotocopias, un quiosco, farmacia. La lista no toma mucho tiempo: media hora por el centro y una blasfemia -breve- a la hora de sacar el auto del estacionamiento porque ha quedado difícil: encajonado.

-¿Vio? Ya soné. La verdad es que yo soy un cascarrabias.

Hace una pausa, dobla, dobla otra vez. A veinte metros, la entrada a su cabaña. Entra por el camino estrecho, estaciona debajo del tinglado de enredaderas.

-Soy un hombre de reacciones, un paranoide. Soy un hombre que ha tenido un accidente duro, que ha tenido una castración a los nueve años y reacciona en consecuencia.

Inclinado sobre el volante, Lavand mira todo eso: los árboles, los setos, los caminos. Todo eso: las flores, las plantas, los senderos: lo que podría no haber tenido nunca.

-Colecciono sombreros, también.

-¿Como consecuencia de la paranoia?

-No. Para cambiar de tema, porque el tema del accidente me agota.

La risa llena el auto como una cosa diáfana.

Después, el último almuerzo de todos estos días.

Publicado en la revista SoHo .

Por Leila Guerriero De la Redacción de LA NACION
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