Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La intimidad jaqueada

Casi el 70% de los usuarios de Internet almacena información propia en la Red. ¿Cuáles son los riesgos de compartir nuestros datos personales?

Domingo 30 de agosto de 2009

El usuario se conecta a la Red y comienza sus tareas cotidianas. Escribe la presentación de su nuevo proyecto laboral en Google Docs, edita las fotografías de su viaje a Nueva York en Picasa y sube un video familiar a YouTube. Luego escucha sus temas favoritos de Franz Ferdinand en Spotify y disfruta de los nuevos episodios de Grey´s Anatomy en Seriesyonkis. Además, sube su colección de películas y series a un almacén virtual como Rapidshare o Megaupload para aligerar el disco rígido y poder compartirlas.

Todo lo ha hecho on line, gratis y sin necesidad de descargar nada en su terminal (Spotify sólo requiere bajar el buscador). Da igual dónde esté: en el trabajo, en casa o en un hotel. Sólo necesita una conexión: en la Web se ejecuta y en la Web se queda.

Quizá sin saberlo, el usuario está moviéndose en la nube, que es como ya se conoce al territorio virtual formado por todo aquel software y aplicaciones que funcionan desde fuera de la computadora, ya sea fijo, portátil o un teléfono móvil. Están alojados en servidores ubicados en algún lugar indeterminado, pero son accesibles desde todas partes. El terminal se convierte así en un simple medio para enchufarse a esa nube de computación.

Gracias en parte a la difusión de un mayor ancho de banda y mejores conexiones inalámbricas (wi-fi), la nube es el ámbito en el que se desarrolla la mayoría de las actividades cotidianas ante una pantalla. De hecho, el 69% de los usuarios de Internet ha almacenado información en la Red o ha empleado alguna aplicación de software on line, según un estudio de 2008 del Pew Internet & American Life Project.

Algunos expertos vaticinan un futuro en el que prácticamente todos nuestros objetos personales (fotografías, videos) y culturales (películas, discos...) estarán en la nube, es decir, en un entramado de servidores cuya ubicación ignoramos. Así, en teoría, nuestras pertenencias digitales estarán disponibles en todo momento a través de cualquier dispositivo con acceso a la Red. La contrapartida, según alertan otros, es la dependencia de la conectividad, el riesgo de perder privacidad y la incógnita sobre cómo este fenómeno puede modificar el consumo cultural.

El éxito de la nube radica en la facilidad y comodidad para manejar sus servicios. " Los creadores de aplicaciones on line compiten para hacer sus programas divertidos y fáciles de usar", dice el experto en tecnologías de la información Nicholas G. Carr, autor del ensayo The Big Switch, en el que pronostica que el impacto de la migración de la tecnología a la nube será similar a la llegada del suministro eléctrico. "Las aplicaciones empresariales tradicionales, en cambio, tienden a ser diseñadas para realizar con eficacia un tipo de tarea determinado, sin considerar la facilidad de uso. Además, está abierto en Internet sin las restricciones de las redes y los sistemas de las compañías."

La "computación en nube" (cloud computing) es un término que originalmente aludía sólo al modo de coordinar varios ordenadores para mejorar la eficacia de su capacidad de computación, según recuerda David de Ugarte, economista y cofundador de la consultora de nuevas tecnologías Sociedad de las Indias Electrónicas. Ahora su sentido se ha ampliado y se aplica también al modo de gestionar la información digital impulsada por los usuarios, un nuevo entorno que ha acentuado los cambios nacidos con la digitalización. "Los contenidos dejan de ser tangibles en un soporte físico y se consumen directamente on line", señala Fernando Garrido, especialista en sociología del Observatorio para la Cibersociedad. "Las nuevas pantallas (móvil, portátil...) abren un universo de momentos de consumo. El cambio es radical."

Y ya está transformando los hábitos de visionado, escucha y lectura, advierte Carr. "La Red está diseñada para estimular el consumo rápido de pequeñas piezas de información, y nosotros amoldamos nuestros hábitos a la Web. Libros, discos y videos se fragmentan en porciones."

Algunos ejemplos. El visionado de series y películas en streaming (sin necesidad de descargarlos en el disco rígido) aumenta rápidamente frente a las descargas P2P (par a par). Casi la mitad de los internautas españoles, el 47,8%, utilizó esta fórmula (en sitios como Seriesyonkis) para ver películas y series en el último año, frente al 37,3% que las descarga mediante programas de intercambio de archivos, según el informe eEspaña 2009, de la Fundación Orange. En la música, sin embargo, siguen por delante las descargas, con un 42%, frente al 38,5% que escuchó música directamente en línea.

Respecto del libro hay división. Unos apuestan por el triunfo amplio del formato electrónico y otros por la coexistencia. "Lleva con nosotros 500 años. En torno a él hemos construido nuestra sociedad y nuestra forma de pensar -sostiene Garrido-. Es difícil que un eBook lo sustituya; puede reubicarlo." Y es probable que cada uno se especialice: el formato digital para los textos académicos, los documentos, y el tradicional para la literatura y el entretenimiento.

Surge en conjunto un nuevo tipo de consumo cultural abundante, fragmentario y, sobre todo, inmediato. Se acaba la escasez y se quiebra el vínculo con el soporte físico. Es un cambio de paradigma: "Los dispositivos pasan de ser elemento central a ser medio para el acceso", subraya el psicólogo Roberto Balaguer, especializado en el impacto social de las tecnologías de la información. "Pasan de funcionar como continentes a actuar como enganches en la nube, donde suceden las cosas y donde habitan los jóvenes."

Un nuevo entorno que el jefe de arquitectura de software de Microsoft, Ray Ozzie, ha definido así en The Economist: "[el cloud hará posible] un medio en el que todos tus dispositivos se unirán, gestionados a través de la Web como un todo". En esa dirección va el inminente proyecto de Google: Google Wave, un ambicioso servicio que aunará e-mail, chat, wiki, procesadores de textos, mapas, videos y fotografías, además de red social, y permitirá trabajar en grupo.

"El problema es que así Google puede convertirse en una Internet alternativa, y el usuario, en casi un empleado", alerta Ugarte, que considera el Wave como "la gran trampa de ratones de nuestra intimidad". Que toda la información personal y las creaciones propias (textuales, fotográficas, etc.) estén alojadas en un espacio virtual fuera del control del usuario plantea dudas importantes, según algunos expertos. Las primeras atañen a la conectividad (sin conexión no sirve) y a la privacidad. A diferencia del soporte material, "los productos en la nube identifican perfectamente a sus usuarios, frecuencia de consulta, etcétera", advierte José Antonio Millán, ensayista y autor de Manual de urbanidad y buenas maneras en la Red. "Estos datos, sometidos a cláusulas de privacidad engorrosas o cambiantes, pueden tener una fácil explotación, en el mejor de los casos sólo publicitaria."

Una alerta con la que coincide Ugarte. "La cuestión es determinar quién tiene la soberanía de los datos. Si uso la nube de Google, ésta controla también mis datos." Así, añade, puede rastrear todo lo que el usuario guarda en sus aplicaciones y cruzarlo con sus consultas e incluso con su historial crediticio. "Puede usarlos, por ejemplo, para colocarte anuncios en tu cuenta de Gmail según tu capacidad adquisitiva."

Se trata de una desprotección a la que son principalmente vulnerables los jóvenes, los nativos digitales, que han crecido casi acunados en la Red. "Los jóvenes ya no se conectan a Internet y ya no lo viven como algo ajeno o separado del mundo físico", sostiene Garrido, del Observatorio para la Cibersociedad. "Ellos están en Internet, en su nube, de forma permanente." Por eso, precisamente -continúa-, su sentido de la privacidad se ha transformado radicalmente. "No identifican el valor de mantener determinada información en privado." Más de la mitad de los jóvenes de entre 15 y 25 años han compartido datos personales con desconocidos a través de la Red, según un estudio de la Universidad Rey Juan Carlos.

La otra gran duda se refiere a la propiedad de las creaciones del usuario, ya sean wikis, textos en Google Docs, fotografías en Picasa o videos grabados con el móvil y subidos a Qik. "El usuario puede encontrarse un buen día con que el fruto de su trabajo ha desaparecido, o que aparece bajo cláusulas de reutilización inaceptables", avisa Millán. "Proyectos didácticos, de investigación, etcétera, enteros, pueden perderse. No debería ser admisible ningún sistema de creación de materiales en la nube que no cuente como mínimo con la posibilidad de crear una copia de respaldo en la computadora.

Empresas y particulares

De lo que no parece haber dudas es de las posibilidades de negocios de la nube. Google es la gran defensora de la computación on line y ya se ha lanzado a la conquista de este entorno. Su gran apuesta es el sistema operativo Chrome Os, diseñado para trabajar en la nube. Está pensado para netbooks (ultraportátiles), será de código abierto basado en Linux y se descargará gratis desde la Red. "Queremos que sea rápido y ligero, que se ponga en marcha y te conecte a Internet en segundos. La interfaz será básica porque la mayor parte de la actividad se desarrolla en la Web", según el blog de Google. Chrome OS llegará en 2010.

Microsoft, el rey de los sistemas operativos preinstalados en los terminales (algo así como lo opuesto a la nube), ya ha respondido. A partir de 2010 ofrecerá gratis en Internet versiones sencillas del programa Office para netbooks. Incluirán el procesador de textos (Word), la hoja de cálculo (Excel), las presentaciones (PowerPoint) y el reconocimiento de texto (OneNote). Se financiará con anuncios, como hace Google.

Lo más probable es que la nube coexista con copias del material más sensible en el disco duro, según observa Nicholas Carr. "Creo que almacenaremos la mayoría de nuestros bienes culturales e informativos en centros de datos distantes y gestionados por compañías como Google, aunque probablemente conservaremos copias de algunos de ellos en nuestros dispositivos."

El cloud también ofrece facilidades en la gestión de los centros de datos de las empresas. Google cuenta con el servicio Google Apps (que incluye chat, e-mail, procesador de textos o gestor de webs) diseñado para entornos laborales.

Otras compañías, como Amazon, venden parte de su nube (su red de servidores coordinados para trabajar como una gran computadora), que se puede emplear como almacenamiento o como capacidad de computación. "Es un servicio muy útil para start-ups [pequeñas empresas nuevas], que así no tienen que comprar servidores; sólo alquilan la computación", explica Diego Mariño, cofundador de la compañía Abiquo e impulsor del software libre para construir nubes. El cloud, entendido en su sentido original, permite "homogeneizar el tiempo y la potencia de computación, y convierte la informática en un servicio commodity", como la limpieza o la electricidad, añade Ugarte.

Y el modo de trabajar en grupo con la nube abre posibilidades a las empresas, según Carr. "La colaboración está en el centro del negocio, pero está constreñida por las aplicaciones tradicionales de las compañías, que tienden a funcionar restringidas a un usuario o una empresa."

Un ejemplo: "Si quieres compartir un documento en un procesador de textos, con Word tienes que adjuntar el archivo en un e-mail y enviarlo a varias personas, y luego encargarte de editar cada uno -explica-. Con un procesador de textos on-line, como Google Docs, todos pueden trabajar en el mismo documento en línea."

En cualquier caso, la desmaterialización de los bienes culturales y personales parece irreversible. "Habrá nube y almacenamiento local de bienes digitales -prevé Carr-, pero no creo que lo sólido tenga mucho futuro."

Por Abel Grau © EL PAIS, SL

Te puede interesar