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Entrelíneas

Silvia Legrand, la otra cara de Mirtha

Espectáculos

El misterio es más sencillo de lo que parece: simplemente, no quiere figurar. En una época donde tanta gente está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de trascender, no importa los sacrificios o humillaciones que haya que sortear, ella, en cambio, se mantiene bien firme en sus convicciones y, fiel a su palabra sin claudicar desde 1972, cuando colgó por última vez los hábitos actorales, al personificar a Mariquita Sánchez de Thompson en la película Juan Manuel de Rosas , que dirigió Manuel Antín.

Se prometió entonces, y cumplió, no volver nunca más a pisar un set de cine o de TV. Y eso que con muy poco podría salirse en el momento que quisiera del anonimato que abrazó con tanta vehemencia hace ya 37 años y que éste no le corresponde del todo porque nunca falta quien la reconozca o la confunda, por su aspecto y por su voz, con su archiconocida hermana gemela que tiene un empeño parecido al de ella, pero para marchar en sentido exactamente contrario, con tal de permanecer en la cima de la celebridad.

Capaz que, de no estar Mirtha Legrand de por medio, María Aurelia Paula Martínez Suárez habría podido en algún momento hacerse invisible por completo entre la gente común cual parece ser su mayor deseo. Como una suerte de Greta Garbo acriollada, pero plácidamente retirada acá no más, en Olivos, lleva una vida por demás apacible y agradecida, conforme con lo vivido, ajena al espectáculo y sin extrañarlo en absoluto (aunque bien al tanto de todos sus movimientos), y en una soledad que rompe de buena gana cuando sale con sus amigas o se rodea de sus dos hijas, diez nietos y otros tantos bisnietos. Lee mucho, escribe bastante, ve películas por TV y cuando vuelve del cine anota en una libretita el título de lo que vio y su calificación personal.

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El pasar del todo inadvertida, de todos modos, no es algo inventado para ella porque no sólo Mirtha Legrand existe sino que cada día se hace notar con más fuerza: más allá de su puntual presencia en los almuerzos televisivos que preside desde hace 41 años, su visita a lo de Tinelli produjo un pico valioso para el ahora un tanto alicaído rating de ShowMatch ; después se llevó merecidamente el trofeo más codiciado de la fiesta de Aptra -el Martín Fierro de platino, con el que, muy orgullosa, anda a cuestas por casi todos lados-, y el domingo último su amiga y par estelar, Susana Giménez, le hizo una larga entrevista en su programa.

Precisamente fue Inés Hernández, brazo derecho de la diva de los teléfonos, quien logró lo que nadie conseguía desde hace muchísimo tiempo: que algo de Silvia Legrand, ya que no su presencia, subiese de vuelta por un rato a la superficie de la masividad. Tal vez pesó en su decisión un hecho entrañable: su marido, Eduardo Lópina (de quien enviudó en 2005) recordaba con mucho cariño al padre de Susana, compañero suyo en el Colegio Militar.

La hipótesis de máxima, imposible de llevar a cabo por la indeclinable posición de Silvia de no aparecer, habría sido llevarla al estudio, pero al menos accedió a escribir una sentida carta, de impecable caligrafía, que Susana leyó al aire. Así la Legrand más oculta sorprendió a la distancia a la Legrand más pública, quien al día siguiente siguió multiplicando la difusión de la misiva en su propio programa (ver la foto más pequeña que ilustra este texto).

Silvia sólo concurrió a los almuerzos de Mirtha tan sólo en dos ocasiones antes de su retiro en 1972. Desde entonces, la conductora se cansó de pedirle que volviera alguna vez a visitar su programa. Jamás lo consiguió.

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En el útero materno, sin embargo, parece ser que Silvia Legrand solía tener más protagonismo que Mirtha a juzgar por la voracidad con que daba cuenta de los nutrientes que les llegaban a ambas. Tal actitud le significó el simpático apodo al que responde desde siempre: Goldi, en contraste con el de Chiquita, como la llaman íntimos y amigos a la estrella del mediodía, que nació pesando, apenas, un kilo ochocientos.

Aunque de chicos los tres hermanos Martínez Suárez -al más grande, el prestigioso realizador cinematográfico, le siguen llamando Josecito- eran vestidos casi iguales (las mellizas nacieron 16 meses después que el mayor), cada uno va por la vida con suma independencia del otro, aunque se comunican a diario por teléfono y se ven esporádicamente.

Desde que el gran Luis César Amadori en persona corrigió en plena filmación una escena para que las extras Legrand adquiriesen mayor protagonismo en la primera película de ambas - Hay que educar a Nini (1940)-, junto a Nini Marshall, Silvia y Mirtha aparecieron juntas en tres películas más: Novios para las muchachas (1941), Claro de luna (1942) y en Bajo un mismo rostro (1962).

Juntas también hicieron en Radio Splendid El club de la amistad los domingos por la mañana, desde el teatro Opera, con tanta repercusión que no pocas veces se cortaba el tránsito en la avenida Corrientes. Y en TV compartieron un protagónico ( Carola y Carolina , en 1966, por Canal 13).

Pero entremedio y después ambas desarrollaron notables carreras del todo independientes, aunque las dos coinciden en decir que son más que hermanas y se profesan mutuo cariño.

Inteligente, equilibrada y memoriosa (don característico que distingue a los tres hermanos), Goldi no sólo aconseja y opina desde las sombras cada vez que Chiquita se lo pide, sino que es también autora del eslogan que Mirtha hizo suyo y que repite constantemente en su programa: "Lo que no es, puede llegar a ser; como te ven, te tratan, y, si te ven mal, te maltratan".

psirven@lanacion.com.ar.

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