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GPS

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PARA LA NACION
Domingo 06 de septiembre de 2009

El aparatito estaba un poco más arriba de la radio. Tenía una pequeña pantalla y unos cuantos botones. "¿Te animas a manejarlo?", le había preguntado a mi hijo un rato antes, cuando en la agencia de alquiler de autos me preguntaron si quería uno con GPS. "¡Claro!" respondió él, de lo más entusiasmado con la idea de un nuevo artilugio electrónico en sus manos.

Acabábamos de aterrizar en el aeropuerto de Jacksonville, después de nueve horas de un vuelo y cuatro de otro. Hacía más de veinte que habíamos salido de casa y, antes de llegar adonde por fin podríamos descansar, tenía que manejar seis horas más por una ruta desconocida, atravesando pueblos cuyos nombres nunca había escuchado. La idea de que el GPS nos ayudaría a llegar a nuestro destino sin perdernos resultaba tan tentadora como difícil de creer. ¿Cómo no habríamos de perdernos en un país extraño, si hasta en Buenos Aires vivo perdiéndome? ¿Si a veces viniendo a casa me distraigo y al rato me doy cuenta de que me pasé o que tomé una calle que no era? ¿Si mi sentido de la orientación es tan preciso como mi memoria para fechas y fórmulas matemáticas? Mientras firmaba el contrato de alquiler del auto, imaginaba a Mati esforzándose por descifrar un manual de instrucciones gordo como un diccionario e intentaba convencerme de que, aunque nos perdiéramos mil veces, no debía ponerme de mal humor.

Mati nunca abrió el manual. Subió al auto, vio el primer GPS de su vida, apretó power, y en menos de un minuto ya le había dicho al aparato la dirección del lugar al que queríamos ir. Acto seguido, el GPS preguntó si queríamos tomar la ruta más rápida, la ruta con más autopistas o la más corta. "La más rápida", dijimos al unísono, y en pocos segundos el sorprendente GPS nos mostró un mapa clarísimo, con la vía que debíamos seguir trazada en color fosforescente y, sobre ella, nuestro auto simbolizado con un triangulito que se movía cómodamente a medida que avanzábamos por calles y autopistas.

En doce días de un viaje que nos llevó de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, no nos perdimos ni una sola vez. Más aún: ¿necesitábamos ir a una farmacia? Bastaba preguntarle a nuestro nuevo amigo dónde estaba el Walgreens más cercano para que respondiera mostrando el camino y diciéndonos cuánto tardaríamos en llegar. ¿Teníamos ganas de comer chino? El nos daba una lista de restaurantes, baratos, moderados o caros, cercanos al sitio donde estábamos. ¿Quería comprar la última novela de Roth? El nos indicaba cómo llegar a Barnes & Noble.

"Lo vamos a extrañar en Buenos Aires," dijo Mati el último día, y yo pensé que no sólo en mi ciudad, sino en la vida, me vendría bien un GPS. ¡Frente a tantas situaciones me he sentido perdida! ¡Tantas veces he tomado el camino equivocado! "Tengo ganas de escribir una novela por entregas", le diría al GPS, y él me mostraría el armado de cada capítulo y cómo llegar alegremente hasta el final. "Quiero encontrar al amor de mi vida", y él dibujaría un camino fucsia que me llevaría hasta su puerta. "¿Cuánto falta para que salga mi próximo libro?", y él me respondería con precisión de meses, días y segundos.

Estuve varias semanas fantaseando con la idea de un GPS vital hasta que, de pronto, en un rapto de sinceridad conmigo misma, me di cuenta de que, aunque lo inventaran, jamás lo compraría. ¿Quién soy, si no me pierdo? ¿Qué caminos inusitados podría conocer? ¿Desde cuándo me interesa transitar la vía más corta, la más rápida, la más directa? ¿Acaso no soy esta que se angustia frente a la página en blanco y sueña siempre con un gran amor?

La autora es periodista y escritora

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