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Arte / Muestras

En zona de riesgo

ADN Cultura

La exhibición en el Palais de Glace de pinturas recientes y dibujos inéditos de Jorge Demirjian plantea una tensa relación entre imágenes de drama y lozanía, reflejo de las dos caras del artista

Tres años de pinturas recientes y dibujos inéditos confrontan y dialogan con dibujos realizados por Jorge Demirjian en su primera estancia europea, cuando corría la década del 60. Demirjian, nacido en Buenos Aires en 1932, se deslumbraba y aturdía con el panóptico cultural de París, que aún era una fiesta, según el aura que persistía en el imaginario de un artista de la periferia.

La muestra del Palais de Glace se inicia con dibujos de la época parisina. Intrigan estas obras por el trazo monocorde y la generación de áreas oscuras que acentúan la bidimensionalidad de la imagen. Y es curioso que se filtren representaciones mecanicistas, como la bombilla de luz, cuya rosca espiralada con esmero evoca a Fernand Léger. Éstos y otros recursos similares niegan la especialidad y proponen un distanciamiento que cedería al predominio de la línea que se criba de espacio en la lacería gráfica de Demirjian, su índole más identificatoria pero no la única.

El artista recuerda que el señor Barh, impresor al que confió su primer catálogo, comparó el dramatismo de los dibujos con la mocedad, lozanía y acicalamiento del autor. Le aconsejó que también disfrutara del crear como, era obvio, gozaba de la vida. Pero el espíritu sopla por donde quiere, filosofa Demirjian. Y podría añadirse que no sopla siempre en dirección única. Como el viento, Demirjian no es dócil, procede a su modo, aprende por sí mismo, al punto de ser autodidacta con la excepción -necesaria para confirmar la regla- de su breve paso por los talleres de Emilio Pettoruti en el mítico edificio de la calle Charcas, escenario de una novela de Manuel Mujica Lainez o de Horacio Butler. Ni un maestro ni el otro eran mentores fáciles o proclives a prohijar facilismos. Demirjian tomó de ellos aquellos rigores -color, estructura- que le resultaron funcionales.

Tampoco fue dócil a las prescripciones de sus afines, los miembros de la Nueva Figuración. Las concomitancias con Rómulo Macció, Ernesto Deira, Jorge de la Vega y Luis Felipe Noé no le impidieron apearse del tren arrollador que marcó un antes y un después en el arte argentino. Estaba, también él, contra la "pintura rosa bombón", como se percibe en las impasibles crueldades de sus últimos óleos.

La querella entre figuración y abstracción fatiga tanto como la que enfrenta el arte conceptual con el arte expresivo o sensorial. Son disputas bizantinas que la lectura de la imagen arrumba al discurso teórico del cantar de ciegos. ¿Fueron Piero della Francesca, Paolo Ucello, Diego Velázquez, Henri Matisse o Francis Bacon impolutos seguidores de cualquiera de esas categorías? No se pretende compararlo -tampoco lo admitiría Demirjian- con esas cumbres que, junto con otros, leyó en formas y colores, en obra viva. Un autoaprendizaje digno de ser emulado en nuestra palabrera, y a menudo ciega y sorda, actualidad.

Siempre en los bordes

Jorge Demirjian siempre transita en los bordes, en las tensiones entre la imagen que huye o se hace presente. En la muestra del Palais de Glace, los dibujos reflejan esas apariciones fantasmáticas. El salto de los atletas sobre la cuerda comparte con las artistas de variedades el acecho, el riesgo, la posibilidad del faux pas que no admite, como en plástica, pentimentos y enmiendas del furcio, irreparable a boca de escena. Y allí se planta, en la zona de riesgo, este Kevork Demirjian, heredero de la diáspora armenia que se universaliza sin perder identidad.

Al goce prescripto por el señor Barh, cumplimentó con obras de intacta lozanía y celebración. Son tan suyas como el otro costado de su estro, hoy aparición impasible de minuciosas crueldades que no declinan en sentimentalismo ni ostentación patética.

Basta asistir, leer, estas imágenes presentadas en un soporte tan tenso como el parche de un tambor. Cartulina guaraní, montada sobre soporte, indúctil al gesto, a la índole muelle de la tela y sus diversos gramajes (aunque no falten lienzos de noble trama).

A esta deliberada elección suma Demirjian y opta -por ahora- por el otro lado de su luna. Presenta, no alude; no narra, nos confronta; ofrece imágenes que encuadran horrores (clavos, navajas, disecciones, mutilaciones) inferidos a cuerpos que no sangran, a maniquíes o torsos escultóricos fragmentados. El soporte rígido imposibilita la lectura sentimental, truculenta o surreal. El cromatismo alzado y contrastante, sin pases ni glissandos, la imprimación y coletas de los fondos determinan la intensidad sin cabrilleo irisante, cómplices primarios de percepciones.

La luz de sus últimas obras es inánime, desdramatizada, impávida como un thriller inglés espigado por Borges y Bioy Casares. Y debe recordarse que salutación y despedida en armenio celebran y desean la luz. Esa que asiste a Jorge Demirjian.

© LA NACION

adnDEMIRJIAN

Nacido en Buenos Aires en 1932, fue en los años sesenta uno de los principales representantes de la Nueva Figuración. Realizó su primera muestra individual en la Galería Van Riel. Vivió en Milán, París, Nueva York y Londres. Obtuvo importantes premios de pintura, como el Palanza (1991) y el María Calderón de la Barca (1990)

FICHA. Jorge Demirjian: Dibujos 1963-2009. Pinturas 2006-2009 en el Palais de Glace (Posadas 1725), hasta el 20 de septiembre

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Por Elba Pérez Para LA NACION- Buenos Aires, 2009
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