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El juego de la edición

Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Miércoles 09 de septiembre de 2009
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El mundo editorial está poblado de supuestos acerca de lo que se lee o se deja de leer. No parece haber otra fórmula que la de la coincidencia. Es decir: cuando coincide lo que unos escriben con un apetito lector, desprovisto de una forma particular, que halla en cierto libro (novela, ensayo o poesía) una satisfacción inesperada. Editar es, entonces, jugar con lo que no existe y que, al mismo tiempo, se espera.

Esther Tusquets, escritora ( El amor es un juego solitario , Confesiones de una editora poco mentirosa ) y editora (creadora de Lumen), sabe que jugar es una forma de ganarse la vida; pero ganársela no en términos monetarios, sino vitales. Ganas de vivir y de disfrutar de las coincidencias.

De visita en nuestro país, Tusquets fue testigo y protagonista de una generación de editores que hicieron del gusto un ejercicio de la resistencia. Hija traviesa de una familia aristocrática y franquista, supo tempranamente que debía arreglárselas con sus ideales. El contexto histórico no la favorecía, pero, a su vez, la posicionaba en el bando contrario, y eso le permitía forjar su propio destino o, por lo menos, proponérselo. De allí que en su nuevo libro de memorias, Habíamos ganado la guerra , que abarca el final de su adolescencia y su pasado falangista, escribe: "Si bien no era cierto que la Guerra Civil la habían perdido todos, porque a la vista estaba que unos la habían ganado [y lo sabían bien)] y otros la habían perdido [y nadie iba a permitirles ignorarlo ni olvidarlo], yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos".

Así fue como, al poco tiempo, a sus veinte movedizos años, asumió la dirección de la editorial Lumen y, sin afán de éxito, fue cambiando el rumbo de todo un linaje. Comenzó publicando libros que nadie leía, hasta que cayó en sus manos (más bien ella cruzó toda la Feria de Fráncfort para obtenerlo) un ejemplar de Mafalda .

Lo mismo le ocurrió con El nombre de la rosa , de Umberto Eco. Los libros le llegaban por una afinidad que respondía al delicado equilibrio entre la falta de cautela y una curiosidad pertinente.

En 1970, integró un frente común con Jorge Herralde, Carlos Barral y otros editores independientes que propiciaron y sostuvieron a toda una generación de escritores, tanto españoles como extranjeros. Distribuciones del Enlace fue una prueba de que los emprendimientos editoriales requieren editores, y no "gerentes de producto", como se los denomina actualmente, porque ellos pueden crear una conexión subjetiva con los lectores, y no meramente comercial. Entusiasmo, creencia y un espíritu indagador caracterizaron al grupo, de gustos variados y egos a veces sobredimensionados. Tusquets lo recordó con pasión en la Conferencia Editorial, organizada esta semana por la Dirección General de Industrias Creativas, en la librería El Ateneo. Pero su nostalgia no se interpuso con sus ganas de jugar. En ámbitos muy variados? Se dice que la noche anterior, Esther Tusquets, al salir del Bingo de la calle Lavalle, se hizo amiga de un jardinero, en la 9 de Julio. El, cortésmente, la acompañó hasta el hotel, para que no la asaltaran. Otra vez, había ganado.

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