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Honestidad brutal de un opinador político

Miércoles 09 de septiembre de 2009 • 02:56
PARA LA NACION
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Ya no me interesa la política. Desde la semana pasada. Me pudrí. El gobierno nacional produce una sensación de inutilidad y desánimo profundo. Invade todo, en la vida pública. Hace de cualquier tema una puja de poder enceguecida e inútil. La vida pública está trastornada. La privada no, si uno está más o menos curado y logró armarse una intimidad feliz, tiene una zona personal de satisfacción. Los K, enojados, tozudos de campeonato, equivocadísimos, tercos, personas emperradas que oscilan entre luchar por una idea que no es nada más que una pasión simbólica y querer el poder por el poder mismo, para nada. Lo quieren para nada. Para aniquilar las posibilidades de otros y para generar nada ellos mismos. Kirchnerismo nadista y aniquilador. Terroristas que destruyen el deseo de trabajo y mejoramiento.

¿Es de ellos la culpa? Sí y no. Sí, enteramente sí, en principio y en cuando a los hechos concretos, y no porque somos un pais que produce kirchners. Somos una comunidad que cada tanto produce monstruos. Que los putea, sí, pero los mantiene vivos, los reproduce, que de alguna manera los alienta. Hacemos kirchners, máquinas de extenuar sociedades. La producción estimada de kirchners para el 2009 está excediendo todo lo previsto. Duran, los kirchners, aunque se presiente que terminan mal. Son resistentes, pero de repente quedan fuera de uso, se gastan y terminan marginados. Serían buenos boxeadores, rompiéndole las pelotas al rival hasta último momento. Pero la última piña les llega a ellos con una intensidad mortífera.

En la discusión pública estamos fuera de foco, sin voluntad. No damos abasto. Mirando las tramoyas cuasi delictivas, siguiendo el rastro de una maquinación oculta que se nos vende como política útil cuando no es ni siquiera política. Tendríamos que reordenarnos, reencontrarnos, volver a aplicar nuestra inteligencia en la generación de riqueza, en tratar con los problemas reales. Cansa hacer observaciones esmeradas describiendo la desgracia de este gobierno: quiero otro gobierno. Sí, es un capricho. Los cronistas u opinadores también tenemos caprichos, algunos, y muchas de las ideas, cuando salen bien, tienen que ver con esa expresión intuitiva de una imaginación que siempre está medio al borde de perderse pero no se pierde.

Los K serían buenos corredores de fórmula 1, al borde de destriparse, queriendo siempre más y más, drogándose con la excitación del peligro, del todo o nada, acelerando incluso en las curvas, siempre en un más allá de la prudencia. Serían buenos cocainómanos, avanzando en el despliegue de un poder mental ilusorio que gasta toda la vida en unos años, en un rato, generando una excitación vacía llena de angustia. Serían buenos carceleros, cultivando un odio de encierro y maltrato, mirando torvamente a unos malos que se les parecen demasiado. Serían buenos preceptores de colegios secundarios de décadas atrás, controlando los intentos de libertad de un grupo de asustados, haciéndose los fuertes en una comunidad de débiles.

Pero, ¿presidentes? ¿Por qué tenían que ser presidentes? ¿Era necesario este error, ponerlos en un puesto que no es para ellos, darles un trabajo que no estaban preparados para hacer? Duhalde: fuiste vos, ahora no te hagás el bueno o el que no sabías. Vos nos pusiste a estos ahí, ¿ahora nos querés vender que nos vas a rescatar, jugar a encarrilar las cosas? Lo cierto es que tus sucesores son tan siniestros que te has hecho añorar. Quedás re presidente al lado del matrimonio gobernante. Sos más fino: te rascas con el meñique, cuando te pica la nariz en medio de un reportaje. Un estadista, eso parecés. Kirchner te hizo el mejor favor que alguien podía hacerte. Entre que jugaste en la crisis del 2001 como hombre firme (ahora se ve que de la peor manera, para dejarnos en manos de los aniquiladores), y ahora Néstor te restaura, el futuro es tuyo.

¿Y nosotros qué hacemos? La enseñanza de estos rumbos es cruel y es mucha: dediquémonos a otra cosa. Basta de política. Si el fútbol no se nos da hagamos literatura. Hagamos asados, con los amigos, mientras quede carne y juntando unos pesos podamos compartir el gasto. Cultivemos en los balcones hortalizas coloridas.

Por supuesto, si nadie hace política la frustración no va a dejar de reproducirse. Pero que la hagan otros. Hay que hacer política, vayan. Hay que rescatar los partidos, denle...

Otra posibilidad: que se pueda hacer política de otra forma. Y no me refiero a que imperen otras normas en la negociación social (que la producción de bien común tenga un poco más de espacio o peso en el ámbito en el que se deciden las cosas), sino a que podamos hacerla más de costado. Sin que nos afecte tanto.

Tal vez estoy hablando demasiado sueltamente de un problema personal, es verdad, pero lo sé compartido. A mi mujer no le pasa nada de esto: ni lee los diarios ni los leyó nunca, ignora el 80 por ciento de la realidad política, o más, e igual está metida en el mundo, en la realidad, como cualquiera. Cuando lo veía a K hacer campaña, hace años, decía: este no me gusta. ¿Acaso vamos a creer que la realidad es la escena política? Es una escena determinante, sí, pero ¿acaso la mayor parte de los hombres (y las mujeres, claro), no vive sin prestar atención a esa escena? ¿Y les falta algo? Ah, cierto, sí. A muchos les falta de todo...

Y es correcto suponer que un mayor involucramiento general en las cuestiones públicas podría arrojar otros resultados. Pero… ¿y si la preocupación pública de los muchos tomara el rumbo de esta pseudo militancia "popular" al estilo K, que pretendiendo poner a los pobres en un lugar privilegiado en realidad los arruina cada vez más? ¿No sería mejor una población despreocupada, que dejara actuar a los útiles, que aceptara ser representada por políticos de servicio, capaces de trabajo y de crear bien común?

Como ven, carezco de respuestas. Sólo tengo preguntas, y también tengo mi hartazgo. ¿Será cuestión de tener un poco más de paciencia?

* El autor es escritor y filósofo. Autor del blog 100Volando.net

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