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Por el poder de los huevos de gallina

Para que no llueva en casamientos hay que ofrendarlos huevos a las monjas, compartí tu experiencia y opinión

Lunes 14 de septiembre de 2009
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Hay un dicho español: Novia mojada, novia afortunada.

Pero en Buenos Aires, las porteñas piensan distinto y prefieren casarse en una día soleado o en una noche estrellada, y para eso no hacen uso de la costumbre telúrica de clavar cuchillos en la tierra, sino que se deciden por otra práctica más cristiana: les llevan huevos a las monjas para que recen y que en el casamiento haya buen tiempo.

" Participación: ¿Utilizaste esta práctica alguna vez?; ¿cuál fue el resultado?, ¿conocés otras costumbres de este tipo? Compartí tu experiencia"
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La costumbre empezó con las monjas Clarisas, ya que Santa Clara es la patrona del buen tiempo, pero más tarde se extendió a las otras congregaciones como las Carmelitas Descalzas y las Benedictinas de Santa Escolástica, en Victoria.

Las ofrendas tienen diferentes destinos: las Carmelitas Descalzas y la parroquia de Santa Clara de Asís, de Villa Crespo, las donan a Cáritas; las Clarisas del Colegio Santísimo Sacramento hacen sándwiches de huevos fritos o tortillas para los vecinos de escasos recursos, y las Benedictinas de Victoria hacen cantidad de delicatessen que venden en el convento.

Un mes antes de casarse, la diseñadora Mercedes Sylvester fue con su novio, Mariano, a dejarles huevos a las Clarisas con una carta en la que les pedían su intercesión para que no lloviera. El día llegó y fue una noche bárbara, en diciembre de 2002.

Agustina Díaz Cordero, abogada que se casó una noche de verano de 2000, se acuerda de que una semana antes de la fiesta su suegra les llevó una docena de huevos a las Benedictinas de Santa Escolástica. "Y fue una noche fantástica", sonríe.

Pero el caso más original es el de Inés Sastre de Schindler, que vivió dos experiencias curiosas. Una fue cuando se casó su hija, María Eugenia, en diciembre de 2001. Se contactó con las Clarisas de San Justo que le pidieron huevos y harina. Schindler cumplió con el pedido. "El casamiento era afuera, al mediodía, y el día amaneció asqueroso. Más o menos a la hora de la ceremonia se levantó un viento que limpió todo y fue un gran día", cuenta.

Otra prueba fue cuando se casó su hijo, Martín, en abril de este año y también al aire libre. Esta vez, con todos los preparativos y los chicos ocupados en los detalles, nadie pudo ocuparse de ir a las Clarisas. Pero igual ella decidió hacerle una promesa a Santa Clara: "Llueva o no llueva te voy a llevar seis docenas".

El día esperado amaneció negro. Schindler se empezó a preocupar, así que siguió su diálogo con Santa Clara y le dijo: "Por cada media hora de sol que me des, te voy a llevar una docena de huevos más". El sol salió y no sólo eso: se quedó seis horas. Schindler hizo la cuenta: 12 medias horas por 12 docenas, más las 6 docenas prometidas al principio daban 216 huevos o 18 docenas.

Schindler fue al supermercado y cargó el carrito con las 18 docenas, hasta que un empleado la interceptó y le dijo: "No puede llevar esta cantidad, esto es un supermercado minorista". Ella le explicó lo de su promesa a Santa Clara y siguió su camino hasta que su segundo obstáculo fueron las cajas: "Por más que les explicaba mi promesa, me decían que no podían cobrarme todo en un solo envío".

Al final pudo pasar los 216 huevos por cuatro o cinco cajas y enviárselas a las Clarisas. "Todo el mundo se enteró de mi promesa y la gente se acercaba a preguntarme si el efecto de la ofrenda era cierto."

El secreto

Escéptica, pero no tanto, Agustina Zenarruza, licenciada en Ciencias Políticas, se casaba en una quinta de Bella Vista. No creía mucho en lo de los huevos, pero cuando vio que el pronóstico del tiempo anunciaba un 70% de posibilidades de lluvia para la noche del casamiento se empezó a inquietar.

Le pidió a su suegra, una mujer muy piadosa, que rezara para que no lloviera, pero ella la sacó zapateando . Ya un día antes, Zenarruza llamó a una íntima amiga, compraron miles de huevos y se dirigieron a Victoria, al convento de las Benedictinas.

"Nos recibió una monjita y le explicamos todo", relata. Tras decirle el nombre de los novios, la monja le respondió: "¡Ah, el hijo de Isabel! Ella ya pidió una misa por ustedes".

El día siguiente amaneció lloviendo, pero, mágicamente, el cielo se abrió después del mediodía.

En Humberto I 1352, una carmelita descalza que no puede dar su nombre atiende el teléfono.

-¿Qué es lo que hacen para que haya buen tiempo en los casamientos?

-Rezamos para que les toque buen tiempo, pero, sobre todo, para que el matrimonio sea fecundo.

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