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Los vampiros sutiles de Henry James

Tomás Eloy Martínez Para LA NACION

Sábado 19 de septiembre de 2009
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El éxito desmesurado de Crepúsculo , primer volumen de la saga todavía inconclusa de Stephenie Meyer, ha resucitado el mito del vampiro, que alude al afán de inmortalidad de los seres humanos y a la búsqueda de respuestas, en el más allá, de los problemas que no se han podido resolver en el acá de la vida.

Las cuatro novelas que Meyer dio a conocer hasta ahora han abierto las compuertas a un torrente de continuadores del conde Drácula. La mayoría introduce pocas variantes en las ya clásicas historias de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, que iniciaron el género en la Inglaterra victoriana. Es una lástima que esa generosa moda haya olvidado a Henry James, cuyos vampiros no beben la sangre de los seres amados ni salen de sus tumbas cuando cae la noche. Son más sutiles e inteligentes: no les interesa la inmortalidad, sino el dominio absoluto del ser amado.

Entre 1881 y 1904, Henry James publicó una docena de novelas que llevaron el género a su estado de perfección y lo prepararon para las transformaciones del siglo XX. Ya es un lugar común afirmar que James es una de las piedras fundamentales de la narración moderna, junto con Proust, Kafka y Joyce. Es menos frecuente que se diga por qué. Richard P. Blackmur ponderó en James la precisión algebraica de sus intrigas y la sabiduría con que revela cómo el amor, aun el más moderado, va haciendo estragos en el carácter y en la apariencia de las personas hasta volverlas irreconocibles. Leon Edel, su formidable biógrafo, ha puesto el acento en el hábil desarrollo de las anécdotas laterales y en la elección de un punto de vista dominante para ordenar las diversas jerarquías del relato. Pero quizás el aporte central de James a la novela sea la creación de realidades que están siempre en duda. Todo lo que sucede podría ser de una manera o de otra. El lector, así, tiene que decidir cuál es el verdadero lugar de cada cosa y cuándo los sentimientos se desvían de su cauce y se vuelven nada.

James nació en Nueva York el 15 de abril de 1843, en el seno de una familia adinerada. Su padre era un teólogo que llevaba el mismo nombre. Su hermano menor, William, fue un filósofo cuya fama perdura. La fascinación familiar de los James por Europa, como forma de rechazo contra la barbarie norteamericana, impregnó la infancia de los dos hermanos. Antes de la Guerra de Secesión Henry viajó a París, Londres e Italia en incontables ocasiones. Aprovechó esos viajes para acercarse a Zola, Flaubert, Maupassant, George Eliot y Turgueniev, su escritor predilecto. A fines de 1883 se afincó definitivamente en Londres. No parecen haberlo afligido otras molestias que la negativa de Estados Unidos a participar en la primera Gran Guerra durante los dos años que siguieron al atentado en Sarajevo contra el heredero del imperio austrohúngaro. Decepcionado, adoptó la ciudadanía inglesa en 1915, poco antes de que el rey Jorge V le concediera la Orden del Mérito.

Cierta incomodidad lo aquejaba al narrar la vida sexual de sus personajes. El vampirismo fue uno de los procedimientos oblicuos que le permitieron hacer pie en el tema. En Washington Square (1881), el vampiro Morris Towsend es ahuyentado, un paso antes de apoderarse de su presa, por las intrigas de Lavinia Penniman, tía de Catherine Sloper, la víctima. Cuando Catherine trata de recuperarse, la decepción y los años la han marchitado, y Morris, mientras tanto, ha perdido por completo sus habilidades de seducción. En Otra vuelta de tuerca (1898), la posesión de los niños por los espíritus del Mal -el fantasma de los criados- asume una forma que parece sexual; en Los embajadores (1903), una mujer inteligente y de buen gusto se vale del sexo para instilar esas cualidades en su amante vulgar.

Pero la apoteosis del vampirismo es The Sacred Fount ( La fuente sagrada , 1901), una novela breve que los contemporáneos de James pasaron por alto. La consideraban sólo un juego de espejos en los que no se reflejaba la realidad. Borges la reivindicó cuatro décadas después, al advertir que había notables puntos comunes entre su laboriosa intriga y los incidentes de "El acercamiento a Almotásim", uno de los estudios incluidos en Discusión .

Los propios personajes van descubriendo que en toda relación sexual hay víctimas y victimarios, y que uno de los términos de la pareja se alimentará siempre, lo quiera o no, de las cualidades del otro. El vampirismo ha sido habitualmente una metáfora del acto sexual en la literatura de terror. Sin afectar la verosimilitud de su historia, James descubre que los vampiros se dan en una zona menos grosera de la realidad que la divulgada por las tradiciones populares. No se trata ya de la succión de la sangre, sino de dones como la juventud o la inteligencia.

Quizá no sea casual que The Sacred Fount haya sido escrita en una habitación privada del Reform Club, desde la cual James pudo observar los funerales de la reina Victoria. Toda una época llegaba a su fin. A pesar de sus vampiros, La fuente sagrada parece ahora tan remota que tardó en ser traducida al castellano más que ninguna otra obra de James. Sólo en 1983 la editorial española Fundamentos la dio a conocer en una versión de Montserrat y José Antonio Millán muy poco difundida en América latina.

James no da el nombre del narrador de su novela ni lo describe. Lo presenta de manera difusa cuando toma el tren a Newmarch en la estación de Paddington, donde ha sido invitado a pasar el fin de semana. En el mismo vagón viaja Gilbert Long, a quien el narrador ha visto siempre como un idiota fatuo, y también la señora Brissenden, que ha ganado en belleza y juventud desde la última vez que se cruzó con ella. Al narrador lo confunde esa transformación. ¿Cómo es posible que la señora Brissenden, una mujer tan gris y poco atractiva, se haya embellecido en plena madurez? ¿Cómo puede haber alcanzado una segunda juventud?

Por la conversación entre Long y el narrador, el lector se entera de que ella se ha casado con un hombre mucho más joven. Tiene más de cuarenta años pero parece de veinticinco. A su vez Long, que ha sido un "Adonis vulgar y antipático", no sólo se ha vuelto cordial, sino que también muestra signos de agudeza e inteligencia. Una cadena de chismes se abre a partir de esa escena. Cuando los personajes llegan a la estación de Newmarch, el tema central del libro ya ha sido desplegado.

Pronto el narrador pone su atención en May Server, quien podría ser la fuente de la juventud mental de Long. Este ha pintado su retrato cuando ella era una mujer de gran belleza y paz; ahora coquetea incansablemente con todos los hombres de la fiesta, en un esfuerzo patético por encontrar los despojos de esa belleza en la mirada de los otros.

De las ambigüedades de Henry James es posible deducir no sólo una estética, sino también una metafísica. Todo lector familiarizado con Otra vuelta de tuerca , Daisy Miller , Retrato de una dama y Washington Square -sus obras más difundidas- sabe que ninguna de esas ficciones tiene un solo sentido, y que sólo en la ambigüedad encuentran su razón de ser. De la misma manera, la idea de inmortalidad que inquieta a James alude a la inmortalidad de la conciencia. Para un espíritu tan poco religioso como el suyo, la muerte es "conclusión y extinción bienvenida", o bien, por el contrario, es "renovación del interés y del deseo".

Por su complejidad y la delicadeza de su ejecución, la obra de James tiene pocos herederos. Hace tres décadas, alguna crítica inglesa supuso que Los sonámbulos de Hermann Broch podía ser un derivado del último James. Más próximos a su espíritu están ciertos latinoamericanos taciturnos como José Bianco, Sergio Pitol y el Adolfo Bioy Casares de Moscas y arañas . La grandeza de James está hecha de omisiones y de inexistencias, y lo no dicho enriquece sus ficciones más que lo dicho. En épocas tan poco propicias para las elipsis como las que lo sucedieron, el ejercicio de un arte como el suyo parece poco posible. James condujo la novela a uno de sus límites, agotó ese límite mediante una incesante exploración y saltó al otro lado. Para seguirlo en la aventura habría sido preciso tener su genio, vivir su vida, escribir por segunda vez sus prodigiosas narraciones.

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