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"Trabajábamos de lunes a lunes"

Por María Velásquez Para LA NACION

Sábado 19 de septiembre de 2009

"Hace 5 años, una pariente de mi esposo me trajo desde Bolivia con promesas de que aquí en Buenos Aires íbamos a ganar dinero, nos iban a dar techo, comida y no nos iba a faltar nada. Y como allá estábamos pasando una crisis económica muy fuerte, no lo pensamos dos veces y nos vinimos con mi esposo y nuestro hijo.

"Una vez que llegamos a Buenos Aires descubrimos que no era como ella nos había dicho. Comencé a trabajar de cocinera en un taller de costura que funcionaba en un departamento del barrio de Flores, sobre la Avda. Rivadavia, donde la pariente de mi esposo manejaba todo.

"El trabajo comenzaba a las 7 para preparar el desayuno; después seguía hasta el mediodía, cuando se daba el almuerzo, y otra vez a trabajar hasta las 18, hora de la merienda. Y luego de la merienda seguíamos trabajando hasta la 1 o 2 de la mañana. Yo me quedaba hasta las 3, y algunos días tenía que seguir hasta las 5 o 6.

"Trabajábamos de lunes a lunes y no nos dejaban salir para nada. Los fines de semana se llevaban a todos los varones a jugar a la pelota, pero nosotras nos quedábamos ahí para cocinar y ordenar las prendas. Dormíamos en un entrepiso que tenía arriba. Allí vivíamos y trabajábamos siete personas más los chicos.

"Allá en Bolivia, la pariente de mi esposo sólo me había dicho que iba a ganar bien, pero nunca hablamos de cuánto sería. Al final, me pagaba 100 pesos por mes, y a mi esposo, 300. El que más sufría era mi hijo, porque entonces tenía un año y medio y pasaba ahí adentro todo el día, conmigo o con su padre.

"Como nunca salía, yo no conocía a nadie y no sabía cómo irme de ahí porque tenía miedo. Hasta que un día, con una compañera le dijimos a mi concuñada que íbamos a llevar los chicos al parque Avellaneda porque estaban llorando y nos fuimos. En el parque encontramos a un conocido de mi esposo, que anteriormente también había trabajado en el mismo taller, y él nos contó que estaba alquilando un departamento y nos llevó ahí.

"Después de trabajar casi un año nos salimos del taller, porque no aguantábamos más el maltrato. No nos pagaron, pero nos fuimos igual.

"De ahí comencé a trabajar en otro taller, pero era lo mismo: no me dejaban salir, no podía llevar mi hijo al jardín y empecé a buscar una pieza para alquilar. Finalmente llegué a la Fundación La Alameda, donde comencé a participar en el comedor y en la asamblea que se hace los jueves, y ellos me dieron un trabajo digno donde estoy hace como tres años.

"Lamentablemente no pude hacer una denuncia porque la persona que nos trajo engañados era un familiar de mi esposo y él no quería tener problemas. Habían amenazado a mi familia y a la suya también."

La autora fue víctima de la red de talleres clandestinos

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