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La fidelidad en los tiempos del MP3

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LA NACION
Viernes 25 de septiembre de 2009

El lector fran_lfc trajo, en su comentario a mi última columna ( www.lanacion.com.ar/1175758 ), una de esas polémicas que me encantan. No es que me guste polemizar (bueno, OK, sí, me gusta), sino que su opinión pone en evidencia que la verdad es un rango, un espectro, un espacio. Dicho más simple, lo que fran_lfc afirma en su comentario es tan cierto como lo que sostuve en mi columna. Y ambas opiniones son opuestas.

El asunto en cuestión es a qué llamamos alta fidelidad .

***

Yo creía haberlo oído todo cuando en 2008 Alex Kligman, amigo de mi familia desde hace 50 años y dueño de la empresa de audio de alta gama argentina Holimar ( www.holimar.com.ar ), me hizo una demostración del formato Super Audio CD (SACD).

Estos discos son el Rolls Royce del melómano. Con el equipamiento adecuado, que dista de ser económico o portátil, el sonido del Super Audio CD me dejó furiosamente maravillado. Le dije a Alex, en broma: "¡Qué favor me hiciste! Ahora no voy a poder volver a oír mis CD nunca más..." La demostración incluyó la reproducción del mismo concierto en calidad de CD. Después del SACD el compacto me sonaba a lata.

Salía de vacaciones en esos días y tenía planeado llevar conmigo unos cien discos en mi reproductor de MP3, un Zen de Creative que había comprado en 2003. Estuve a punto de dejarlo en casa. Tenía todavía esa exquisita sensación de sonido sedoso, enfocado, impecable, sampleado a 2822,4 KHz. Los CD (cuya frecuencia de muestreo es de 44,1 KHz) comprimidos en MP3 no podían competir con esa calidad. Pero al final decidí llevarlo. Los 300 gramos del Zen no iban a causarme una penalidad por exceso de equipaje.

Créame que cuando me calcé los auriculares, unos días después, sentí pánico. Pero el oído olvida pronto y se lo engaña con facilidad. Según Alex, en realidad no olvida para nada ni es tan sencillo engañarlo. "Lo que ocurre -me dijo en estos días, cuando lo llamé para esta nota- es que el oído es adaptable." Me pone un ejemplo difícil de rebatir. "Cuando oís la radio tu cerebro inventa graves aun cuando estés usando un parlante de tres centímetros."

Un parlante de tres centímetros puede producir frecuencias bajas, pero no desplazar la cantidad de aire necesaria para que esas ondas sonoras sean audibles. A menos que te pongas un audífono que está peligrosamente cerca del tímpano.

Hice en estos días una prueba para demostrar este punto y, de paso, liberar la potencia escondida en un iPod, un iPhone o cualquier reproductor decente de MP3. Bajé de AppStore una aplicación gratis llamada GenFreq (hay muchas para PC también, como el Burninwave Generator ; www.burninwave.com ) y la configuré para que emitiera 50 ciclos por segundo (o Hz, es lo mismo); es decir, un sonido muy grave. Con los audífonos del iPhone oía el tono claramente, pero cuando conecté el celular a un buen amplificador con altavoces grandes, los 50 Hz casi tiran mi casa abajo.

Hay docenas de variables por tener en cuenta para determinar la calidad de sonido de un dispositivo. Pero este sencillo experimento marcaba una diferencia drástica para mis usos y costumbres. Si no siento el bombo, el bajo y los timbales en el pecho, no me interesa. "La potencia, aunque no necesariamente la calidad, siempre depende del tamaño del altavoz, del cubitaje de aire que puede mover", me explicaba luego Ivo Juri, dueño de Digital Cinema ( www.digitalcinema.com.ar ).

Ahora, ¿qué hacemos cuando grabamos y reproducimos música? Para responder eso tenemos que contestar antes una pregunta tan elemental como engañosamente simple: ¿qué es el sonido?

Esculturas de aire

La música, una de las artes más populares de todos los tiempos y la que con mayor facilidad nos energiza, nos emociona y nos motiva, se basa en ondas de presión transmitidas por el aire. Debería decir mejor en el aire o con el aire , porque la música es aire modulado, una complejísima e invisible arquitectura esculpida en el nitrógeno y el oxígeno por medio de osciladores: voces, cuerdas, cañas (como en el saxo), los labios (en la trompeta), parches, varillas metálicas y sigue la lista.

Cada intérprete, no importa qué instrumento ejecute, está manipulando cuatrillones de moléculas para producir en nuestros oídos una acción mecánica que el cerebro interpreta como sonido. Si los músicos son varios, sus arquitecturas aéreas se combinan y recombinan, creando texturas, armónicos, coloraciones. Pocos fenómenos son más difíciles de atrapar por medio de la tecnología. Por comparación, una pintura es, en términos de física, cosa de niños.

¿Qué es la música grabada, entonces? Es lo que hacemos, con tenacidad admirable, para atrapar y recrear las innumerables voces de una orquesta usando para la tarea un cono de cartón sujeto a una bobina en cuyo interior hay un imán.

Parece magia que lo hayamos logrado.

La bobina recibe las señales eléctricas del amplificador, lo que induce en ella un campo magnético que interactúa con el imán y, por lo tanto, se sacude de adelante hacia atrás arrastrando el cono (o diafragma), que de esta forma produce ondas de presión en el aire. Si usted pone la mano delante de un gran parlante que está sonando más o menos fuerte sentirá que sale de allí algo así como viento.

Es aire modulado, es viento bajo control.

La línea del frente

El diseño y la construcción de parlantes imponen desafíos difíciles de igualar. Piénselo. Una gran sinfónica en vivo equivale a cientos de fuentes de sonido independientes (algunos instrumentos, como el piano y las cuerdas, ofrecen numerosos osciladores simultáneos). Es una especie de gigantesco parlante de cientos de vías que, además, no sufre de las limitaciones de los baffles reales. No hay intermediarios, no hay transducción. Nada va a sonar más parecido al chelo que el chelo mismo.

Presenciar una gran filarmónica en vivo es una divisoria de aguas para quienes amamos la música. Toda esa potencia impecable sin amplificación, sin más electricidad que la de las arañas, sin altavoces. Es un milagro de la naturaleza y del ingenio humano que te cambia para siempre la actitud frente a la música grabada. Hasta una humilde guitarra es una lección en este sentido.

El problema de las filarmónicas es que no podemos tener una en casa. Ni mucho menos llevarla en el bolsillo. Pero eso es lo que nos propusimos desde los inicios de la música grabada. Como ahora sabemos qué es el sonido, hay una conclusión inevitable: gran parte de la alta fidelidad depende de los baffles, son la punta de lanza del sistema de audio. No porque sí son lo más caro del circuito. Para Alejandro Kamburis, fundador de 6punto1 ( www.6punto1.com.ar ), "el 70% de la calidad de un sistema de sonido depende de los parlantes".

Para demostrar esto, hice una prueba adicional con el iPhone: le conecté un par de buenos auriculares Sennheiser que uso en mi estudio MIDI y puse un disco. Ahora ya no estaba interponiendo una consola ni un amplificador. Con la misma potencia del móvil, el resultado fue como doce millones de veces mejor que con los audífonos de serie: bajos más profundos, agudos claros, pero no chillones, medios definidos. Esto, sin activar el ecualizador (que consume mucha batería, además).

¿Acaso el iPhone ofrece mejor calidad de sonido que lo que sus propios auriculares permiten? Oh, claro que sí. El iPhone y cualquier buen reproductor de MP3. Todos vienen con audífonos muy por debajo de sus capacidades. El motivo es bastante simple. Un par de auriculares de alta gama cuesta entre 350 y 400 dólares en Estados Unidos.

Con un precio que cuadruplica el del reproductor y un formato tipo casco que a uno lo hace parecer un DJ peripatético, no son aptos para el audio portátil. Pero el potencial está allí, en la electrónica.

La cuestión es que intentamos reproducir con alguna fidelidad las ondas de presión del aire originadas en cientos de osciladores por medio de dos pares de transductores electroacústicos que sacuden el aire. Es realmente disparatado. Pero funciona. Bastaría que nuestro oído no fuera tan olvidadizo, tolerante o, como dice Alex, adaptable, para que la música grabada fuera un mito urbano o una tortura. Ahí va otro ejemplo.

Vamos a un recital de rock. Allí, en vivo, cada instrumento acústico (la batería y las voces, por ejemplo) es captado por varios micrófonos que cuestan más de lo que ganamos al año y, enseguida, procesado por más o menos tanta gente y equipo como el que se requiere para lanzar el transbordador espacial. En el caso de los no acústicos, como sintetizadores y samplers, su polifonía, aunque electrónica, es puesta en el aire por medio de docenas de parlantes de la mejor cepa y grandes como una heladera.

Un mes después, en el subte, rodeados de ruidos y voces, revivimos el concierto, que ha salido en CD, con un par de auriculares cuyos diafragmas tienen menos de un centímetro de diámetro. Y nos suena espectacular.

¿Por qué?

Unplugged

Hasta que podamos conectar nuestros cerebros directamente al iPod, y eso sin duda llegará en un futuro más o menos lejano, seguiremos dependiendo de los altavoces y auriculares.

Los sonidos graves tienen ondas de frecuencia baja que transportan mucha energía. Ese es el motivo por el que hacen vibrar las puertas y se sienten en el pecho. No se puede conseguir eso sin grandes transductores. Es una simple cuestión de física, como dice Juri. Luego, empieza lo bueno. Los materiales del cono (papel, plástico, metal, fibra de carbono), el hierro, las cerámicas o las tierras raras usados en la bobina, la tecnología del conjunto (hay muchas), el número de vías y su disposición, el diseño del baffle, todo contribuirá a producir un sonido más o menos fiel al original. Por eso, un conjunto de seis parlantes high end (así se llama en la jerga, para diferenciarlo de hi fi ) puede costar más de 45.000 dólares. No son los más caros, sin embargo. Aquí usted puede ver unos que se venden a 145.000 dólares el par, en los Estados Unidos ( www.nolaspeakers.com/reviews/tas/EditorsChoice2007.html ).

De regreso

Volvamos al planeta Tierra. Entre los humildes auriculares de serie del iPhone (los hay mucho más básicos, debo decir) y un par de baffles de 145.000 dólares hay bastante paño para cortar. Los audiófilos pasan horas debatiendo, en ocasiones airadamente, sobre estas cuestiones. Tanto, que Juri me dice, un poco en broma un poco en serio: "Los verdaderos audiófilos nunca terminan de disfrutar de sus salas, porque cuando terminan de calibrarlas se tienen que ir a dormir".

Para el resto de nosotros, la calidad de un dispositivo de audio se establece de una forma mucho más sencilla: ¿no gusta cómo suena? Si es así, y puesto que el oído de todas las personas funciona aproximadamente de la misma forma, ¿por qué hay tanta variedad en lo que aceptamos como buena calidad de sonido?

Hay varios motivos. Primero, las condiciones en que oímos música. No es lo mismo en el subte con audífonos, en la radio del auto en medio del tránsito ensordecedor de Buenos Aires, en una sala silenciosa con baffles high end y amplificadores de gran potencia, en un estudio de grabación con auriculares profesionales.

Segundo, cómo oímos la música. En mi caso, cuando pongo un disco me dedico a escucharlo. Para mí es como leer. No puedo hacer nada más difícil que lavar una cucharita mientras tanto, y me concentro (podría decirse que obsesivamente) en la música. Fue sobre esta base que decidí el bit rate para mis MP3.

Empecé a 192 Kbps y luego puse simultáneamente el CD y el MP3 para compararlos uno a uno. No me convenció. Subí a 256. Estaba casi perfecto. Pero con piezas particularmente difíciles para los compresores todavía notaba diferencias con el original en CD. Sí, puedo ser muy irritante cuando quiero. Al final, terminé optando por 320 Kbps (el tope de MP3) con esas obras y bit rate variable para todo lo demás. Prefería perder espacio de almacenamiento que agudos. Kamburis coincide conmigo en este punto: "Los MP3 son música comprimida con pérdida, hay información que se elimina, no pueden sonar igual que los CD en equipos de alta gama". Aquí hay algunos artículos interesantes al respecto:

www.lincomatic.com/mp3/mp3quality.html

http://waltcrawford.name/MP3.htm

www.stereophile.com/features/308mp3cd/index1.html

No obstante, mi decisión acerca del bit rate de los MP3 habría sido muy diferente si tuviera música de fondo todo el día a un volumen relativamente bajo y en ambientes con cierto nivel de ruido. En tales condiciones, incluso 128 Kbps pueden ser más que suficientes, sobre todo con los buenos compresores de hoy. Más aún si necesito tener mucha música en un reproductor portátil de sólo 2 o 4 GB.

Lo que nos lleva al principio del artículo. "¿Qué es alta fidelidad?", se preguntaba fran_lfc , objetando un párrafo de mi anterior columna. Y tiene razón. Alta fidelidad es algo diferente para cada uno. Técnicamente, significa que la reproducción es muy semejante al original. "Yo estuve en una sala de 350.000 dólares hace poco en San Pablo, y era como estar frente a la orquesta", me contaba Juri, provocando en mí una envidia que no podría calificar de sana.

Ahora, en la práctica, en el mundo real, con nuestras condiciones y estilo de audición, alta fidelidad significa que algo suena bien a nuestros oídos.

En ese contexto, un iPod (o el iPhone) con sus auriculares de serie está lejos de ser suficiente para mí. No hay distorsión, pero el rango dinámico es escaso (el gran defecto de los audífonos intrauriculares) y todo suena como un amasijo: la imagen stereo es pobre. No me alcanza. El punto débil son los audífonos, así que preferiría conectarlo a la consola del estudio y salir por un equipo y unos baffles que le hacen más justicia. Pero en ese caso, no podría atender el teléfono. Ni siquiera lo oiría, de hecho. Así que sigo con los audífonos y los tolero.

Pero ya estoy buscando opciones mejores.

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