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Inventos ocultos en la oscuridad

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 27 de septiembre de 2009
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BARCELONA

De repente, de un día para el otro, descubren soluciones simples que hubiera sido fantástico conocer mucho antes. Por ejemplo, que los coches pueden funcionar con electricidad. O con luz solar. Hay quienes dicen que funcionan hasta con cocacola tibia, pero no lleguemos a tanto. Quedémonos en la electricidad, porque Volvo ya presentó el primero, y por detrás vienen otras grandes marcas. ¡Con electricidad, y lo dicen ahora! No es una solución más compleja que la gasolina: es más sencilla. También más barata y menos nociva. Pero en lugar de descubrirlo hace sesenta años, los señores vienen y lo descubren ahora. Ahora que las ciudades ya están hasta el cogote de smog, ahora que ya nos gastamos un sueldo entero al año en combustible, ahora que se acaba el petróleo. Permítanme dudar. Pero cuidado: no es una duda sobre la real existencia del invento, ni sobre si funciona bien o mal; es una duda sobre si realmente lo inventaron ahora y no antes. La duda es sobre cuánto tiempo están cajoneados, a oscuras, los avances tecnológicos.

Esta semana, en Suiza, se dio a conocer otro invento increíble por lo simple, por lo necesario. Inventaron un aparatito que permite recargar el celular con el calor del cuerpo. Además, el prototipo se abastece con la diferencia de temperatura entre la fuente del calor y la del ambiente, por lo que no contamina (como las baterías o las pilas). Y, tras cartón, resulta que la fabricación de estos generadores es diez veces más barata que lo que venimos usando hasta hoy. Quien dice recargar el celular dice la computadora portátil, el iPod, etcétera. Es decir: parece que las pilas no eran tan, tan necesarias. ¿Cuántas habremos comprado a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas habremos tirado a la basura con culpa, sabiendo que destruíamos el planeta? ¿Cuántas veces nos habrá agarrado del cuello el empleado de seguridad del supermercado diciendo "qué llevás en el bolsillo"? Hacer larguísimas colas para llenar el tanque la noche anterior a un aumento imprevisto; salir a comprar pilas a las tres de la mañana de un domingo para desgrabar una nota; olvidarse el cargador del teléfono en casa y darse cuenta en un hotel a mil kilómetros; quedarse sin nafta entre San Clemente y Santa Teresita, caminar y caminar con dos bidones al rayo del sol; chupar esa manguerita infame para sacarle combustible a otro auto, vomitar; quedarse sin batería en el celular en medio de la nada. Todos esos baches de la vida podían haberse evitado. Pero no: los señores van presentando sus inventos de a poco, no sea cosa que de golpe nos convirtamos en consumidores felices. Nunca se descubre nada a tiempo, siempre tarde. Pienso en la valija con rueditas, quizá el invento más útil del siglo veinte, pero también la prueba de nuestra desidia. Porque la rueda se inventó al final del neolítico, y la valija común en el año 726. Entonces, ¡catorce siglos estuvimos llevando las valijas en la mano, habiendo ruedas! ¿Por qué tardamos tanto en ponerle bolitas redondas a la valija, si las dos cosas separadas existieron siempre? Lo dicho: nos esconden la felicidad hasta último momento.

© LA NACION

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