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La fauna de Internet

Martes 29 de septiembre de 2009 • 03:49
PARA LA NACION
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Cada circunstancia humana provoca la aparición de tipos que se constituyen en fauna habitual de un determinado ambiente.

Del mismo modo que uno no imagina el desierto sin camellos, es imposible representarse una playa turística actual desprovista de ciertos personajes clásicos, que están presentes en Brighton y en Villa Gesell, en Saint Tropez y en Santa Teresita. Por ejemplo: el bañero o guardavidas o socorrista, siempre atlético y bronceado, con su slip blanco que destaca los genitales, la espalda ancha y la nariz despellejada. Nunca falta la mujer casada que viene sola a la playa y se quita parsimoniosamente la parte superior de la bikini, excitando a mil curiosos. Cuando aparece el marido, siempre blancuzco y barrigón, corta el clima erótico. Las muchachitas en racimo de tres o cuatro, jugando en la orilla. La suegra-abuela, con cara de pocos amigos, custodiando al bebe en su moisés, mientras la hija y el marido de la hija ríen a carcajadas en el buffet, entonados por una caipirinha. La mamá de 30 años que persigue a su hijito de 2, a pocos metros de distancia, por todo el "patio", retándolo y animándolo en voz alta, para que todos vean qué buena madre es, y "qué rico el nene". El guarango que pertenece a otro ambiente, con los zapatos en la mano, mirando ávido a las criaturas de piel bronceada. El veterano don juan de sienes canosas, con su cigarrillo encendido y su reloj de oro. La pareja "calenturienta" que se interna en el mar y, antes de la rompiente, se besa apasionadamente. El caballero gruñón que, sin sacarse siquiera los zapatos, se refugia en la sombra del toldo, para leer en paz su diario conservador. La misteriosa gimnasta que hace posturas de yoga frente al mar, espléndida y joven. Los muchachos gritones que se agrupan, invadiendo terreno, para armar un "picado" de fútbol en el cual no hay árbitro ni líneas de cal. A la nochecita, el tiempo de la oración, cuando la pelota ya no se ve, dan las hurras y comparten un último chapuzón. Ese partido de dos o tres horas sólo se detiene cuando una diosa en bikini atraviesa el campo de juego, pisando el agua de la orillita. Todos los jugadores interrumpen su movimiento, entonces, para contemplar a la chica con reverencia y tal vez decirle alguna tontería que la obligue a sonreír. Ellos componen, junto a otros mil, la fauna natural de una playa turística.

Del mismo modo, en un partido de fútbol que enfrenta a casados con solteros, en un campito de cualquier barrio, se presentan ciertos arquetipos. Mejor olvidemos lo de casados y solteros: este partido ya no se juega más. Capotó el clásico. Ya no hay más que divorciados en primeras, segundas y terceras nupcias, que deben sumarse a los que viven en pareja, los que se relacionan con cama afuera y los que están casados, pero cada cual por su lado y en distinto contexto, de modo que...¡Ni casados ni solteros! Asunto terminado.

Pero existen, de todos modos, en un país amante del fútbol como la Argentina, y convencido de que "conoce este deporte" como nuestra pobre patria, que en realidad ya perdió la noción de lo que el fútbol era y pronto dejará de producir futbolistas para el consumo mundial, existen -decía- arquetipos infaltables en cualquier partido informal. Juéguese en la playa, en un terreno baldío o en un campito con dos arcos medio torcidos, no han de faltar: 1) El petiso habilidoso que, a sus 15 años, gambetea a ocho rivales y luego, con el arquero en el piso, patea afuera y lejos. 2) El señor alto y gordo, de unos 40 años, que recibe el balón, levanta la cabeza, lo pisa a lo Riquelme, mueve los brazos como anunciando un pase genial, y luego la pierde por un problema grave de lentitud. 3) El casado de 30 que jugó bien en sus tiempos pero ahora no deja de protestar, insultar y fallar en los pases. 4) El burro de cualquier edad que desconoce todas las instancias de este deporte y se limita a tirar patadas, tal como cocea una mula, lesionando a propios y extraños sin que se sepa donde está la bola. 5) El arquero de contextura atlética que se presenta provisto de guantes, rodilleras, buzo anatómico, coderas, gorra para el sol y tizas para marcar el área... pero se arroja de panza al piso ante cada remate, y todos van adentro.

En fin, son cosas de la vida. Cada actividad humana provoca la germinación de ciertos biotipos.

Hoy día nos encontramos ante una nueva modalidad de la convivencia. Se llama Internet y ha venido a cambiar el mundo: que Dios la tenga en la gloria y la Virgen bendiga sus pasos cibernéticos. La semana pasada, en la premiación anual de Music TV, un célebre cantante agradeció, entre otros, "a mis amigos de Twitter y Facebook, sin los cuales esto no sería posible". Algunos dicen que el éxito de políticos como Barack Obama y Francisco de Narváez -cada cual en su plano- se debe al uso inteligente y moderno de la Red.

Ahora bien. En el ciber-espacio dialogan, sin verse, personajes exquisitos. Por ejemplo: está el viejito mentiroso que busca un nick de corte sensual (por ejemplo, "Caricia mortal") y se hace pasar por un muchacho de 24, en su muy conversado intento de seducir a muchachas y señoras. Está la dama de personalidad imprecisa -un poco poeta, un poco musa, bailarina, yogui, lectora, desnudista, libre, audaz, casi libertina- que en realidad es una señora ligeramente obesa y ya pasada de años, con su paciente marido a la rastra, buena madre y buena hija... sólo que no puede mostrar su cara real porque siente vergüenza. Abundan los semi-jóvenes cuya edad puede cifrarse en los 38 años, navegando en la Web en ansiosa búsqueda de algo. Pareja, poesía, aventura, novedades, información. Están los despachantes de cadenas que envían mensajes urgentes a todos sus conocidos, presionando con el anuncio: ¡Leer esto! ¡Es imperdible! ¡Por favor abrir este mensaje! Son una verdadera usina.

La verdad desnuda: en Internet estamos todos.

Y así son millones los que intercambian cartas, textos, poemas, videos, fotografías, falsos testamentos de Borges o García Márquez, imágenes sexuales. Todo va desde lo genial hasta lo ridículo, pasando por una vasta gama de cuadros humanos.

También se ha de hallar al canalla común y silvestre: su don es la cobardía. Se escuda tras un seudónimo o nick que puede ser "Pitufo" o "Descangallado" o "Soy-Tuya-Juan". Hace como que lee las columnas de un Marcos Aguinis, un Jorge Asís o un Pacho O´Donnell y debajo escribe, en tres renglones, porque la cabeza no le da para más: "¡Callate, cornudo! Sos un imbécil. Me das vergüenza ajena. ¿Estás chiflado o comiste pintura?". De esta forma, el código de Internet se presta para el insulto impune, la calumnia y el desahogo de los mediocres, que en otros siglos tuvo diferente destino.

Antiguamente, el mediocre o patán de aldea se volcaba al linchamiento, aplaudía en la plaza de la guillotina, acompañaba alegremente a la Inquisición en los pueblos de España, Alemania y Francia. En otro plano podríamos mencionar (dentro del repertorio de este buena gente) el escrache, la silbatina anónima. Acaso el valiente impulso de los piqueteros que amenazan (garrote en mano, y de a quince) a los periodistas de un móvil de radio.

El código de los cobardes no tiene límites, o sea que no es un verdadedro código sino un vale-todo, e Internet le ha otorgado una respetable impunidad. Ellos conforman un sector importante de la fauna de la Red: si hubiera que pagar un modesto canon para participar del ciberespacio, y si esto se hiciera con el propio nombre y apellido -más el número de DNI, domicilio y teléfono particular- desaparecerían todos en el acto.

En este caso, la tecnología no ha logrado elevar los niveles espirituales del ser humano, sino que ha propiciado la aparición de mil opinadores animados de un potente resentimiento.Y sin filtro, como se dice ahora.

Palabras del escritor José Pablo Feinmann, a quien respeto por esta sola afirmación: "Internet es un lugar donde cualquier pelotudo tiene un blog".

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