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Pensamiento / Entrevista

Un presente perpetuo

ADN Cultura

El historiador François Hartog analiza el modo en que las sociedades se relacionan con el tiempo y afirma que vivimos en la valoración exclusiva del corto plazo y lo inmediato

"Vivimos en un presente que se encierra en sí mismo", afirma François Hartog, quien se define como un historiador del tiempo. Profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y especialista en la Antigüedad clásica, Hartog analiza los discursos sobre la historia a través de los siglos y las implicancias del trabajo del historiador en la sociedad. Desde los últimos años, se interesa por la cuestión del tiempo: "El tiempo es un problema metafísico, como decía Borges. Pero además es un problema histórico", señala. En su libro Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo (Universidad Iberoamericana, México, 2007), propone un nuevo modo de entender el tiempo a partir de las articulaciones entre el pasado, el presente y el futuro que distintas comunidades hicieron desde la Antigüedad.

-¿Cómo analiza la crisis actual?

-La dimensión financiera de la crisis debe ser analizada en relación con una perspectiva cortoplacista y con la incapacidad de nuestras sociedades para considerar el futuro. Vivir en la inmediatez del presente se convirtió en una evidencia.

-¿La inmediatez no significa que podemos acceder más rápido al futuro?

-Se trata de un futuro inmediato. No estamos en una perspectiva en la que se podría afirmar que nuestros hijos tendrán un futuro mejor que el nuestro. Estamos en una situación donde decimos que nuestros hijos tendrán un futuro peor. El futuro inmediato aparece como una amenaza; una catástrofe, ya sea climática, ecológica o sanitaria. La reflexión sobre el futuro se vuelve apocalíptica. Y el objetivo entonces es impedir que el futuro llegue o retrasar su arribo. Esto implica un cambio total respecto a la actitud precedente en nuestras sociedades, en donde se pensaba que había que sacrificarse en el presente -como sucede ahora en la sociedad china- para vivir en un mundo mejor.

-¿Esta visión del presente es novedosa?

-Absolutamente. Comencé mi trabajo sobre el tiempo a partir de un cuestionamiento sobre el momento contemporáneo porque me parecía que estaba cambiando nuestra relación con el tiempo. Las sociedades siempre se enfrentaron a la pregunta de lo que vendrá, a los conflictos, a la muerte. Ése es el punto de partida para una historia del tiempo. Desde fines de los años 80 estamos en una crisis del tiempo: la categoría del presente comenzó a convertirse en dominante. La perspectiva del historiador, cuya vocación no es la de trabajar sobre lo inmediato, es la de proponer comparaciones entre modos de experiencia del tiempo del pasado con nuestra contemporaneidad. Propuse para esto la categoría de "regímenes de historicidad", con la cual intenté desarrollar un enfoque entre las distintas formas que las sociedades tienen para percibir el tiempo. Sólo podemos actuar sobre nuestro presente. En todas las sociedades fue así. Pero lo que llamamos "presente" puede cambiar, cambió y está cambiando.

-¿Cómo se vivía el tiempo en otros regímenes de historicidad?

-El régimen de historicidad es una herramienta fabricada por el historiador para aprehender las relaciones que las sociedades tienen con el tiempo pero no posee una entidad real. Sirve para observar cómo se articulan las categorías de pasado, de presente y de futuro: si uno considera que el pasado es la categoría dominante, entonces se analiza el pasado para entender el presente y esclarecer el futuro. Si, en cambio, se observa que en una sociedad predomina la categoría del futuro, entonces hay que analizar de qué se trata ese futuro para comprender el pasado y el presente. En Europa, hacia fines del siglo XVIII y durante el XIX, se pasó de un modelo basado en la categoría de pasado a uno fundado en la de futuro. El caso más claro es el de la Revolución Francesa. Allí se tomó conciencia de los cambios en las relaciones con el tiempo. Estos cambios no son automáticos o predeterminados. Son los momentos de crisis que cuestionan el curso del tiempo. Antes había una sociedad orientada hacia el pasado, donde la historia se dedicaba a la búsqueda de ejemplos para conducirse en el presente. La Revolución Francesa implicó la idea de progreso, de un tiempo orientado hacia el futuro y de una percepción muy fuerte de que el tiempo se aceleraba.

-¿Y qué implica una sociedad orientada hacia el futuro y otra basada en el presente?

-La predominancia de la categoría futuro se tradujo en la teoría del progreso y de desarrollo de la historia como potencia activa y autónoma que movía el mundo. Entonces las sociedades cambiaron sus formas de pensar y de actuar. Este modo dominado por el futuro fue el de las grandes historias nacionales que, por ejemplo, en América Latina, se construyeron hacia fines del siglo XIX. Desde hace tres décadas esta relación comenzó a cuestionarse. Creo que tiene que ver con el surgimiento de algo inédito: la preeminencia de la categoría del presente. A esto lo llamo "presentismo", para referirme a un presente que es visto como el único horizonte posible. Un presente que se encierra en sí mismo, que fabrica cotidianamente el futuro y el pasado que necesita, a través de los medios de comunicación y la difusión de hechos que inmediatamente son declarados históricos.

-¿La percepción del presente es la misma en todo el mundo?

-El presente presentista no es igual en todas las sociedades. Implica una uniformidad con la globalización en los mercados, en las comunicaciones y en la información. Pero en este movimiento hay muchísimas variaciones según las diferentes situaciones locales y regionales. El presente presentista no se articula de la misma manera: la uniformidad y la diferenciación son fenómenos que se desarrollan en simultáneo. Me interesa comparar las maneras en que esta especie de manto presentista va formándose en distintos contextos.

-¿Qué puede hacer el historiador frente a este presente?

-Convertirse en un mediador, reintroduciendo una perspectiva del tiempo y de la historia en el largo plazo y saliendo de la alternativa entre presente y memoria. Pero el historiador debe ser consciente de que no tiene el monopolio del pasado ni de la historia.

-¿A qué se refiere con la alternativa presente-memoria?

-En todo el mundo la memoria se consolida como el término más firme, más englobante, en detrimento del concepto de historia. La confrontación presentememoria es útil. En el caso de la Argentina, respecto a la dictadura, la memoria permite recuperar en el presente un conjunto de crímenes que se habían negado o que habían sido olvidados. Sin embargo, pienso que la memoria no debe tener la última palabra. La confrontación presente-memoria impide cualquier distancia para analizar lo que sucedió. La memoria es un instrumento indispensable. Hay un derecho a la memoria. Pero también debe haber lugar para el trabajo de los historiadores que buscan entender lo que ocurrió y renovar un curso del tiempo que permita al pasado ser pasado para que el futuro pueda desenvolverse. Mientras nos quedemos en la confrontación presentememoria, nos arriesgamos a permanecer en un tiempo que está suspendido; un tiempo que puede convertirse en resarcimiento, en resentimiento, impidiendo que se establezca una circulación entre el pasado, el presente y el futuro. El riesgo entonces es que las sociedades tengan la sensación de encontrarse en un presente perpetuo sin lugar para el pasado, para el futuro, ni para la historia.

-¿La historia es más objetiva que la memoria?

-La memoria está en el presente, en lo sensible, en la emoción, en los afectos. La historia se encuentra en la distancia, en el análisis, en la perspectiva crítica. Son diferentes maneras de tratar el pasado pero están conectadas. La memoria pone en marcha la posibilidad de la historia, pero no podemos quedarnos sólo en una memoria que desestime la historia por considerarla una ficción que está del lado de los vencedores y oculta el sufrimiento de los vencidos. La memoria no es la verdad sobre lo que pasó. Hay que encontrar una forma de coexistencia entre historia y memoria, y esta forma es inseparable de la manera en que una sociedad vive su relación con el tiempo.

© LA NACION .

Por Gabriel Entin y Adrien Delmas Para LA NACION
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