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La Sinfónica brilló con la música de Messiaen

Miércoles 18 de noviembre de 1998

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Programa: Sinfonía Turangalila. Solistas: Gerardo Gandini, piano y Pura Pénichet Jamet, ondas Martenot. Director: Francisco Rettig. Auditorio de Belgrano y Teatro Colón.

Dos semanas después de habérselas visto con la Sinfonía de los Mil, de Gustav Mahler, la Sinfónica Nacional se enfrentó el miércoles y el viernes últimos con una obra relevante de la música orquestal del siglo XX: la Sinfonía "Turangalila", de Olivier Messiaen.

No se trató de una apuesta sencilla, porque la obra del compositor francés, de alrededor de una hora veinte de duración, implica para la orquesta un trabajo de ensamble complejo.

La conducción de Rettig sumó aciertos a la Sinfónica
La conducción de Rettig sumó aciertos a la Sinfónica. Foto: Patrick Liotta

Escrita para una orquesta con una sección de percusión importante (nueve músicos y un set de placas que suena casi todo el tiempo: glockenspiel, celesta y vibráfono) más un piano y las ondas Martenot (uno de los primeros instrumentos electroacústicos) escuchar en vivo "Turangalila" ya vale la pena solo para disfrutar de la notable orquestación realizada por el músico de origen francés.

En la sinfonía, dividida en diez movimientos, Messiaen usa esta paleta sonora para producir tutti de un brillo cristalino e instrumentar melodías al unísono sobre ritmos asimétricos derivados de sus estudios sobre la música hindú.

Fuentes de inspiración

Las fuentes inspiración de Olivier Messiaen son diversas: la religión, la naturaleza (y dentro de esta categoría, particularmente el canto de los pájaros) y el amor fueron obsesiones recurrentes en toda su obra. "Turangalila", escrita entre 1946 y 1948 por un encargo de Serge Koussevitzky, no escapa a estas características.

Con un grupo de cuatro temas que reaparecen en cíclicamente y una organización formal de la obra se basa en la sucesión de secciones, por corte más que por fundido, no hay en Turangalila una idea de "composición sino de yuxtaposición", según lo señaló el francés Pierre Boulez.

En el Auditorio de Belgrano, la Sinfónica llevó a cabo la primera de sus dos presentaciones, con la dirección de Francisco Rettig. Allí demostró que el repertorio del siglo XX no es inalcanzable para la agrupación.

Una versión potente

En términos generales, la orquesta logró dar con el brillo y el color requerido para la obra con mucho empuje, aunque también es cierto, con cierta falta de matices.

Francisco Rettig se preocupó por ensamblar las diferentes texturas y no tropezar con los ritmos endiablados de la obra y lo logró con una marcación clara y segura. Pero tal vez por la preocupación de hacer que todo encaje en su lugar se aplanaron los matices de intensidad.

Gerardo Gandini en piano y Pura Pechinet en las ondas Martenot tampoco escaparon a las generales de la ley. A cambio, cada uno de las cadencias solistas que tuvo a su cargo Gandini volvieron a reafirmar la calidad musical del compositor cada vez que se sienta a tocar el piano.

Dentro de la orquesta fue notable la performance de la sección de metales, sin duda la que está pasando por su mejor momento entre sus pares de la Argentina. Los corales a cargo de los trombones y tuba llevaron adelante a la sección, que juega un papel clave en la continuidad de la obra.

También se destacaron los tres músicos encargados de la placas: Luis Favero, Fernando López (en la celesta) y Angel Frette (en préstamo de la Orquesta Filarmónica) que funcionaron a la perfección en la construcción rítmica que se inspira en los gamelan de Java.

Es cierto que hubo algunos detalles de ajuste que probablemente se podrían resolver con un poco más de ensayos. Pero la Sinfónica Nacional salió airosa y por lo tanto reafirmándose como una agrupación capaz y dispuesta a recorrer también los caminos poco transitados del siglo XX.

Martín Liut

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