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"Vivimos tiempos de estafas ideológicas"

El autor de La empresa de vivir despedaza sin piedad a los Kirchner y a los intelectuales de Carta Abierta, explica por qué apoya a Hermes Binner y por qué piensa que, antes que "comerse los sapos ideológicos", la sociedad debería respaldar a los políticos por sus valores Por Ricardo Carpena LA NACION

Domingo 18 de octubre de 2009
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"Se siente, se siente, Platón está presente". "Los muchachos hegelianos todos unidos triunfaremos". "Nietzsche, querido, el pueblo está contigo". "Aquí están, estos son, los soldados de Foucault".

Nadie imagina que los filósofos terminen entonando estribillos característicos de la militancia política argentina para expresar sus opiniones, pero es cierto que no son esos personajes algo exóticos que, a tono con el clásico estereotipo, se dedican a la contemplación y al pensamiento, aislados de la realidad.

Hay algunos, como Tomás Abraham, que asumen al máximo el fuerte compromiso con la opinión política e incluso con la acción política en sí misma. Claro que, en este caso, este hombre de 62 años que nació en Rumania, se graduó en Francia, dio clases en varias universidades y escribe libros y columnas periodísticas, se abonó a demasiadas polémicas en la Argentina por su estilo irreverente, cáustico, ajeno a los eufemismos. Que no elude hablar sobre el fenómeno de la televisión ni, mucho menos, el fútbol (es fanático de Vélez).

Que no sólo despedaza sin piedad a los Kirchner y a sus intelectuales aliados de Carta Abierta, sino que explica por qué adhiere a la figura del gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, pese a que califica al Partido Socialista de "pequeño y sectario", y por qué piensa que, antes que "comerse los sapos ideológicos", la sociedad debería respaldar a los políticos por sus valores, por sus modos de hacer las cosas y no por lo que dicen.

"Si veo que un gobierno se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz -dice Abraham durante la entrevista con Enfoques-, eso no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores".

El filósofo, autor de libros como Los senderos de Foucault , La empresa de vivir y El presente absoluto , desarrolla una agitada vida periodística: escribe una columna semanal en el diario Perfil y actualiza obsesivamente su sitio de Internet ( tomasabraham.com.ar ) y su blog, Pan rayado ( tomabra.wordpress.com ).

No es casual: "Eso es hacer filosofía -afirma-. Estoy todo el tiempo pensando ese misterio insondable que se llama Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Hoy, pensar es eso".

Las críticas se extienden, obviamente, a los intelectuales que adhieren al kirchnerismo, a los que Abraham acusa, entre otras cosas, de "elaborar y justificar" una serie de "discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano y discursos bolivarianos, todos comprados en la mesa de saldos setentistas". Y, además, a la ley de medios, a la que también considera "parte de la estafa", porque "todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín".

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-Una pregunta obvia, pero básica, para comenzar: ¿cómo debería ser la relación entre los intelectuales y el poder? Sobre todo porque esta es una época en la que el poder político no admite muchas discrepancias con el pensamiento dominante.

-La honestidad intelectual significa mantener la libertad. Y la adhesión no tiene por qué contradecirse con esa libertad. Es decir, el trabajo intelectual y la vocación intelectual te exige decir lo que pensás. Y callar únicamente cuando uno considera que está en riesgo la vida o la de los suyos. Pero en una sociedad democrática no hay otra alternativa. Uno puede adherir a un proyecto político siempre y cuando tenga total libertad de crítica. Yo, por ejemplo, adhiero al proyecto político del Frente Progresista de [Hermes] Binner, pero no estoy de acuerdo con muchas cosas y las digo y las escribo. Es fundamental que haya intelectuales de todo tipo que empujen las líneas de la conveniencia. Y que presenten los problemas y los obstáculos. Un político inteligente no sólo tiene que soportarlo, sino también darle lugar. No se da casi nunca.

-¿Incluye a los intelectuales de Carta Abierta? ¿Qué piensa de ellos?

-He pensado y escrito muchas cosas sobre Carta Abierta, y ninguna amable. (Risas.) Ellos nacen como un grupo político de apoyo a un gobierno que se ve desafiado por grupos sociales en la crisis de marzo de 2008. El Gobierno hace lo que vino haciendo casi desde los inicios de su gestión, desde que inaugura el Museo de la Memoria en la ESMA: apropiarse de cierta reivindicación de la sociedad argentina, darle un uso político para legitimar una política oscura en donde el manejo de los dineros públicos es reservado, en donde hay enriquecimientos aparentemente ilícitos, en donde se organizan nuevas cúpulas oligárquicas que adquieren poder una vez que llegan al gobierno. Y todo esto es legitimado por discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano, discursos bolivarianos. Es decir, fueron al mercado y compraron todo lo que había de saldos setentistas. Y esto es coordinado, elaborado y justificado por gente de la cultura que trata de crear un manto de protección sobre lo que ellos estiman que es un gobierno popular y frente a lo que denominan la "nueva derecha". Se ha creado algo que llamo el "sentimiento militante", que fertiliza en la generación de la "juventud maravillosa" una vejez maravillosa en la que el sentimiento militante es volver a vivir con aquellas consignas que ayudan a soportar el paso del tiempo.

-¿Son sólo sentimientos o también implica tratar de aplicar esos contenidos que vienen del pasado?

-La revolución comunista no se da en la esquina y algo ha pasado en los últimos 35 años. Para algunos no pasó nada y se puede volver como si el camino fuera el mismo. El sentimiento militante sirve para que, sin hacer gran cosa, quizá firmando alguna solicitada, uno pueda sentir que es parte de este rejuvenecimiento, de este revival . Y la participación de esto se logra de manera muy sencilla, se logra odiando al campo, odiando a Clarín , odiando a Coto. Odiando un par de cositas muy baratas se logra lo que en otra época fue una tragedia en vida. Es algo que impermeabiliza a ciertos sectores de la cultura, principalmente porteña, gente de Ciencias Sociales, de las facultades, alguna gente de teatro, alguna gente de los medios... Eso permite todo este tipo de ideologismo que poco tiene que ver con aquello que le puede dar al país un futuro que sea un poco distinto del pasado y un poco distinto también del presente.

-Usted seguramente cree que este gobierno nunca fue progresista.

-No creo en esas etiquetas, cuando uno dice que ése es de derecha y el otro es progresista. Creo más en algo que dice "Pepe" Mujica, el candidato a presidente de Uruguay: nos tenemos que juntar en base a una idealidad común y no en base a ideologías, como antes. ¿Qué es una idealidad? Tiene que ver con ciertos valores y ciertos modos de hacer, no con ciertos modos de discursear. No me importa la palabra progresista. ¿Qué se hace con eso si hay un gobierno que no tiene una sola denuncia por corrupción en veinte años de intendencia, como en Rosario? Pero si veo un gobierno que se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz, no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores.

-Usted es un hombre muy mediático. ¿Dónde se ubica en el debate sobre la nueva ley de medios?

-Es parte de la estafa. Todo el mundo sabe por qué. Casi todo el mundo sabía lo que pasaba durante la dictadura, casi todo el mundo sabía que había desaparecidos Todo el mundo sabía que [Carlos] Menem era corrupto y lo votaron igual en 1995, casi con el 60 por ciento. Y todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín. Todo el mundo decía: "No tienen vergüenza los de Clarín de sacar estos titulares a favor de Kirchner". Pero era inevitable romper el pacto salvo que el grupo Clarín quisiera quedarse sin avisadores, sin lectores, sin oyentes, sin televidentes, cuando había medio país levantado en las rutas. Yo soy un ciudadano común: leo el diario, escucho radio, veo televisión y navego por Internet. Que me digan que yo viví bajo un monopolio no es sólo faltarme el respeto a mí y a millones, porque prendo la radio a las 6 de la mañana y empiezo con la emisora de las Madres de Plaza de Mayo, y después lo escucho a [Luis] D´Elía, y después a Magdalena [Ruiz Guiñazú], y luego a [Ernesto] Tenembaum y sigo hasta Chiche [Gelblung]. ¿De qué monopolio estamos hablando? ¿Que Clarín tenía un peso excesivo? Sí, gracias a Kirchner. ¿Por qué le regalaron el cable? No tengo la menor idea. No me cabe duda de que Clarín ocupa una porción importante de la torta, pero, ¿para qué hay una ley de defensa de la competencia? Se puede regular el mundo mediático como se debería hacer con las fábricas de galletitas. ¿O sólo hay un peso excesivo en el mundo de los medios? Todo esto es para embarrar la cancha con el fin de hacerse de un beneficio. ¿Cuál? El de siempre: ocupar más lugares de poder económico y político por parte de esta nueva oligarquía kirchnerista.

-Usted es muy duro, pero el socialismo, al cual adhiere, votó la ley.

-Lo critiqué en Perfil . Hay algo que le toca en el talón de Aquiles a cierto progresismo, que tiene una idea del Estado como si fuera un ángel con un arpa. Entonces les dicen: a Aerolíneas hay que sacarla de la esfera privada y pasarla a la estatal. Y después, lo mismo con las AFJP. O que [Guillermo] Estévez Boero también pensó en una ley de radiodifusión. Todo forma parte de la idiosincrasia socialista. Y le están entregando los dineros del pueblo a un gobierno de cajas reservadas y que no rinde cuentas de lo que hace. ¿Que están socializando? No, están privatizando. Porque la privatización no es únicamente hacer privado un servicio público, sino también apropiarse privadamente de los dineros públicos.

-¿Y el papel de la oposición? Faltan ideas, pero hay un intento de Duhalde y de Rodolfo Terragno de alcanzar un pacto de gobernabilidad sobre la base de acordar políticas de Estado.

-Son intenciones o deseos. Y me permito desconfiar de Duhalde. ¿Qué antecedentes tiene para que confíe en él? ¿Por su labor como intendente o como gobernador? ¿Por haber sido vicepresidente de Menem? ¿Por haber sido uno de los que diagramó el golpe de Estado popular contra [Fernando] De la Rúa? ¿Ahora, de repente, él me va a garantizar la paz social en la Argentina? No sé qué hace Terragno ahí. Pero no sé si antes no prefiero a Kirchner. Duhalde sería como volver a una especie de fascismo criollo.

-Y a Kirchner, ¿dónde lo ubica?

-No sé. Ahí no hay doctrina, es un pragmático. Como Menem. Son muy parecidos, aunque con estilos diferentes. Son un poco psicópatas. El poder los vuelve locos. No es gente sana del todo, es un poco perversa.

-¿Y Julio Cobos? ¿Y Carrió?

-Cobos tiene una ventaja: es mentiroso, algo que en política, a veces, rinde. No le veo nada adentro (se señala la cabeza). ¿Qué Argentina nos propone? ¿Trae de Mendoza algo especial? No sé qué hace un vicepresidente. Con la resolución 125 tuvo un buen voto. De la Coalición Cívica sabemos que a [Elisa] Carrió hay que ayudarla, ya que ella no nos va a ayudar a nosotros. [Pino] Solanas cree que todavía estamos en 1950. Y después hay dirigentes interesantes como [Margarita] Stolbizer o [Martín] Sabbatella. Hay que seguir apoyando a aquellos que ocupan pequeños poderes, pero que son distintos, que son ejemplos. Pero de Sabbatella, por ejemplo, el discurso ideológico no vale nada. Lo que vale es qué hizo en Morón. Rajó a [Juan Carlos] Rousselot. ¿Por qué le tiene confianza la gente? De eso quiero hablar, no de que Aerolíneas está bien. Quiero que me hablen de lo que hacen, porque a veces lo que dicen no coindice con lo que hacen. Hoy, la política es otra cosa, es lo que hacés. No importa si [Nicolas] Sarkozy en un momento era de derecha. Por algo se fueron muchos socialistas con él. No nos comamos los sapos ideológicos. Ni siquiera de [Silvio] Berlusconi. ¿Los italianos son todos fascistas porque lo apoyan? Abramos un poco la cabeza. Hay que ver qué hacés, qué hiciste por la gente. La ciudadanía argentina siempre depositó en los políticos los males o la salvación. Como si no fuera responsable. Es todo lo contrario. Se ha dejado sola a gente muy capaz.

-¿Por qué confía en Binner?

-Hay algo más importante que el apoyo a la ley de medios, que es el modo en el que él concibe hacer política. Y más importante que su partido, que es sectario y pequeño. Con él no se puede hablar de política, sino del hospital que está haciendo, de las escuelas que está construyendo. Tiene una visión distinta de lo público. Es práctico, no pragmático. No me recita a Alfredo Palacios ni me habla del contrato moral ni de las mafias que están enquistadas en el poder. El muestra que se puede gobernar de otro modo. Yo tenía un proyecto de juntar a profesionales e intelectuales con gente de gestión. Esa era la idea por la que se creó este lugar que coordino, el Centro de Estudios Muncipales y Provinciales.

-¿Sale algo distinto de juntar a intelectuales con funcionarios?

-Con un gobierno abierto a la innovación, con ganas de transformación y que está en plena gestión, se le puede enseñar a estos intelectuales que manejar un gobierno no es únicamente aplicar la matriz de una ideología, porque te encontrás con los escollos y tenés que negociar cosas. Eso le puede enseñar el funcionario al intelectual, y éste le puede abrir la cabeza porque una vez que entra al gobierno se mete en la burocracia. Para mí, esto es hacer filosofía: estoy todo el tiempo pensando este misterio insondable que se llama República Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas.

-¿Cómo lo ayuda la filosofía a entender profundamente el país?

-Es primordial. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Jorge Semprún, el gran escritor que fue ministro de Cultura de España, dijo que ser progresista no es de a poco, es día a día. Y yo trabajé en una empresa familiar durante 20 años y aprendí lo que es el día a día. Hoy, pensar es eso. Ir a lo puntual y tratar de crear conexiones. No poner la matriz en una cosa gorda, inalcanzable.

MANO A MANO

La sola idea de charlar con un filósofo puede asociarse con la solemnidad, con el desafío de intentar decodificar un discurso alambicado y lleno de citas incomprensibles. Pero Tomás Abraham es lo menos parecido que he visto al estereotipo del filósofo académico. Es inquieto, chispeante, arbitrario, apasionado, contradictorio. Lo entrevisté en su estudio de Palermo, con clima de atelier parisiense, lleno de libros, papeles, fotos de Janis Joplin y Billie Holiday y, sobre todo, un enorme banderín de Vélez Sarsfield. Es un buen orador, rápido, agudo, pero sus análisis pueden desorientar. A veces parece de derecha, a veces de izquierda. El lo sabe y, me pareció, disfruta de este juego de apariencias. "Hay gente que me odia, ¿no?", me preguntó cuando hablamos de su estilo punzante, controvertido. Aun así, se negó a responder al ping-pong que le propuse para saber qué pensaba sobre intelectuales como Beatriz Sarlo o José Pablo Feinmann. "¿Por qué tengo que opinar sobre ellos? Sigamos, porque todo el esfuerzo que hago por pensar se va a perder cuando la gente diga: ´¡Mirá lo que opina de Feinmann!´. Que cada uno haga lo que quiera". Debo admitir que me pareció una filosofía inteligente.

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