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La liberación de las palabrotas

PARA LA NACION
Viernes 23 de octubre de 2009 • 02:50
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Todos sabemos que, durante su celebrada intervención en el Congreso de la Lengua Castellana en Rosario, Roberto Fontanarrosa pidió la amnistía para tres malas palabras clásicas como "mierda", "pelotudo" y "carajo". Lo hizo con mucha gracia, preguntando: "¿Por qué son malas estas palabras? ¿Les pegan a las otras palabras?".

Fue un hallazgo de humor absurdo, sobre todo insertado en un Congreso de la Lengua. En este mismo sentido, escuchamos una y otra vez repetir que "las malas palabras no existen". Por supuesto que sí existen, y en todos los idiomas. En italiano, una palabrota es una "parolaccia", y ha servido también para bautizar a un clásico restaurant de Buenos Aires. Los americanos hablan de "Four Letters Words" (palabras de cuatro letras) refiriéndose a "fuck, shit, cunt", etc.

En el uso cotidiano, las palabrotas tienen idéntica función para todos los idiomas. Los yanquis preguntan: "¿Qué significa esta «fucking»" situación?. Los italianos: "¿Y esto qué «cazzo» es?". Los españoles: "¿Qué «coño» pretendéis?".

Básicamente, la palabrota es una reserva idiomática. Es decir: un vocablo tabú que el habla cotidiana no emplea. Sólo entra en juego para enfatizar el contenido emocional de una frase: denota furia, exasperación, rabia, o bien entusiasmo y euforia. Se usa sólo en situaciones límite, y por lo general entre personas de confianza, ya que su contenido sexual o directamente obsceno (fuera de lugar, fuera de escena) representa una falta del debido respeto a una dama, a un desconocido o a una persona mayor.

Bromas aparte, entonces, las malas palabras existen y cumplen un servicio. Incluso hay cómicos que las utilizan con extraordinario arte, como Jorge Corona, Yayo Guridi o Tangalanga. Otros humoristas, como Luis Landriscina, jamás han dicho una palabrota en 50 años de carrera. Digamos que son maneras de trabajar la palabra y cultivar el humor, todas válidas.

La reciente explosión mediática de Diego Maradona, durante una conferencia de prensa en el estadio Centenario de Montevideo, tras el partido Uruguay 0- Argentina 1, fue precisamente una revancha del técnico argentino contra los periodistas que criticaban su trabajo: "La chupan", dijo. Y luego agregó: "La siguen chupando". Dirigiéndose a uno de los cronistas que lo había criticado, Juan Carlos "Toti" Pasman, expresó: "Vos sí que la tenés adentro".

Antes de Maradona ya existían estas salidas de tono. Por ejemplo, supo decir el presidenciable argentino Carlos Reutemann: "Que la candidatura se la recontrametan en el medio del culo". En su momento, el ex-presidente Eduardo Duhalde expresó que nuestro país tenía "una clase dirigente de mierda". El dirigente piquetero Luis D´ Elía dijo por radio, en diálogo con el actor Fernando Peña: "Te odio Peña, odio tu casa, odio tus coches, odio a la gente como vos, odio a la puta oligarquía". Y hasta la señora Mirtha Legrand fue sorprendida exclamando: "¡Mierda, carajo!". Con esto demostró ser una verdadera dama, ya que las dos palabras no se usan juntas, y menos en ese orden, con lo cual podemos apreciar que no está acostumbrada a usarlas.

Ahora bien: después de las expresiones de Maradona, que dieron la vuelta al mundo y fueron noticia en todas partes por la fama de quien las había pronunciado, cundió la fiebre de la imitación. Otras personas se sintieron convocadas a decir lo que sentían, con ese mismo lenguaje. Francisco de Narváez, diputado argentino: "Todos me agradecen por haberle roto el culo a los pingüinos". Podríamos sumar al músico René Pérez, líder del grupo musical Calle 13 premiado por MTV: "Como dijo el gran filósofo argentino Diego Maradona, a toda la gente que no creyó en mí...¡Que me la mamen!".

Hasta aquí hemos narrado desapasionadamente la secuencia de unos aparentes cambios en el lenguaje. Pedimos disculpas al lector si la retahíla de maldiciones se hace pesada y grosera. Desde ya, aceptemos que estamos desgastando la carga de "tabú" que tienen estas expresiones, cuyo sentido consiste en pronunciarse sólo en situaciones límite. Pero estamos intentando encontrar una explicación para lo inexplicable.

Primera teoría. Así como los españoles tienen una fabulosa intimidad con la lengua castellana, empleando los verbos, sustantivos, adjetivos, refranes y proverbios con natural exactitud, ya que el idioma y ellos coexisten desde hace quince siglos, así mismo los porteños (no los argentinos, sino los porteños) somos, en gran parte, nietos e hijos de gringos. Nos hemos criado con miedo a las palabras, ya que el gringo, frecuentemente, no sabe bien cómo se escriben ni qué significan. Este miedo a decir algo incorrecto se refleja en el discurso frecuentemente trabado y lleno de lagunas que elabora con gran esfuerzo un oficial de policía -tratando de relatar un choque o un asalto- o el clásico futbolista. Es decir: nosotros, los porteños, tenemos un problema con el idioma, y dadas las falencias de la educación pública en las últimas décadas, ese problema ya se refleja en los periodistas, los abogados o los altos dignatarios. No es difícil escuchar "exena" en lugar de "escena" o "digalén" por "díganle", o "motus propius" en lugar de "motu propio". Se advierten gruesas faltas de ortografía en revistas y video-letreros. Ni hablar de los SMS. Los porteños están peleados a muerte con el idioma. Tanto tropiezan con él, tanto le temen, que se aturullan frente a las palabrotas. Por ejemplo, es común que el periodista porteño, para escribir decorosamente "hijo de tal por cual", escriba h... de p... ¡Como si "hijo" fuese una palabrota! Lo correcto, obviamente, es "hijo de p..."

Entonces, cuando este pueblo porteño atormentado por las palabras se siente autorizado a hablar "come ti a fatto mamma" es decir con las obscenidades que brotan de su alma como agua de manantial, se produce un auténtico derrame de maldiciones sin ton ni son. En este sentido, la avalancha de palabrotas es un fenómeno exclusivamente porteño.

Maradona no ha hecho más que abrir accidentalmente una compuerta.

Segunda teoría: la Argentina vive desde los ´80, con el regreso de la democracia, una extraordinaria confusión. Se ha establecido que nada puede prohibirse ni reprimirse. De lo contrario caeríamos en la dictadura fascista bajo la férula de los milicos. Por eso todo vale: cortar calles y puentes, apedrear vidrieras y tomar colegios o fábricas, ocupar tierras o estancias u hoteles desalojando a sus legítimos dueños. Y también insultar, injuriar, calumniar. Agredir en patota. A esto contribuye bastante el libre juego instituido por Internet en los últimos 10 años: cualquier mediocre puede insultar a una persona respetable desde su confortable anonimato. Hoy sería posible escribir, por Internet, al pie de un meduloso ensayo filosófico de Wittgenstein: "¡Bah, pavadas!". Mediante el insulto, todo se ha nivelado violentamente hacia abajo.

Agreguemos un detalle más: por algún motivo los porteños confundimos agresión, guerra, odio, con el acto sexual. Por eso todo se traduce en un chupar o un romper que, en realidad, se refieren a asuntos muy íntimos de la condición humana. Muchas personas utilizan verbos que están referidos al amor para aplicarlos a la violación, que casi siempre es violación homosexual y contra natura.

Como todos los fenómenos sociales verdaderos, este ya se ha instalado en la infancia. Será difícil alterar su curso.

Mamá le dice a Clarita, de 12 años:

- Clari, por favor, hacé tu cama.

- ¡Ay, ma! ¡Chupala!

Un niño de 11 años baraja estampas de superhéroes, separando las "fáciles" de las "difíciles": "Esta la chupa, esta también la chupa, esta otra la chupa...¡Esta sí, esta es buena!". Digamos, todas aquellas que valen poco "la chupan".

Dicho todo esto, debemos pedir perdón a los lectores por las barrabasadas que hemos escrito. Señores: no fue esta la educación que me dieron mis padres, y mucho menos el Colegio Nacional de Buenos Aires. Nos arrepentimos, pues, con Francisco de Narváez -que tuvo el buen sentido de pedir disculpas- y prometemos que no volverá a suceder.

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