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Una TV autorreferencial que ha perdido el rumbo

Por Luis Alberto Quevedo Para LA NACION

Sábado 31 de octubre de 2009
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La televisión que se produce en la Argentina en estos tiempos ha perdido el rumbo. Seguramente será pasajero, pero hoy no es posible encontrar un centro de gravedad en la pantalla: ya no hay géneros dominantes (como los hubo en la época de los realities shows ) ni se han estabilizado los horarios de programación ni se sabe hoy a qué públicos se está seduciendo. Lo que existe es una farándula propia que se ha adueñado de las pantallas. Se trata de un grupo heterogéneo de personajes indefinidos que circulan y se presentan, a un tiempo, como entrevistados o entrevistadores, conductores y conducidos, estrellas o estrellados. Nadie podría definirlos bien. Las pantallas de nuestra TV -que siempre han sido complejas y heterogéneas- hoy son más bien livianas, bizarras, decadentes y de experimentación.

El desconcierto y la incertidumbre han llevado a que los únicos programas aceptados sean las producciones de bajo costo (obligadas al éxito inmediato), sobre la base de figuras y formatos ya probados y cuya vida útil será siempre muy escasa. Tal vez sea por eso que se repiten personajes que no hacen más que mutar y diseminarse por las distintas pantallas: la memoria electrónica es frágil y por eso la TV se repite una y otra vez.

En los últimos tiempos han surgido, por ejemplo, muchos programas de humor que no han sido capaces de convocar al público de manera significativa y que suelen repetir personajes que han tenido escaso éxito. La única excepción es, quizás, uno de los mejores programas argentinos de televisión y al mismo tiempo el más efímero: Peter Capusotto y sus videos.

Nuestra televisión se ha vuelto definitivamente autorreferencial. Todo lo que se emite parece haber sido hecho sólo para que otros programas hablen de ellos. En este panorama, crece lo que podríamos denominar "nuestra televisión bizarra". Se trata de programas de difícil clasificación, con figuras que no aspiran ni a la calidad ni a la innovación, sino a ser consumidas por sus rarezas (un recurso que el circo utilizó en el siglo XIX y XX). El mejor ejemplo es el programa conducido por Anabela Ascar (Hechos y protagonistas), donde se presenta al personaje más difícil de clasificar y entender en toda la historia de nuestra pantalla, la inefable Zulma Lobato.

También existe una zona premiun que debe destacarse y que apunta a públicos muy específicos. La TV argentina sigue produciendo novelas, documentales y unitarios de buena calidad y que convocan al público. El formato de las tiras diarias de los últimos años (desde Resistiré hasta Valientes, pasando por Vulnerables, Lalola o Verdad consecuencia) sigue mostrando el talento de directores, actores, guionistas y productores.

Los espectadores están hoy algo desconcertados con tanto desconcierto televisivo. El fútbol ha invadido las pantallas, los noticieros están siempre crispados y la violencia parece ser el único tema de los programas sociales. Ese mismo llamado a la mesura y la calma que muchos hombres de la televisión les hacen a los políticos, deberían aplicarlo a las pantallas, para producir un regreso a la inversión, la creatividad y el gusto por lo nuestro.

© LA NACION

Sociólogo, especialista en medios, profesor de Flacso y UBA

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