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LA NACION
Sábado 31 de octubre de 2009

Pablo Sirvén leía con devoción de adolescente las ácidas crónicas televisivas que Carlos Ulanovsky escribía en la revista Satiricón . Esos artículos prehistóricos en los que se practicaba la corrosión y el humor pero también la observación sociológica de la "caja boba" estaban confirmando en Sirvén una vocación profunda y secreta. Tomó como una señal del destino encontrar, pateando una tarde por la avenida Corrientes, un libro de Ulanovsky y Sylvina Walger en las bateas de una librería de usados. El libro en cuestión se llamaba TV Guía Negra y estaba precisamente en las listas negras de la dictadura militar. El ejemplar tenía incluso una dedicatoria de puño y letra de Ulanovsky. Pablo lo compró y lo leyó en dos noches, sin sospechar todavía que elegiría el mismo camino que su maestro y que el azar urdía para los dos una larga sociedad de elegantes discrepancias y conmovedores afectos.

Ulanovsky y Sirvén entendieron desde jóvenes que la televisión metaforizaba los temas de fondo de la Argentina, que funcionaba como espejo deformante de los argentinos y que se constituiría -tal como sucedió- en el más fuerte sistema informal de educación. Mientras que la educación primaria y secundaria dura aproximadamente 12 años, la tele se ve toda la vida. Una cátedra eterna que nos seguirá hasta la vejez y que nos enseñará lo más excelso junto con lo más degradante y tóxico de la vida. La crítica televisiva que practicaron fue, en verdad, una crítica política y sociológica de lo que la televisión daba, ocultaba y sugería.

Ambos se transformaron, a través de sus libros, en historiadores de los medios de comunicación. Y junto a Silvia Itkin escribieron en 1999 Estamos en el aire , una revisión de la televisión argentina desde su inauguración. Diez años más tarde, Sirvén y Ulanovsky vuelven al tema para narrar y abordar de manera crítica esta última década que les faltaba.

Ha sido una década terrible para la Argentina, que pasó por hiperrecesión, crisis institucional, devaluación, la destrucción del bipartidismo, el regreso de la inflación alta y el cambio total de paradigmas políticos y sociales. La televisión sintió el impacto de ese cataclismo y del avance de las tecnologías. Qué desastre la TV (pero cómo gusta) pone en blanco sobre negro los significados no tan aparentes de los contenidos que produjo la pantalla chica mientras el mundo se derrumbaba, renacía y volvía a derrumbarse. La televisión resistió con talento la debacle, a veces ayudó a profundizarla y en ocasiones la registró como nadie.

Sirvén y Ulanovsky piensan diferente en varios puntos. El primero luce filoso frente al sistema kirchnerista de medios, el segundo rescata con entusiasmo algunas propuestas de la televisión pública. Uno se opuso abiertamente a la ley de medios. El otro la apoyó con argumentos independientes. Pero esto no les impidió la tolerancia, ni el respeto mutuo, ni la posibilidad de enriquecer el texto con miradas divergentes. Un extraño ejemplo en estos tiempos de violentas dicotomías y enfrentamientos.

jdiaz@lanacion.com.ar

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