Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Matrimonio y heterosexualidad

Los proyectos de ley para legalizar el matrimonio entre homosexuales intentan crear una realidad ilusoria

Jueves 05 de noviembre de 2009
0

La Cámara de Diputados ha comenzado a debatir formalmente en algunas de sus comisiones dos proyectos de ley que coinciden en proponer la modificación del Código Civil a fin de permitir que dos personas de un mismo sexo puedan contraer matrimonio legal.

En efecto, las comisiones de Legislación General y de Familia de la mencionada cámara comenzaron días atrás a examinar ambas iniciativas. Al finalizar la reunión, algunos legisladores declararon que la reforma del código podría quedar concretada en el recinto antes de fin de año. Tal declaración enciende una luz roja en el horizonte que obliga a considerar los esencialísimos valores de carácter moral y de orden natural que podrían resultar afectados.

La intención de ambos proyectos legales, según se dijo en el curso del debate, es combatir la discriminación a que supuestamente están sometidas las personas de condición homosexual, debido a que sus relaciones de pareja no son reconocidas como matrimonios por el derecho civil.

Si eso es lo que se argumenta, resulta imprescindible señalar, desde ya, que se trata de un concepto absolutamente equivocado. Las personas de un mismo sexo no pueden contraer matrimonio debido a una absoluta imposibilidad de la naturaleza, no porque sean discriminadas por la ley civil. Podrán entablar otro tipo de relación, pero no una unión de carácter matrimonial, ya que el matrimonio -como lo indica el más somero análisis racional y como surge del propio concepto de familia y de la vida misma- es una institución reservada a la heterosexualidad.

Lo que se está pretendiendo, en consecuencia, es que la ley civil consagre una realidad ilusoria, una institución imposible. La unión de dos personas de un mismo sexo es el resultado de una opción de conciencia que no está prohibida por la ley y que cuenta, por lo tanto, con pleno amparo legal. Pero no es de ninguna manera un matrimonio. Y ello no se debe a un capricho discriminatorio de los legisladores ni atenta contra el derecho de ningún sector cultural, social o religioso. Se debe, simplemente, a que el matrimonio es una opción de vida que presupone la constitución de una familia y, en consecuencia, exige necesariamente la participación protagónica de un hombre y una mujer.

La homosexualidad es el fruto de una opción personal y, como tal, debe ser respetada. Pero el matrimonio, como institución, también debe ser respetado. Y debe ser respetado con su historia, con su identidad, con su extensa y fructífera tradición cultural, tan unida a la evolución histórica del concepto de familia.

Afirmar la heterosexualidad como requisito para la formalización de un matrimonio no es discriminatorio ni es contrario al principio de la igualdad ante la ley. Es, simplemente, el resultado de un hecho: el que nos lleva a aceptar, con la mayor objetividad posible y en homenaje a la coherencia que deben tener las instituciones, aquellos presupuestos y aquellos límites ineludibles que impone la propia realidad humana. Cuando las leyes se vuelven contra la naturaleza de las cosas, pierden autoridad y fundamento, y se desnaturalizan por completo. Y se convierten, lo que es más grave aún, en expresiones vacías de contenido real.

Entre los proyectos de ley que se están analizando figura también la muy controvertida propuesta de otorgar a las parejas de homosexuales el ejercicio del derecho de adopción. Se trata de un tema que afecta, obviamente, los derechos de los menores y de las personas futuras y que obliga, por lo tanto a extremar el sentido de responsabilidad social implícito en todo acto legislativo.

No se debe olvidar que toda ley tiene un espíritu ejemplarizador y encierra una señal orientadora para la sociedad, lo cual impone la obligación de considerar, en cada caso, los valores propios de la tradición cultural de cada pueblo y su relación con el patrimonio moral e histórico de una determinada comunidad.

La tradición cultural argentina tiene, por cierto, bastante que decir sobre estas cuestiones. Sería un gravísimo error legislar no sólo de espaldas a la naturaleza, sino también a un repertorio de valores y principios que conservan vigencia cotidiana en la vida de nuestro pueblo.

Debemos respetar a los homosexuales en su dignidad y en su libertad de elección y de conciencia. Pero respetemos también tradiciones y dignidades que están en la esencia de nuestra tradición y de nuestra cultura.

Una nación no se construye destruyendo o dañando a un sector en beneficio de otro. Se construye respetando todas sus realidades y todas sus vertientes culturales y humanas.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas