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Cómo convertirnos en potencia tecnológica

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LA NACION
Viernes 06 de noviembre de 2009

Es ley. La tecnología electrónica se ha vuelto un bien suntuario. Excepto, claro, que se fabrique en Tierra del Fuego. Puesto que no toda la tecnología electrónica se fabrica en Tierra del Fuego y la que se fabrica (un porcentaje ínfimo de todo lo que existe en este siglo XXI digital y febril) carece en muchos casos de la escala para suplir al mercado local, la conclusión es que la mayor parte de la tecnología ahora será más cara.

No voy a hacer un análisis sobre lo que traerá esta ley. Ya lo dije en su momento. Atrasará el clima tecnológico de la nación. En un mundo que multiplica su eficiencia y competitividad gracias a los dispositivos digitales, la Argentina acaba de convertir en ley que esas herramientas sean más caras, y equipara los smartphones con las estufas eléctricas. En un mundo acuático, nuestro país aumentaría el impuesto a los botes, excepto que fueran fabricados en una de sus provincias.

Así que las consecuencias son obvias. Basta leer a nuestros comentaristas toda vez que este tema sale en lanacion.com para entender que a nadie escapa que se trata de un impuesto que afectará más a quienes menos tienen y, a largo plazo, dañará a la misma industria que -supuestamente- pretende proteger. No hace falta que lo repita aquí.

Mi pretensión, ahora que finalmente tenemos esta ley, es otra. Confieso que tenía alguna esperanza de que no se aprobara. De hecho, hubiera querido que se hiciera exactamente lo contrario, es decir, que se redujeran las cargas sobre estos bienes. Pero no ocurrió así. Lo que haré en esta columna es dibujar un mapa de cómo nuestra nación puede convertirse en una potencia tecnológica. A fin de cuentas, ¿por qué no?

Veo caras de asombro. Oh, sí, siempre las veo cuando hago esta afirmación. Pero colosos como Samsung y Nokia no se originaron en países enormes y poderosos (como Estados Unidos, China o Canadá), sino en pequeñas naciones que habían sufrido guerras, genocidios y opresión, como Finlandia y Corea del Sur. Y sin embargo, allí están, en la proa del mundo. ¿Lo consiguieron acaso aumentando los impuestos a las tecnologías que no se fabricaban en una de sus provincias?

No, claro que no.

La Argentina no sólo es el octavo país más grande del planeta (es decir, está en el mismo club que Estados Unidos, China y Canadá), sino que, al revés que Japón, Corea del Sur o Finlandia, está atiborrada de riquezas. Pese a esto, cuando planteo que nuestra nación tiene todo para convertirse en una potencia tecnológica me miran como si estuviera hablando tonterías.

Aquí la única tontería es que la Argentina no sea una potencia en todos los órdenes.

Sin embargo, el crecimiento de una industria tecnológica nacional sana y poderosa será, si ocurre, fruto de una constelación de medidas y políticas de Estado, no de un impuesto aislado. Incluso si lo que se aprobó el miércoles a la tarde fuese un ejemplo de políticas impositivas bien diseñadas, no alcanzaría para impulsar la industria. Nunca una sola medida produce tales milagros. Esos razonamientos son propios del pensamiento mágico.

Nos llevaría, además, varias décadas consolidarnos como potencia tecnológica, manteniendo firme el timón durante muchos períodos presidenciales sin que el color político nuble el dial de la brújula. Estos no son procesos simples y tampoco son rápidos. Los que pasaron de no tener nada a dominar mercados enteros lo hicieron luego de un esfuerzo sostenido y por medio de una docena de políticas de Estado no sólo inquebrantables, sino también inteligentísimas. A fin de cuentas, se trataba del futuro de sus naciones.

La industria de la tecnología digital impone un desafío adicional: dada su naturaleza, produce mucha retroalimentación (positiva o negativa). Es decir, cuanta más tecnología hay disponible, más rápido se avanza. Y viceversa.

Más aún: como ya no existe ninguna industria en la actualidad que no tenga alguna relación con los chips, las telecomunicaciones o ambos, ser una potencia industrial hoy significa una sola cosa: ser una potencia digital de alta tecnología.

Hasta actividades antes separadas de la electrónica como por un abismo, caso de la agricultura y la ganadería, hoy se benefician inmensamente de la alta tecnología, y lo harán todavía más en el futuro. Imagínese nada más un campo sembrado no sólo con soja, sino con decenas de miles de microagentes semi inteligentes que pudieran enviar datos a computadoras capaces de analizar desde el clima hasta la salud de las plantas. Esto ya está al alcance de la vista, no es para dentro de un siglo o dos.

Receta para avanzar

¿Cómo se llega a ser una potencia tecnológica? Bueno, no es difícil de pensar, en realidad, y basta mirar lo que han hecho otras naciones en los últimos, digamos, 30 años.

Primero, educación, educación, educación. Cualquier empresario del software le dirá hoy lo que cuesta encontrar programadores en la Argentina. Los buscan directamente en las universidades. Les ofrecen un empleo antes de que los chicos se hayan graduado.

Me contaba hace unos días el fundador de una empresa local de hardware que se ve obligado a reclutar a sus técnicos en electrónica directamente en las escuelas secundarias.

Es decir, hay escasez.

Pues bien, cambiar ese estado de cosas es la base de todo posible futuro industrial. Formar mano de obra calificada en todos los órdenes, desde el ingeniero hasta el publicitario, desde el operario hasta el transportista. Crear expertos. Sumar know-how . Nokia (de nuevo) hace el 60% de su investigación y desarrollo en Finlandia, y aun así su mayor desafío es conseguir expertos. Esto, en un país que nos dio a Linus Torvalds (creador del núcleo de Linux) y a Jarkko Oikarinen (inventor del Internet Relay Chat).

Este es un mundo -y lo seguirá siendo durante mucho tiempo- donde el conocimiento es poder. Creer en cualquier otra cosa es tener el reloj atrasado un siglo. Fomentar la excelencia como meta en la escuela y la Universidad es la semilla de una potencia en la civilización moderna. Este signo se acentuará con el paso de los años.

Luego, apostar a la investigación, incluso a la investigación básica, es la otra política de Estado que va de la mano con la educación. Hoy una patente se cotiza mejor que el oro. Junto con la formación de profesionales, los laboratorios son el otro eje de toda potencia industrial en el mundo de hoy.

Pero de poco serviría formar e investigar sin coordinación, sin orden ni concierto. Ya hemos visto los resultados de eso: exportamos cerebros. A lo sumo, nos sentimos orgullosos porque hay argentinos en la NASA o en Microsoft. Vaya negocio.

Además de formar e investigar es necesario sentar a la misma mesa al Gobierno, las universidades, los centros de investigación, los industriales y los gremios. Es una de las muchas cosas que hizo bien Finlandia, y por eso hoy tiene un Nokia. Y no tomó esta medida básica en 1890. Lo hizo en 1986. Podríamos haber hecho lo mismo.

Todo lo dicho terminaría en fracaso, no obstante, si no se tiene otro factor en cuenta: la infraestructura. Las industrias necesitan electricidad, agua, gas, transporte y telecomunicaciones. No se fabrican microprocesadores solamente con buenas políticas o con científicos de primera línea. Esta es una industria como cualquier otra. No es cosa de polos tecnológicos, sino de invertir sistemáticamente en la trama básica de servicios que demanda cualquier industria.

Por añadidura, todas estas necesidades (educación, investigación, coordinación e infraestructura) requieren hoy un amplio abanico de tecnologías, la mayoría de las cuales no se originan en nuestro país. Esa es la razón por la que atrasar el clima tecnológico por medio de un impuesto a los bienes importados es tan peligroso. La famosa pero incomprendida brecha digital no sólo significa que menos gente tendrá acceso a una serie de productos. Eso ya sería malo. Pero es en realidad mucho más grave: no acceder a estas tecnologías es en la actualidad equivalente a no acceder a los libros. Si se atrasa el clima tecnológico, si se agranda la brecha digital, entonces estaremos pretendiendo avanzar sin libros. Es un contrasentido.

Estoy dejando, por cuestiones de tiempo, muchas cosas en el tintero. No soy, por otro lado, el responsable de formular políticas de Estado. Este texto no es, por lo tanto, un plan maestro. Es una forma simple de contrastar los beneficios que podría traer aumentar un impuesto frente a invertir en educación, investigación e infraestructura de forma coordinada y en un clima de acceso fácil a las altas tecnologías.

Sinceramente, no me parece que haya que pensarlo mucho.

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