Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El mejor candidato para 2011

Raúl Aragón y Luis Rosales Para LA NACION

Lunes 09 de noviembre de 2009
0

El presidente George W. Bush, caminando entre los escombros todavía humeantes de las Torres Gemelas, alza su voz y trata de comunicarse con los rescatistas que, algo desordenadamente, intentan cuantificar el desastre y verificar el milagro de algún sobreviviente. No pueden oírlo. El texano toma un altavoz y vuelve a insistirles a esos héroes anónimos. Pero, aprovechando la oportunidad, como buen político, redobla la apuesta y proclama a los cuatro vientos lo que pronto se transformaría en su doctrina de la guerra preventiva: "El mundo entero nos oirá. Este crimen no quedará impune. Los iremos a buscar a donde se escondan. No podrán escapar?"

Las cadenas televisivas registraban este instante y lo propalaban a millones de aterrorizados hogares norteamericanos. Nacía así una presidencia imperial con un mandato tan fuerte (la guerra contra el terrorismo) que, a pesar de sus fallas y errores garrafales de cálculo, llegó a contar con índices increíbles de aceptación interna, con reelección incluida en 2004.

Cuando fue elegido en 2000, en ese empate verdaderamente escandaloso de Florida, Bush carecía de "mandato".

El mandato es un concepto difícil de precisar, pero cuando se lo comprende resulta muy potente. Se trata de la razón o de las razones que justifican a un gobernante en su puesto. Se trata del sentido que se le da a una administración determinada. Generalmente, se va gestando durante la campaña electoral, cuando los votantes van evaluando candidatos y, como en un verdadero casting , van descartando a los que no les sirven para cubrir las asignaturas pendientes del momento. Siempre son uno o dos temas. Asuntos muy concretos que los pueblos confían a su líder circunstancial y que les dan fuerza y poder a los gobernantes surgidos de ese auténtico contrato.

Se trata de una demanda generalizada, específica, sobre la base de un déficit constante que, de algún modo, se sitúa como causa de todas las otras demandas. A modo de ejemplo: los problemas de salud, educación, justicia, seguridad, etcétera, encuentran su origen en la mala administración y la corrupción. El mandato central, entonces, se referirá a estas dos cuestiones. En la simplificación causal del imaginario colectivo, si se soluciona esto se solucionan todos los otros problemas. La sociedad elige a su gobernante de acuerdo con la percepción que tiene de la capacidad de los candidatos para darles solución y lo "contrata" para llevar adelante este mandato.

Ejemplos abundan. Alfonsín y la restauración de la democracia, Menem y la derrota de la inflación, De la Rúa y la reinstalación de la ética, Kirchner y la reconstrucción de la autoridad presidencial. Pero esta teoría traspasa fronteras: Uribe y su guerra frontal contra las FARC; Lula y sus dos pilares, la incorporación de las enormes mayorías de brasileños excluidos y el saneamiento de las prácticas políticas...

A veces el gobernante alcanza lo prometido y otras veces no. Pero la paradoja principal de esta idea es que la autoridad que sostiene a los mandatarios se extingue por el incumplimiento (De la Rúa con el caso Banelco), pero también por el cumplimiento total.

Si un gobernante alcanza el objetivo final prometido? gracias, y que pase el que sigue. Es muy difícil que aquel que haya sido elegido para resolver un asunto específico sea el adecuado para acometer un nuevo desafío. Mucho menos si se trata de asignaturas pendientes de naturaleza contradictoria.

Por eso Uribe sabe que debe prolongar lo máximo posible la razón central de su presidencia. Si algún día los colombianos se levantan y descubren que las FARC fueron derrotadas en forma definitiva, automáticamente empezarán a reclamar la solución de otros problemas, y es probable que el elegido para enfrentarlos no sea él.

Algo así le sucedió al riojano de los 90, que una vez que derrotó al monstruo casi indestructible de la inflación quedó descolocado y expuesto en sus defectos. Sus excentricidades no tenían más sentido.

Hay otros casos, como el del obrero paulista que, buscado para resolver los dos problemas antes señalados, en 2005, envuelto en muy sonados casos de corrupción que lo salpicaron muy de cerca, fracasó estrepitosamente en el saneamiento de las prácticas políticas. Pero su otro pilar, el de la integración de millones de pobres en el sistema, era y sigue siendo tan fuerte que permitió sostenerlo y hasta proyectarlo a su reelección de 2006. Lula se retira el año que viene con índices increíbles de imagen positiva.

El caso K es casi de pizarrón. Néstor llega al poder en 2003, prácticamente sin mandato. Con sus magros 22 puntos, sólo era visto como el freno a las ambiciones hegemónicas de Menem. Pero desde ese momento pacientemente va construyendo su historia. Ya sea por su temperamento irascible y pendenciero o por una decisión estratégica inteligente, al elegir un enemigo cada día y denostarlo desde el atril de la Casa Rosada va dotando de autoridad al muy debilitado sillón de Rivadavia.

Los argentinos pocos años atrás se habían asomado al abismo al que más le temen los humanos: el caos y el desgobierno de la anarquía. Por eso, lo que hizo NK fue justo lo que su pueblo requería. Fue eligiendo enemigos fáciles de vencer, al menos en el campo de las percepciones populares: militares y sacerdotes torturadores y golpistas, el FMI, periodistas desprestigiados? En definitiva: el tren fantasma.

Esto explica la enormidad de apoyo con el que gobernó en sus primeros cuatro años. Pero la teoría, como una ley inexorable de gravedad, volvió a imponerse. Sus compatriotas percibieron que ya había poder suficiente en la Presidencia, que ahora necesitaban a alguien nuevo y distinto que abriera el juego y permitiera descomprimir, dialogar y producir el reencuentro nacional. Por eso la elección de Cristina, una mujer con fuertes antecedentes parlamentarios, vino de maravillas.

Gracias, NK y su concentración de poder; bienvenida, CK y su promesa de consenso y apertura. Pero algo falló. Pocos meses después, el matrimonio presidencial rompió lanzas con el campo, el corazón de la Argentina. Lo que sigue ya es historia conocida, pero marca la razón principal de la crisis política y de representación que estamos viviendo. Cristina no cumplió con su mandato, que, aunque muy débilmente, se había sugerido en aquellos afiches de la campaña de 2007: "Cristina, Cobos y vos".

Los argentinos ahora parecen seguir insistiendo en lo que querían a fines de 2007. Alguien que les asegure la concordia, el diálogo y el consenso. En un trabajo de investigación realizado como parte del Programa de Opinión Pública de la UAI para corroborar la validez de estas afirmaciones, se obtuvieron números más que reveladores. Sobre una muestra del total país de 1800 casos a la pregunta: "¿Qué querría usted que le asegurara el próximo gobierno?", la categoría con mayor porcentaje de respuestas (40%) fue "tranquilidad, previsibilidad, seguridad". Es decir: una estabilidad de lo cotidiano.

Y esto se explica, quizá, porque desde la crisis de 2001 hasta la fecha la sociedad ha sido sometida constantemente a cambios bruscos: corralito, traspaso de las AFJP al Estado, reapertura de juicios a militares, adelantamiento de elecciones? La lista es larga y conocida.

Esta demanda se conjuga también con lo que señalamos arriba respecto del mandato incumplido de Cristina Kirchner. A la pregunta: "¿Cree que para resolver los problemas del país se necesita una presidencia fuerte, de poco diálogo y con mucha autoridad o, por el contrario, prefiere una presidencia dialoguista y que busque consensos, aunque esto condicione su autoridad?", el 75,1% de los consultados dijo preferir el diálogo y el consenso.

Así, la demanda de base vigente hoy en la sociedad argentina es tranquilidad y diálogo. Seguramente aquel candidato que, a la percepción del público, pueda garantizar mejor el cumplimiento de este mandato será el próximo presidente.

Por eso se equivocan quienes, ya sea desde el oficialismo o la oposición, siguen insistiendo en dividir aguas. Aquellos que conciben a la Argentina en blanco y en negro, nosotros versus ellos. Los sufridos habitantes de esta remota región del planeta parecen haber madurado y estar reclamando ahora soluciones un poco más en la gama de los grises.

Consenso, acuerdo, armonía? En definitiva, políticas de Estado. ©LA NACION

Raúl Aragón es analista de opinión pública y Luis Rosales, consultor político, socio de Dick Morris en América latina

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas