Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Bodegueros, la nueva generación

Vienen de familias tradicionales vitivinicolas, pero tienen sus propios proyectos. Perfil de los winemakers del siglo XXI

SEGUIR
LA NACION
Domingo 15 de noviembre de 2009

Las empresas familiares legan los mandatos de generación en generación. Muchas veces, los descendientes terminan por dedicarse al negocio familiar sin cuestionarse si les interesa o no porque los predecesores no les ofrecen otra posibilidad de elección.

Es el caso de numerosos hijos que deben compartir las decisiones paternales en varias de las familias bodegueras argentinas. Sin embargo, los protagonistas de esta historia fueron grandes afortunados que tuvieron la oportunidad de decidirse por casi cualquier cosa que hubiesen deseado o imaginado.

Viajaron por el mundo, estudiaron y trabajaron en otras disciplinas. Y, aunque experimentaron sabores y culturas de otros continentes, al final se decidieron por el país para desarrollarse en el mismo lugar y en el mismo ramo que sus progenitores, en Mendoza y con el vino.

Desde Mendoza: Sebastián Zuccardi, Matías Sanchez Nieto y los hermanos Santos, con proyectos que ganan fama en el exterior
Desde Mendoza: Sebastián Zuccardi, Matías Sanchez Nieto y los hermanos Santos, con proyectos que ganan fama en el exterior. Foto: Martín Lucesole

Sebastián Zuccardi (29), Matías Sánchez Nieto (40), Ernesto Catena (40), Pedro Santos (38) y Patricio Santos (43) hablan de su experiencia en un mundo rubí que cambia diariamente y se proyecta con un crecimiento continuo para la industria local.

Estos cinco jóvenes, personajes del vino, lo hicieron desde un proyecto individual y fuera de la empresa familiar. Son parte de la Generación X, de los que nacieron en los setenta y vivieron su adolescencia en los ochenta y principios de los noventa. También se los conoce, a nivel global, como la generación que rechazó la religiosidad, las tradiciones generacionales, los patriotismos e incluso a la familia. Los que generalizan, consideran que ellos ya vivieron de todo: desde la TV en blanco y negro hasta la de alta definición, y desde el "chupi" con las figuritas hasta la Wii. ¿Será por eso tanto empuje y ganas de innovar?

Todos tienen entre 30 y 45 años y, además de compartir la pasión por el jugo de la uva, nacieron en un momento en que la industria vitivinícola estaba en pleno cambio. Cuando las empresas comenzaron a mostrar su productos en el exterior, hace tres décadas, se dieron cuenta de que los vinos argentinos tenían algunas deficiencias respecto de los extranjeros. Esto llevó a las bodegas a tecnificarse y a mejorar la calidad.

En ese contexto crecieron los nuevos productores, que tuvieron que adaptarse a los cambios introducidos año tras año por la industria de esta bebida universal.

Todos coinciden en que la tierra es lo más importante, y el trabajo en la bodega también, pero no les pueden faltar el conocimiento y las herramientas de marketing para competir en el mundo. Esto se condice a la perfección con la visión moderna de los winemakers, que no son ni enólogos ni agricultores: son hacedores de vinos que deben tener en cuenta a su principal cliente, el consumidor.

A diferencia de sus padres y abuelos, ellos les dan tanta importancia a las vides y a la tierra como a la marca, al nombre, al posicionamiento y al diseño del vino. Sin embargo, cuando se les pregunta a qué se hubieran dedicado si lo suyo no fuera el vino, todos coinciden en que nunca se sacarían los jeans ni dejarían de estar en contacto con la naturaleza.

Para todos, el vino significa la mesa familiar y corretear en pañales por las fincas, esconderse entre las vides, andar en bici, montar a caballo. Es algo lúdico que los compromete, y hace que hoy puedan pensar en el negocio con decisiones creativas y amor profundo por lo que hacen.

Ernesto Catena

Con un perfil bohemio y relajado, llega a la cita con saco y corbata. Ernesto Catena se va despojando de sus ataduras hasta que muestra las hilachas de una pulsera de hilo en su muñeca. Es uno de los herederos de Nicolás Catena, y está al mando de Escorihuela Gascón. Sin embargo, su gran amor es un proyecto propio: Ernesto Catena Vineyards.

Como en casi todas las familias bodegueras, su casa estaba dentro de la finca. Se crió con los sonidos del proceso de elaboración del vino. "La cultura del trabajo que llegó de Europa era lo que movía a mi abuelo. No había diferencia entre la vida fuera y dentro del trabajo. El se levantaba a las 4, se daba una ducha fría y se ponía a trabajar."

Estudió ciencias económicas y salió a recorrer el mundo. Vivió en Nueva York y en Londres, pero soñaba con la tierra y los caballos. Lo primero que lo diferenció del clan familiar fue la creación de un programa de ventas y producción para las computadoras de la empresa. "Siempre tuve cero presiones y todo lo que hice fue motu proprio. Lo que pasa es que la tierra te tira mucho y es lindo hacer algo que hicieron tu abuelo y tu bisabuelo; además, todos somos primogénitos; eso es importante."

En los viejos tiempos, la Argentina se diferenciaba del mundo por la cantidad de consumo, basado en que nuestro país era uno de los grandes productores. "El consumo en la Argentina era bestial; fue antes de la Coca-Cola, antes de la cerveza. Se tomaban 90 litros per cápita. Los supermercados eran una minoría. Por eso, ese programita que hice era para los cientos de vendedores que iban a los almacenes de barrio a vender el vino. Era la época en que las mujeres iban al almacén y cargaban la botellita para el marido."

-¿Y si no hubiera optado por dedicarse al vino?

-Siempre tengo un par de proyectos pendientes, como el arte, que es mi otra veta. Siempre fue parte de mi vida. Incluso en Escorihuela colaboro mucho en la parte de imagen, la identidad y las etiquetas.

Se declara con una compleja personalidad: un lado misterioso, uno terrenal; un lado salvaje y otro animal. Con la marca Tikal representa el arte y la cultura mayas. "Fue una simbología pensada para distinguirnos en el mercado internacional del vino. Estados Unidos usa el tema colonial. Nosotros teníamos el tano, pero no podíamos agarrarnos de eso. Y tomé la cultura maya porque yo tengo raíces mexicanas: Zapata, uno de mis apellidos."

Sus viñedos están en cultivos de gran altura, en Vistaflores, donde realiza sus sueños y aspiraciones. Tiene una plantación de malbec en forma de laberinto y otra representando el sol. Cada rincón de la finca está diseñado con un concepto estético.

También amalgama el vino con el arte desde su galería de fotografía contemporánea. Para inauguraciones y obras de arte cuentan con una sala especial de madera que recuerda a las barricas y una barra para degustaciones de sus nuevas cosechas.

"El vino es un mundo sensorial; a través de él se conocen los sentidos; hay una relación muy grande entre el vino y el arte, como las fiestas bacanales."

-¿Qué importancia tiene el consumidor cuando piensa un producto?

-No veo mi empresa sólo como negocio; me pongo en el lugar del consumidor y pienso qué me gustaría tomar. No quiero ser un especialista, no quiero ser un profesional del vino, porque lo vería sólo como negocio y perdería el placer que da.

En algunas cuestiones se diferencia tajantemente de su padre: "Es mucho más académico, muy disciplinado, eficiente. Y es un científico. El es un científico y yo un artista".

Alma Negra, su vino insignia, lo elabora probando distintos toneles, y reúne a los enólogos para crear situaciones que los inspiren: "Lo mío es hedonista. Hacemos una fiesta, nos inspiramos, ponemos música y pensamos, seguimos nuestra intuición".

-No es empresario del vino, no es enólogo, no es un científico...

-Soy un creador. En francés, es lo que dice mi tarjeta personal.

Los Santos

Hectáreas de viñedos y una bodega muy funcional, con terraza hacia las vides, es la apuesta de los hermanos Santos para sus vinos Tercos. Pedro y Patricio son los hijos de Ricardo Santos, que antes de producir el reconocido Malbec de Ricardo Santos perteneció a la mítica Bodega Norton. La historia empezó con su abuelo, Manuel Santos, cuando en la década del cincuenta compró Norton.

Patricio (43) y Pedro (38) recuerdan su infancia entre las uvas: "Nosotros vivíamos en la bodega; nuestra casa estaba al lado; íbamos al colegio en Luján y pasábamos todo el día allí".

Patricio se formó como ingeniero agrónomo y decidió especializarse en la Universidad de Davis, en California. "Allí hice un máster en enología y fue donde conocí a muchos de los asesores, o flywine maker, reconocidos, como Antonini. En los noventa estudiábamos juntos y lo convencí para que viniera a Mendoza después de convidarlo con un malbec." Pedro se dedicó a los clientes, el complemento indispensable para la vitivinicultura actual; viñedos, elaboración, venta y, sobre todo, la relación con el exterior, una de las características comunes de todos los emprendimientos de los jóvenes emprendedores del vino.

Con un perfil bajo, Patricio -mucho talento y vasto conocimiento- asesoraba a bodegas, y Pedro aportaba a la producción familiar hasta que, en 2005, decidieron ocuparse de un proyecto propio. Los hermanos se juntaron con otros dos jóvenes que llegaban con capitales extranjeros, y crearon Tercos. "Son vinos jóvenes con complejidad", explica Patricio. Cuatro elegantes variedades tintas y una próxima blanca, un torrontés.

Igual que sus vinos, ellos son descontracturados y con un perfil moderno a la hora de pensar en las botellas. No creen en las clásicas formalidades ni en las tediosas contraetiquetas. En vez de los típicos descriptores, decidieron poner una caricatura de un burro que tira y rompe el papel. La contraetiqueta llega con frases delirantes y en idiomas incomprensibles.

Lo cierto es que el vino habla por sí mismo, y el fuerte, como en todos los casos, es la exportación de malbec a Estados Unidos. Sin embargo, también se animaron con un armónico sangiovese, un potente bonarda y un seductor cabernet sauvignon.

"Nuestros vinos son elegantes y jóvenes al mismo tiempo. La producción actual es de 60.000 botellas, y vamos por más. Queremos que sean para tomar mucho más de una botella, y lo logran con un estilo que se deja beber y compartir con amigos."

Cuando tuvieron que decidir por el proyecto propio o el familiar, no hubo dudas. Aunque las posibilidades de hacer otra cosa estaban más que disponibles, no titubearon en seguir por el camino del vino. Ambos estaban marcados por las uvas. "Si hubiera elegido otra cosa siempre habría sido algo relacionado con el campo y con el trabajo de la tierra", asegura Pedro, que además vive junto a la bodega.

-¿Por qué Tercos?

-Mientras armábamos toda la movida pasaba el tiempo, y ya teníamos el producto listo, pero no el nombre: siempre quedaba fuera de las prioridades. Hasta que nos encerramos todos en una habitación de hotel durante dos días para decidirlo. Teníamos listas de nombres indígenas, cómicos, utópicos... hasta que quedó Tercos -explica Pedro.

Están a punto de poner tapa a rosca en todas las botellas, incluidas las de los tintos. "Soy feliz con la tapa a rosca -dice Patricio, mientras hace el gesto de desenroscar el vino-. Desde que existe no hubo nunca más un problema, ni de gusto ni de corcho que se rompe. En Estados Unidos nos la piden y acá también la vamos a imponer para nuestro estilo de vinos."

Sebastián Zuccardi

Es el más chico (29) de estos productores no tradicionales, pero sus vinos vuelan cada vez más alto.

Empezó con un espumante, hace diez años, en una época en que el mercado local no tenía ofertas en las góndolas. Hoy, su Alma 4 tiene un espacio en el mundo de la alta gama. Sebastián Zuccardi siguió en esa línea su camino y hoy investiga cepas de distintos lugares del mundo para trabajarlas en la altura mendocina, con su minibodega experimental. El joven emprendedor crece con la producción de las novedosas variedades de espumantes que elabora, y se forma en el trabajo en cosechas de otras latitudes, mira y se entusiasma con los tintos y blancos superpremium.

Es uno de los que andaban en pañales, en medio de los viñedos, cuando su papá, José Pepe Zuccardi, lo llevaba cada sábado a visitar la bodega del abuelo. A caballo o en bici, siempre mantuvo una relación lúdica con el vino. "Mis primeros recuerdos son los de ir a jugar a la finca. Mi familia siempre estuvo ligada a la tierra. Mi abuelo hizo todo el trabajo agrícola e instaló unos novedosos sistemas de riego. Mi papá estuvo en las fincas y yo también me dedico a lo agrícola. Tuve una época, durante el secundario, en la que dejé de ir un poco; después estudié agronomía y empecé de nuevo."

Los Zuccardi son una familia proactiva, jóvenes y modernos, en cuyo seno las nuevas experiencias son siempre bien recibidas. Nunca un "no".

"El secreto más grande -y lo agradezco- es que mi papá es una persona muy abierta. Yo, con mi proyecto de espumantes; mi hermano (Miguel), con el aceite de oliva; mi hermana Julia, con el turismo. Nunca me dijeron: «Vos tenés que dedicarte a la bodega familiar»."

Se decidió por la agronomía "porque sabía que hay que ir del viñedo al vino. Estoy ligado sentimentalmente al vino; en mi familia, el tema de conversación era el vino, había vino siempre en la mesa. Todo me decía que esto era interesante. Estoy realmente contento", se entusiasma.

Como los demás, confiesa que nunca hubiera elegido otra cosa que lo alejase de la tierra y del aire libre, y aclara que en el camino del vino la pasión y el compromiso son imprescindibles.

-¿En qué temas decidió ir por un camino distinto?

-Creo que cada generación debe venir con una tónica diferente y algo que la identifique. Calidad e innovación no sólo en el viñedo, sino además en la bodega; los recursos humanos, lo comercial; tener un espíritu siempre pro.

Con ese espíritu viaja cada año para hacer la cosecha en otro hemisferio, y a través de su contacto con diferentes enólogos va formando su opinión sobre el estilo de vino que le interesa. "Si quiero ser un gran winemaker, que no es ni enólogo ni agrónomo, es hacedor de vinos, tengo que saber de vinos, de bodegas y del mercado. El consumidor es el que dice qué va para adelante y qué no. Mi formación también debe estar en el área comercial, y debo tener mi propia opinión. Yo me encuentro con mis amigos, que me dicen: «Estoy harto de trabajar con mi viejo porque él piensa tal o cual cosa». A mí, por suerte, eso no me pasa. Mi viejo es una persona muy positiva y no hay limitaciones en ese sentido."

Alma 4 comenzó cuando Sebastián estudiaba junto con tres compañeros (Mauricio, Agustín y Marcela). En 2009 se cumplen 10 años en el mercado. Es un proyecto chico que apunta a la calidad, sin presión por el volumen. El producto es un espumante argentino desarrollado con distintos conceptos: un viognier; uno más clásico, como el chardonnay, y hasta un tinto de bonarda.

"Con Alma 4 puedo decir que yo soy Sebastián Zuccardi, no soy el hijo de..., y eso me ayudó a tener que salir a hacer mi plan comercial y salir a vender un espumante. Hay muchas cosas que en una empresa grande están resueltas. En esto no. Tengo manejo de viñedos, sé; de la bodega también conozco, pero no tenía ni idea de cómo relacionarme con el consumidor, con los clientes, con periodistas. Tuve que aprender, y me abrió la cabeza."

Con el progreso de la industria la generación de Sebastián arrancó en un punto más alto que sus antecesores. "Yo hoy empiezo cuatro pisos arriba en un mercado que se está desarrollando para la Argentina con una visión, con viñedos plantados. Mi obligación es con la próxima generación. Como decía Frescobaldi, en el vino, después de los primeros 100 años es todo mucho más fácil... Debemos conocer el mundo para posicionar a la Argentina en otro lugar."

Matías Sánchez Nieto

Nació en 1969, el mismo año en que su abuelo, don Nicanor Nieto, fundó Nieto Senetiner. La bodega creció y, a diferencia de otras que ya estaban establecidas, su estrategia fue el mercado en el interior del país. Recién en los 90 llegaría a Buenos Aires. "En ese momento estaban los finitos, de $ 1,20, $ 1,50, y los más caros, que eran de 9 pesos. Una pirámide muy chata", comenta Matías. Fue un grupo de bodegas el que empezó a desarrollar líneas de más calidad al mismo tiempo que se abría el mercado exportador.

En 1998, el grupo Pérez Companc compró la marca. "Así se vendió la bodega, que más que un negocio era una forma de vida, parte del día a día."

Estudió ciencias económicas y administración de empresas, e hizo un máster en enología. Continuó con el negocio, desarrollando fincas en zonas nuevas con uvas de buena calidad, hasta que llegó a elaborar sus vinos Eral Bravo.

"Los primeros recuerdos son del vino con soda que me daba mi abuelo Nicanor. Hoy, es más chocante ver que la gente le da vino a los chicos, pero en aquella época era algo natural en la mesa. De muy pequeño jugaba con el hijo del capataz por los techos; teníamos un caballo que lo montábamos..., son todos recuerdos muy gratos."

Para Matías, el vino siempre fue algo apasionante. Y aunque confiesa que en cuanto a negocios hay otros más rendidores y seguros, el vino lo motiva, por estar relacionado con la historia universal.

"Tiene una raíz en la cultura de la alimentación de los pueblos. A diferencia de una cerveza, más estandarizada, el vino es algo que te relaciona con un lugar; hay identidades que podés seguir, y eso lo hace diferente. Para las cuestiones sociales, de relacionamiento, también es seductor; por eso aparecen tantas bodegas todos los años."

-¿En qué cosas decidió ir por otro camino que el que seguía la familia?

-Eral nace visualizando el potencial del mercado externo. Sabía que el porcentaje mayoritario de ventas iba a venir de afuera. El desarrollo de los viñedos y viñas fue pensado para un mercado mucho más evolucionado de lo que era el de mi abuelo.

-¿Cómo es la producción?

-Son vinos muy bien aceptados. Creo que el consumidor busca vinos agradables, que inviten a tomar, con aromas seductores. Hay algunos que prefieren los vinos más concentrados, demasiado potentes. A nivel personal, me gustan elegantes, complejos, pero no difíciles, y que te inviten a tomar más. Elegantes y complejos son dos palabras que a mí me gusta mucho utilizar.

-¿Espera que sus hijos sigan con el negocio?

-Me encantaría; a ellos les gusta ir a las fincas conmigo, probar la uva. Mi objetivo más íntimo es transmitirles este disfrute a ellos. Creo que si te va bien en el negocio del vino lo disfrutás mucho más que otro negocio más rentable. Es a largo plazo y hay mucha competencia, mucha exigencia personal y económica. Hay un compromiso personal absoluto.

Te puede interesar