Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

El escenario

El mano a mano que selló la paz

Política

Un despacho pequeño de una jueza famosa en el edificio de Comodoro Py. La jueza no está ahí. Dos políticos relevantes de los últimos lustros se ven la cara por primera vez. Son Eduardo Duhalde y Elisa Carrió. Un ex presidente, destacado dirigente del peronismo, y una líder fundamental de la oposición no peronista. Sólo la crispada política argentina puede deparar tales sorpresas: que dos políticos de esa talla nunca hayan conversado ni siquiera para aclarar sus distancias.

Duhalde está dolido. Carrió había dicho que él "controlaba la droga en la provincia de Buenos Aires". Es la única acusación que Duhalde no soporta. Duhalde le inició juicio por calumnias e injurias y no hubo instancia previa en condiciones de frenar el juicio oral y público. Público es una manera de decir. En la habitación que les tocó no entraban más de 10 personas amontonadas. La jueza era María Servini de Cubría. Los testigos del caso estábamos distribuidos en pequeñísimos despachos abarrotados de expedientes. Una constatación: esos funcionarios tienen una memoria de prodigio para ordenar el desorden dentro de sus cabezas.

Allegados a la jueza aseguraron que ella no hizo nada para acercar a Duhalde y Carrió. No hizo nada explícito, es cierto, pero un juez tiene márgenes para conducir un juicio hasta donde quiere que vaya. Primero los condenó a estar juntos, uno al lado del otro, separados por un metro de distancia. Después les permitió que dialogaran en medio del juicio. Carrió le tiró un puente a Hilda Duhalde, firme al lado de su marido: ella es mucho mejor que su esposo, dijo. La senadora no entró en el juego: "Somos una sola persona", le replicó. Ella es más duhaldista que Duhalde cuando se cuestiona a su marido.

Ahí se empezaron a acercar. Carrió aclaró que nunca había acusado a Duhalde de vinculaciones personales con el tráfico de drogas, pero ratificó su convicción de que era, como gobernante que fue, responsable político de la proliferación de la droga. Carrió echó manó de los diccionarios para explicar que "controlar" significa "saber y examinar". "La responsabilidad política no es judiciable", diría luego el propio Duhalde.

"Se están acercando", decían los secretarios mientras corrían de una oficina a otra. Oficina es también una manera de decir. Cualquier Comisión de Derechos Humanos sancionaría al Estado argentino por las condiciones infrahumanas en las que trabajan esos empleados. Más de 20 personas (funcionarios, acusados de cualquier delito y defensores) se amontonan en habitaciones de siete por siete. Son las "villas", en la jerga judicial. En este caso, hay equipos de aire acondicionado porque los donó la jueza. En verano, hay empleados de Comodoro Py que caen derrumbados por el calor.

Los testigos estamos separados. No debemos estar juntos antes de ser interrogados por la jueza. Hay buena voluntad entre los funcionarios judiciales. Ofrecen café y agua. Pero lo normal es excepcional en ese mundo de inopias. El café, el agua y el papel higiénico son solventados por los propios empleados. El juzgado sólo recibe 700 pesos mensuales para sobrevivir. Por esas mismas horas se supo que Cristina Kirchner había hecho fletar, el último fin de semana, un avión a El Calafate sólo para que le llevara los diarios de la Capital. El Estado nunca estuvo tan patéticamente al servicio de las dos personas que mandan.

El teatro del juicio va aproximando cada vez más a Duhalde y a Carrió. Carrió recibe la oferta de hablar a solas con Duhalde. Acepta. La jueza pone a disposición de la reunión su despacho personal y pasa a despachar otros asuntos en la oficina de su secretaria privada. Los abogados de parte redactan un acta de acuerdo; nadie sabe si Duhalde y Carrió la firmarán. La reunión entre ellos es interminable. Dura una hora y media. Ellos nunca habían hablado a solas ni en público antes. "Es histórico", se entusiasmaban los funcionarios judiciales.

A solas

La tarde transcurre, lenta y perezosa. "No hablemos del juicio", le propone Carrió a Duhalde, ya absolutamente solos. "Bueno, hablemos de política", contesta el ex presidente. "Dígame, señora, ¿qué hacemos aquí? Es probable que el próximo turno presidencial no sea peronista. Menem y Kirchner han logrado cansar de peronismo a la sociedad argentina. Ustedes necesitarán acuerdos para gobernar. ¿Por qué no hablamos de eso?", desliza Duhalde. "Yo también creo que la política debe resolver los problemas de la política. Los delitos están reservados para la Justicia y la moral es cuestión de la conciencia", reflexiona Carrió.

"¿Sabe? Creo que usted es la piedra en el zapato para un gran acuerdo entre los partidos políticos sobre seis o siete políticas de Estado. Usted no quiere hablar con los otros partidos", dispara Duhalde a Carrió. "Yo no hablo con usted, pero me llevo muy bien con Felipe Solá, con Francisco de Narváez y con Carlos Reutemann", le contesta Carrió. "Quizá yo sea el único peronista que le pueda garantizar ese acuerdo; lo necesitarán ustedes más que nosotros. Los peronistas tenemos más callos que ustedes. Y, además, yo soy el único peronista que cree que peronistas y radicales no deben hacer alianzas electorales entre ellos", le replica Duhalde.

Cierta tensión sobrevoló todo el diálogo. Pero al final ya eran dos políticos hablando y no un acusador con su acusada. El acta de acuerdo se firmará, por fin. Otra parte de esa charla se la llevó el acuerdo más explícito que existe entre Duhalde y Carrió: los dos detestan a Kirchner.

Los dos tienen, también, la astucia de esperar siempre a Kirchner en el lugar sorpresivo en el que éste aparece. Ninguno se deja llevar por las formalidades que a veces confunden al resto de la oposición. "Lilita es así", termina aceptando Duhalde. Ya es "Lilita" y no "la señora", como la trataba al principio. "No puedo olvidarme de que Duhalde es el autor del kirchnerismo", concluye Carrió. Otra coincidencia: Duhalde tampoco se absuelve por haber imaginado que Kirchner podía ser un buen presidente. Duhalde confiesa que ya se arrodilló en todas las iglesias del mundo para pedir perdón por eso. .

TEMAS DE HOYConsejo de la MagistraturaLa relación EE.UU. - CubaEl caso Mariano BeneditElecciones 2015