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Los dioses del valle de Katmandú

Por Marina González

Domingo 15 de noviembre de 2009

Dos leones y dos dragones custodiando la puerta de entrada. Un corto pasillo de tiendas de souvenirs dispuesto a modo de zaguán. Y por sobre el sólido montículo blanco peinado con trenzas de banderines de colores y flequillo rojo, los ojos de Buda que se asoman. Y que nos miran. A todos. A todos por igual. Es la estupa más grande de Nepal: Boudhnath.

Pies descalzos, incienso quemando, corazón orando… Los peregrinos, los budistas tibetanos y los nepalíes están girando las ruedas de rezos antes que el sol despierte. "Om mani padme hum… Om mani padme hum…"

De tanta repetición el mantra queda suspendido en el aire y suspendiendo la mente. Nos acuna el alma. Alma que no se inquieta ni maldice, lo que para nosotros representa un pandemonio vial. Calles angostas, escuetamente asfaltadas, sin veredas ni sendas ni indicación alguna. Sólo bocinas. Sí, eso sí. Muchas bocinas. Autos, motos, bicis, rickshaws, hombres, mujeres, niños, vacas, chivos y cabritos. Todo en la calle. Todo yendo y viniendo en todos los sentidos, aun en los inimaginables, y a los bocinazos.

Así arribamos a nuestra siguiente parada: Hanuman Doka, la mayor de las plazas reales del valle. Un complejo de templos y pagodas, tanto hindúes como budistas, construidos entre los siglos XII y XVIII.

Del otro lado del río Bagmati se encuentra el más sagrado de los templos del dios Shiva: Pashupatinath. Cremaciones y ceremonias fúnebres pueden presenciarse sobre la misma orilla. Pero siempre desde el otro lado, porque sólo los hindúes tienen acceso al santuario.

Rastas, largas barbas y mucho body painting casero decorando monumentos. No son esculturas cromáticas ni estatuas vivientes, son hombres santos que se dejan fotografiar por algunas rupias.

Siguiendo otros ejemplos del arte y la arquitectura de la tierra del Everest, llegamos a la plaza Durbar de Patan, localidad también conocida como Lalitpur, y luego a Bhaktapur, que viene del sánscrito Ciudad Devota, donde hindúes y budistas conviven en armonía y se inspiran mutuamente.

En resumen, allá donde no abunda el dinero, ni el agua, ni la comida, ni la electricidad, ni los baños limpios; allá sobran las sonrisas, los abrazos, los rostros curtidos, el humo, los cuencos cantores, las puertas pequeñas, los ojitos pintados para protección y los camiones chillando en colores por encima del paragolpe Love is life.

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